Eran tiempos en que Matías Prats radiaba lo mismo
una corrida de toros de la Maestranza de Sevilla que un encuentro de la
selección española, como aquel en que Zarra le marcara un gol a Inglaterra y se
ganaba por primera vez a este país en un mundial. Allí había también una radio
con la que nos enterábamos en los domingos de los resultados y que servía para ver las preferencias de
cada cual y la suya, que siempre se inclinaba en elogios hacia los leones de
San Mames, sintiendo una verdadera hostilidad hacía los merengues madrileños,
no tanta hacia los rojiblancos del Atlético Aviación, también de la capital, y
total hacia los blaugranas catalanes. ¿Estarían relacionadas estas preferencias
dirigidas al equipo bilbaíno con aquellas otras baracaldesas? No lo sé, de
verdad. Lo que sí creo es que aquellas reuniones respondían principalmente a
dos razones: la primera, la de apaciguar su soledad, pues raramente se le veía
con otras personas y las tardes de los sábados y de los domingos se les podían
hacer larguísimas sin aquellos encuentros. La segunda podría responder al
ejercicio de su apostolado, ya que estaba comprometido con el Opus y de esta
manera podía ir sembrando en algunos de los asistentes, en los que él viera que
podían ser receptivos y valían la pena, la semilla para una futura
incorporación a
De lo que también estoy seguro es de que aquellos encuentros, en donde lo pasábamos estupendamente, no influían para nada en el resultado de las clases, ni para bien ni para mal, porque en la jornada lectiva don José Boluda volvía a ser el de siempre y de confianzas y tácticas baracaldesas ni mijitas.
Recuerdo una anécdota que vivimos con él y que tuvo consecuencias nada agradables para los autores de la gamberrada estudiantil. Como en casi todos los centros escolares y el Instituto nuestro no iba a ser menos, en alguna de las clases existía un esqueleto humano de tamaño natural que iba trotando de aula en aula cuando llegaba el estudio del mismo. A la nuestra llegó un día y lo colocaron junto a la puerta de entrada, encima de la tarima que servía para separar el espacio del profesor del que pertenecía a los alumnos y en donde se encontraba también el gran encerado, que ocupaba casi todo el testero, donde el profesor demostraba sus conocimientos y los alumnos nuestras deficiencias cuando nos enfrentábamos a él con la tiza en la mano. Era invierno y dos compañeros tuvieron la ocurrencia de tapar su desnudez. Una gabardina cubrió casi todo su cuerpo óseo, los guantes fueron colados en sus manos, la bufanda rodeó su cuello y una gorra de aquellas de visera con tejido de cuadros, que llevábamos por aquellos tiempos, como eran habituales los pantalones bombachos y los calcetines de lana también de cuadros, se la encasquetaron en el amarillento y reluciente cráneo. Todos reíamos a mandíbula batiente y estábamos contentos del aspecto que tenía el esqueleto, vestido con primor. Esperábamos la llegada del profesor de Formación del Espíritu Nacional, don Lorenzo Villalobos, un buenazo con el que podíamos permitirnos algunas licencias. Y cuando alborozados comentábamos acerca de la trastada, la puerta se abrió y apareció la figura del director, que no era otro que don José Boluda, que venía para ponernos en conocimiento alguna cosa. El silencio se hizo inmediatamente, cada cual como pudo se sentó en su sitio y cosa lógica, no dio tiempo a desvestir al esqueleto.
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