miércoles, 14 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


OCTAVA RAZÓN

8.- Una zarzuela:   LA VERBENA DE LA PALOMA   ( III )

 
                                           ¿DÓNDE VAS CON MANTÓN DE MANILA?

            ¡Qué atrevimiento el nuestro y cuántas horas dedicadas altruistamente a esta tarea! Ya que no se trataban de decorados para una fiesta de final de curso o cualquier otra de poca monta; eran decorados para dos grandes escenarios de la ciudad, el del cine Perelló y en especial el del Nacional, y además realizados de forma artesanal y casi primitiva. Recuerdo que había que pegar tiras de papel marrón de envolver con sumo cuidado, sin que cogieran arrugas ni dobleces; posteriormente, cuando tenías la dimensión adecuada para el escenario, debíamos encolarle un auténtico enrejado de tiras de unos diez centímetros de gasa o tarlatana para que diera consistencia al papel, sobre todo en los lugares donde estos se pegaban y en los filos del rectángulo, reforzándose principalmente en la parte alta, de donde se suspenderían en la puesta de escena. Tras esta tarea venía la de darle la vuelta para proceder a  pintar por la parte mate. Se pegaban los filos que quedaban sueltos y con tiza blanca se dibujaban las líneas maestras, que venía a reproducir las del boceto hecho con anterioridad en tamaño reducido. Por encima teníamos que movernos sin calzado, en calcetines o descalzos con el fin de no dañar el papel. Concluyéndose la faena con la pintura. El salón se llenaba de botes y cubos, no podía faltar el agua, ya que eran pinturas de ésta. Teníamos que mezclar muchos colores y tener la precaución de ver cómo quedaban cuando secaban; brochas y pinceles por todas partes y muchas ganas de terminar y verlos colgados cuando apenas habíamos comenzado. Los detalles, las cuestiones más delicadas,  los últimos toques del final para mi hermano Clemente, que era infinitamente más artista que yo. Exigía todo esto un gran esfuerzo de imaginación y hasta de creatividad, pues había que deformar a veces la misma realidad o exagerar las perspectivas; ya que no se trataba de pintar un cuadro de dimensiones reducidas, sino de realizar unos fondos que dieran al espectador la sensación de espacios abiertos o cerrados reales, según requirieran las obras, cuidando las proporciones y la distancia ante el movimiento de los personajes. Una vez secos y teniendo en cuenta que casi siempre nos cogía el toro, se doblaban cuidadosamente y se procedía a su traslado a los respectivos teatros. Cuando acudías a la representación y veías tu trabajo como fondo, como dando cobijo a los intérpretes, que era quizás lo menos importante, sentíamos un pellizco en el estómago y casi no te creías que aquello era obra nuestra; sobre todo, porque éramos demasiados jóvenes. Y si nosotros echábamos horas, cuántas no echarían los componentes de la Agrupación, ninguno profesional y que tenían que conseguir de su tiempo de ocio y después de realizar su jornada laboral o de estudios.

         Es grato recordar a nombres, ya que es difícil quedarte después de tantos años con imágenes claras de hombres y mujeres que conformaban este grupo; incluso corres el riesgo de confundirlos. Por hablar de algunos y sin ánimo de ignorar a nadie, conocimos por aquellos años a dos maestros de música, a Manuel Macías y a Lirio Palomar y a un extraordinario e incansable director artístico, como lo era el conocidísimo Jesús Arrarás. Nosotros formábamos parte de la lista de los colaboradores, como Eustaquio Iglesias y Carlos Castañeda, que se apuntaban y valga la redundancia a eso de apuntadores; como Juanito Morales, que lo mismo hacía de regidor de escena que se ocupaba del maquillaje, si no estaba Óscar Mario. Después venían los que prestaban su voz y su figura, como eran entre las damas: Elvira Martínez, Margarita Wandossell, Carmencita Maldonado, María Luisa López, Purita Manzanaro, Encarnita Santiago, Mari Carmen Molina, Victoria Garnica, Pepita Taboada, Loli Rabell, Bernardita Aznar y Rosario Sanmartín, entre otras. Y entre los caballeros: Sergio Lop, nuestro buen amigo César Jiménez, Daniel Martínez, Antonio Navarro, Jesús Polanco, Manuel Molina, Lorenzo Santacruz, nuestro inolvidable Carlos Saura, Roberto Barros, Juan Morales, Máximo Gavete, López Grancha, José Wandossell, Pedro Maxía, Pedro Román, Manuel Naranjo, Reyes Palomo, Matías Ruiz y otros muchos más; rogando que me perdonen los que quedaron fuera de esta extraordinaria nómina.

                                          (LIRIO PALOMAR FAUBEL)

        Y volviendo la vista atrás y más por curiosidad que por otra cosa, con precios de las entradas que oscilaban entre las 12 y 15 pesetas para las primeras filas, 8 pesetas las restantes del patio de butacas, 6 pesetas las del principal y entre 4 y 6 pesetas las de general.

        He dejado para el final el hablar algo de nuestra preferida, “La verbena de la Paloma” o “El boticario, las chulapas y celos mal reprimidos”, porque por ella siempre sentí una cierta predilección. No sé si es cierto aquello que cuentan algunos entendidos de que el libreto lo realizó Ricardo de la Vega sólo en 19 días. Si es así y dado su innegable éxito, tendría más mérito, pues muchos dichos de esta obra se han convertido en frases bien conocidas por el pueblo, aprendidas y repetidas con frecuencia, como aquellas de: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, o la otra de “Julián, que tiés madre”. Y no digamos de la canción “Dónde vas con mantón de Manila” o la de “Una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid” y aquella de “Usted no toca el pito, usted no toca na”. ¡Qué bueno el Julián de Carlos Saura o el Hilarión de Jesús Arrarás! Qué decir de nuestras Susana y Casta, estupendamente interpretadas por Purita Manzanaro y Mari Carmen Molina o de las hermanas Amalita y Victoria Garnica, en sus papeles de Rita y de la tía Antonia.


                                               (RICARDO DE LA VEGA)

        Es cierto que cualquier tiempo pasado no tuvo que ser necesariamente mejor ni peor, pero sí es evidente que fue distinto.

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