DÉCIMA RAZÓN
10.- Una pieza teatral: USTED PUEDE SER UN ASESINO, de Alfonso Paso ( II )
Se imaginan ustedes unas aulas destinadas para los
futuros maestros y otras para las futuras maestras y con un patio común para
ambos géneros. Curioso, ¿verdad? Pero el disparate no se acababa en lo anterior y es
que existía una funcionaria, a la que conocíamos como la Jesusa, con todos mis
respetos hacia la buena señora, contratada por el Ministerio de Educación y
Ciencia, cuya loable tarea consistía en que al entrar y salir del Centro y de
las distintas clases o ir al recreo, no permitiera que nos juntáramos los unos
con las otras.

Mientras a los varones se nos obligaba a jugar,
llegado el tiempo de asueto, en el destartalado campo de deportes de la zona
que daba a la carretera, enfrente del otro campo, el que bajaba a las huertas
de la orilla del Río de Oro y de los depósitos de la Shell, las alumnas
deambulaban por la parte alta del recinto, entre los eucaliptos. Aquel vetusto
edificio, dividido en varios bloques, que nos decían habían servido
originariamente como hospital y luego reconvertidos en escuelas, siempre me dio
la impresión y no sé el porqué, de abandono, y en especial sus instalaciones
deportivas, si se les podían considerar así, en las que jamás vimos el más
mínimo remozamiento o simple lavado de cara. Es cierto que allí jugábamos
partidos fuera del horario lectivo; pero siempre con el riesgo de desollarnos
vivos y perdiéndonos entre los jaramagos e hierbajos que por allí crecían
silvestremente y con el inconveniente añadido de que si el balón saltaba la
tapia y corría cuesta abajo había que suspender el mismo, pues seguro que podía
llegar hasta el Tesorillo. Y entre medio de los alumnos y las alumnas,
ejerciendo de carabina, siempre presente la Jesusa, a la que, la verdad sea
dicha, le cogíamos todas las vueltas, pues esquinas y recovecos no faltaban y
ella no tenía el don de la ubicuidad. Bastaba con que se intentara, sin éxito
por supuesto, tanto control para que ello tuviera en muchos casos el desembocar
en múltiples parejas, que por mucha vigilancia y recomendaciones que hubiera,
se encontraban en los ratos libres y en alguna que otra rabona a determinadas
clases, cuando y donde querían, con la siempre complicidad del resto de los
compañeros.
Con la rebeldía lógica de nuestros años rompimos
algunos moldes, ya que estábamos en plena adolescencia, incluso algunas en la
edad prohibida del padre Martín Vigil, como eran los que entraban en la Escuela
después de haber superado el bachiller elemental, con la consiguiente
reválida al terminar el cuarto curso; otros, algo mayorcitos,
accedían al terminar su bachiller superior, al finalizar el sexto curso y
reválida y que habían dejado el pantalón ya hacía algunos años. Indico esto,
por que en el curso escolar de nuestro
ingreso en la Escuela
de Magisterio, en primero, por ejemplo, había un alumno, nuestro apreciado
compañero Machuca, que iba a clase con ellos y acompañado de un asistente que
le llevaba la cartera, tanto a la entrada como a la salida del Centro; por lo
que tenía que aguantar alguna bromita, lo que hizo que aquella situación fuera
efímera para su propio bien, alargando el largo de sus pantalones y
convenciendo a sus padres para que el asistente se dedicara a otras tareas.
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