Don José no fue de los que murió con las botas
puestas en nuestra ciudad; sino que un día llegó a Melilla, creo que era
natural de Murcia o de Alcoy, ejerciendo su docencia en nuestra ciudad durante
un montón de años y nadie puede negarle la labor pedagógica y de dirección que
llevó a cabo en ella, en su primer Instituto de Enseñanza Media, por el que
pasaron multitud de promociones de bachilleres. Otro día se marchó, seguramente
a su tierra para seguir adelante con la vocación y el compromiso que había
elegido y con otros alumnos. Es posible que por su forma de ser no despertara
pasiones entre sus alumnos, hasta pienso que tampoco entre sus compañeros de
trabajo; pero es justo señalar que estará, eso sí, por diferentes razones, en
el recuerdo de muchos melillenses, pues preocupación y entrega en su trabajo
nunca le faltaron. Con unos alumnos conectaría mejor que con otros y dejando
aparte los afectos y desencuentros, creo sinceramente que fue un excelente
profesor y un buen director, especialmente para el Instituto.
Señalaba anteriormente que era persona de contrastes, que para algunos alumnos de los primeros cursos especialmente presentaba otra cara fuera del horario lectivo, cuando nos reuníamos con él, sábados y domingos, para pasar la tarde en el mismo Instituto. No sé cómo llegamos a aquellas reuniones o veladas vespertinas; quizás sería a través de algunos otros compañeros que ya las conocían y de lo que puedo dar fe, por mi timidez de aquellos momentos, es que no lo hice por propia iniciativa. Seguro que alguien nos llevó por primera vez, que frecuenté aquellos encuentros durante una larga temporada y que otro día, tampoco sin saber el porqué, dejé de ir. Quizás porque encontrara otros alicientes que me atrajeran más.
Nos reuníamos en una sala que había al fondo e izquierda del enorme patio, donde estaban las oficinas y en donde realizamos la prueba escrita, con el terrible dictado del examen de ingreso, que eso no se olvida en la vida, y mientras algunos se dedicaban a jugar al fútbol en aquel, otros jugábamos a las damas y al ajedrez principalmente, y al parchís o a la oca.
Incluso nos tenía preparadas bebidas refrescantes y pastas, por lo que no es de extrañar que algunos de los asistentes fueran por lo del juego y por la merienda gratis, que los tiempos no eran los mejores y a casi ningún pequeño le amargaba un dulce y menos, regalado.
El don José Boluda de estas veladas era otra persona; aparecía sin chaqueta ni corbata, hablaba con todos y hasta nos gastaba bromas y se reía. Jugando a las damas siempre nos ganaba y disfrutaba como cualquier chiquillo cuando nos comía con su ficha ya convertida en dama cuatro o cinco piezas de las nuestras, recorriendo el tablera en todas direcciones. A veces se dejaba comer algunas de las suyas, aparentando inocencia o descuido y cuando apenas habíamos gozado de nuestro éxito, acababa con las nuestras, dejándonos con la miel en los labios y con cara de asombro. Era un auténtico fabricante de trampas y caíamos en ellas como ratones. Y todo esto lo acompañaba con una de sus frases preferidas, que era la de que él ganaba porque aplicaba la táctica baracaldesa y que nuestras derrotas eran debidas a no conocerla. Nadie sabía cuál era aquella táctica, porque nadie se la descubrió, ni tampoco me imagino que en la población vasca de Baracaldo existiera una táctica especial para ganar en el juego de las damas; pero la verdad es que acabábamos siempre perdiendo contra él. En el ajedrez pasaba lo mismo y aún sin tácticas especiales, los que se atrevían a enfrentarse contra el profesor terminaban, unos más rápidamente que otros, con el jaque mate cuando menos se lo esperaban.
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