lunes, 12 de enero de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


OCTAVA RAZÓN

8.-   Una Zarzuela:   LA VERBENA DE LA PALOMA   ( I )

        Lo primero que nos preguntamos al iniciar esta “razón” es cuál sería el fundamento o motivo por el que sintiéramos atracción por este conocido como género chico de la música, en comparación con la ópera, es decir, por la zarzuela; por esta muestra tan nuestra que sabe alternar magistralmente lo dramático con lo lírico o musical, e incluso con el baile. Para que te guste algo, lógicamente tienes que conocerlo como primera premisa; difícilmente se ama no lo que no se conoce. Luego, se entiende acerca de lo que se ve una y otra vez, si uno presta atención en el mirar; al tiempo de que hasta se puede gozar del espectáculo, con lo que crece el enamoramiento. El oído se te afina si tienes una mínima sensibilidad para ello y se va completando el cuadro que justifica la atracción.

         ¿Fue lo nuestro enamoramiento? Sencilla y sinceramente, no.

         ¿Acaso llegamos al grado de entendimiento que superase lo meramente tenido o considerado como afición? De ninguna de las maneras.

         ¿Es que nos faltaba sensibilidad? Tampoco era el caso.

         Entonces a qué viene elegir a la zarzuela como algo llamativo en nuestra juventud, cuando nos movíamos alrededor de la veintena de años.

        ¿Es que era tanta la actividad en torno a este tipo de representaciones en nuestra ciudad por aquella década de los sesenta, que uno se pudo ver enganchado a ella? Aunque sí puedo afirmar que pudo ser más prolífica que en la actualidad, donde la dichosa televisión casi absorbió todo, tampoco eran tiempos en que se representaban zarzuelas un día sí y otro no.

         Cuál fue entonces la razón de esta arribada a ella. Creo que el azar o el movernos en actividades que podían ser útiles para su puesta en escena  y así se empieza a aclarar el panorama, ¿no?

         No parece raro y hasta pretencioso que unos jóvenes de una ciudad provinciana como la nuestra, por muy modernista y cosmopolita que lo fuera, por mucho que fuese encuentro de diferentes culturas, estuviera familiarizado con títulos de espectáculos como “La boda de Luis Alonso” de Jerónimo Jiménez, con “El dúo de la Africana” y “Gigantes y Cabezudos” de Manuel Fernández Caballero, con “El rey que rabió” y “La Revoltosa” de Ruperto Chapí.


            Con “Agua azucarillos y aguardiente”, “La Gran Vía” y “La alegría de la huerta” de Federico Chueca, con “El puñao de Rosas” de Carlos Arniches, con “Bohemios” y “Doña Francisquita” de Amadeo Vives, con “La canción del olvido” del maestro Serrano, con “La rosa del azafrán” y “El huésped del sevillano” de Jacinto Guerrero, con “Las del soto del Parral” de Sagi Barba, con “Luisa Fernanda” de Moreno Torroba, con “La tabernera del puerto” o “La del manojo de rosas” de Pablo Solozabal” y sobre todo, con “La verbena de la Paloma” del maestro Tomás Bretón.

         Acordarte de canciones como aquellas de “Caballero de Gracia” de La Gran Vía, del chotis de la falda de percal de Cuadros disolventes, el “Pichi” de Las Leandras, la “Mari Pepa” de La Revoltosa, la “Fiel espada triunfadora” de El Huésped del Sevillano o el coro de “Dónde estarán nuestros mozos” de La rosa del azafrán.


            Recordar nombres como los de Pilar Lorengar, Teresa Berganza, Ana María Olaría, Carlos Munguía, Manuel Ausensi...; algunos de los cuales tuve la fortuna de oírlos en directo gracias a aquellos Festivales de España de lejanos tiempos en que la Compañía Lírica Nacional de José Tamayo y otras, entraban con dichos artistas en la programación dedicada a la zarzuela.
      

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