Y había algo en el paso que recorrimos bajo su tutela que nunca olvidaré y que nada tenía que ver con los estrictamente escolar. Todavía los socialistas modernos no habían suprimido del calendario escolar la festividad del día de San José, el siempre recordado y no lectivo 19 de marzo. Este día era grande para nosotros por lo distinto, porque se rompía con lo rutinario. De verdad que tampoco era por el hecho en sí de no tener colegio, pues había muchos otros, quizás en exceso; pero carecían del aliciente de éste. Desde algunas jornadas anteriores cada cual ya había comprado el regalito para el maestro, para don José y esperábamos con impaciencia que llegara aquella mañana para acercarnos a su casa y entregárselo personalmente. Él nos recibía con toda solemnidad y al mismo tiempo, aunque parezca una contradicción, con la sencillez que le caracterizaba. Coincidíamos con algunos compañeros, no con todos, claro está; pues el peregrinar duraba toda la mañana y nos sentaba alrededor de una mesa redonda, con modesto mantel, para ofrecernos una copita de aguardiente dulce algo rebajado y unas galletas y pastas que se encontraban en una bandeja y que seguro que su querida madre iba reponiendo a lo largo de todo este devenir. Nuestra timidez era tal que a lo sumo degustábamos un par de ellas y tan sólo una copita del anís, que a veces ni terminábamos porque nos picaba la garganta, lo encontrábamos muy fuerte y hasta nos daba tos, disimulándola o pidiendo con toda educación, que el momento lo requería, un vaso con agua, que él mismo nos traía desde la cocina, que se encontraba junto a la salita y separada por una cortina de tela de colorines nada discreta.
Los botes de colonia, Agua de Puig o de Lavanda, las cajitas de pañuelos, las corbatas y pares de calcetines, la cajita con la pluma estilográfica Sheaffer, los gemelos para las camisas, las billeteras o monederos de piel..., se amontonaban en el aparador y sobre todos destacaba todos los años un regalo, el del madrugador de siempre, de aquel que rompía todos los moldes, al que conocíamos bien; era un enorme jamón que reposaba majestuoso sobre una silla junto a la ventana que daba al exterior y que nadie osaba usarla, aunque la sala estuviera repleta de chicos y que sí recibía miradas mezclas de admiración y desprecio por parte de casi la mayoría de los peregrinos a casi santo lugar.
Esta triste realidad que afortunadamente la ha superado el magisterio, me trae a la memoria aquella anécdota del desafortunado maestro que además de sus penurias nadie se acordaba de él ni siquiera en el día de su onomástica, por más que él lo anunciara sutilmente con tiempo suficiente para que le llevaran sus discípulos algún obsequio y si eran artículos para llevarse a la boca infinitamente mejor, pues no cesaba de cantar sus excelencias. Desesperado ya y como dicen que el hambre agudiza el ingenio, se le encendió la bombillita un año y en las vísperas de tal día, el suyo, nada más llegar a clase copió con letra grande y clara en el encerado el siguiente mensaje: ¡Infinitas gracias al niño que me llevó ayer a casa una hermosa gallina de granja! El invento dio resultado, porque entre las virtudes y defectos de los pequeños y de sus progenitores, también simples mortales, está el de la generosidad o caridad obligada a veces y el de la envidia. Nadie quiso ser menos que el niño inventado de la pizarra y su casa aquel año se llenó de viandas para una buena temporada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario