lunes, 19 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


DÉCIMA RAZÓN

10.-   Una pieza teatral: USTED PUEDE SER UN ASESINO, de Alfonso Paso   ( II )

      Se imaginan ustedes unas aulas destinadas para los futuros maestros y otras para las futuras maestras y con un patio común para ambos géneros. Curioso, ¿verdad? Pero el disparate no se acababa en lo anterior y es que existía una funcionaria, a la que conocíamos como la Jesusa, con todos mis respetos hacia la buena señora, contratada por el Ministerio de Educación y Ciencia, cuya loable tarea consistía en que al entrar y salir del Centro y de las distintas clases o ir al recreo, no permitiera que nos juntáramos los unos con las otras.

            Mientras a los varones se nos obligaba a jugar, llegado el tiempo de asueto, en el destartalado campo de deportes de la zona que daba a la carretera, enfrente del otro campo, el que bajaba a las huertas de la orilla del Río de Oro y de los depósitos de la Shell, las alumnas deambulaban por la parte alta del recinto, entre los eucaliptos. Aquel vetusto edificio, dividido en varios bloques, que nos decían habían servido originariamente como hospital y luego reconvertidos en escuelas, siempre me dio la impresión y no sé el porqué, de abandono, y en especial sus instalaciones deportivas, si se les podían considerar así, en las que jamás vimos el más mínimo remozamiento o simple lavado de cara. Es cierto que allí jugábamos partidos fuera del horario lectivo; pero siempre con el riesgo de desollarnos vivos y perdiéndonos entre los jaramagos e hierbajos que por allí crecían silvestremente y con el inconveniente añadido de que si el balón saltaba la tapia y corría cuesta abajo había que suspender el mismo, pues seguro que podía llegar hasta el Tesorillo.

                                                       ( Sólo hombres )

      Y entre medio de los alumnos y las alumnas, ejerciendo de carabina, siempre presente la Jesusa, a la que, la verdad sea dicha, le cogíamos todas las vueltas, pues esquinas y recovecos no faltaban y ella no tenía el don de la ubicuidad. Bastaba con que se intentara, sin éxito por supuesto, tanto control para que ello tuviera en muchos casos el desembocar en múltiples parejas, que por mucha vigilancia y recomendaciones que hubiera, se encontraban en los ratos libres y en alguna que otra rabona a determinadas clases, cuando y donde querían, con la siempre complicidad del resto de los compañeros.

       Con la rebeldía lógica de nuestros años rompimos algunos moldes, ya que estábamos en plena adolescencia, incluso algunas en la edad prohibida del padre Martín Vigil, como eran los que entraban en la Escuela después de haber superado el bachiller elemental, con la consiguiente reválida  al terminar  el cuarto curso; otros, algo mayorcitos, accedían al terminar su bachiller superior, al finalizar el sexto curso y reválida y que habían dejado el pantalón ya hacía algunos años. Indico esto, por     que en el curso escolar de nuestro ingreso en la Escuela de Magisterio, en primero, por ejemplo, había un alumno, nuestro apreciado compañero Machuca, que iba a clase con ellos y acompañado de un asistente que le llevaba la cartera, tanto a la entrada como a la salida del Centro; por lo que tenía que aguantar alguna bromita, lo que hizo que aquella situación fuera efímera para su propio bien, alargando el largo de sus pantalones y convenciendo a sus padres para que el asistente se dedicara a otras tareas.

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