Hombre preocupado por la enseñanza, durante su
gestión se construyeron tres colegio nacionales de 16 unidades, el que lleva su
nombre en la carretera Hidum, el “España” en Ataque Seco y el “Real” en el
barrio de igual nombre; así como el segundo Instituto de Enseñanza Media, el
conocido actualmente como “Enrique Nieto”, célebre arquitecto que dejó su
impronta modernista en nuestra ciudad y de qué manera.
Aquel terreno improvisado en campo de fútbol de la orilla del Río de Oro, en el Tesorillo, donde tantas alpargatas rompimos golpeando pelotas y balones, se convirtió en sus años de alcalde en un coqueto campo para la práctica de este deporte y destinado a los equipos locales y a los escalafones inferiores de la U. D. Melilla, creándose posteriormente en su alrededor un complejo deportivo muy interesante.
No faltaron obras de saneamiento de la ciudad durante su mandato, con presupuestos importantes para aquellos años en que la Democracia estaba a la vuelta de la esquina.
Lo que no recuerdo, bromas aparte, si fue de los que entró en aquel juego de poner y quitar la fuente central del Parque Hernández, algo demasiado habitual y por ello, hasta poco sorpresivo y casi anecdótico, aunque de coste económico elevado, entre algunos alcaldes de nuestra ciudad.
Como andaba yo afincado en Sevilla, cuando en coche hacíamos el viaje a Málaga para luego llegar a Melilla en barco o avión, había un pueblecito en la ruta que siempre fue motivo de algunas de nuestras conversaciones, el de Fuente de Piedra, famoso por sus lagunas, donde millones de aves migratorias las visitan años tras años, especialmente importantes colonias de pelícanos, buscando mejor clima y provenientes de lugares más fríos. Ellos veraneaban allí y hablar, según que la sequía fuera brutal o más liviana en el verano o que los inviernos fuesen más o menos lluviosos, del agua de estas lagunas era casi obligado.
Y para terminar otra anécdota. En mis aventuras amorosas, que la verdad sea dicha fueron escasas, tuve la dicha y la desventura, ambas cosas, de quedar prendado de una galleguita, melosa por supuesto, a la que conocí en un estío cuando estuve de profesor de voleibol en una Universidad de Verano de
Luego la cuestión no cuajó por aquello de la distancia y otras razones que no vienen al cuento; pero sí recuerdo el momento en que don Eduardo me lo contó y me parece estar viendo su sonrisa, que nunca le faltó hacia nosotros en señal del afecto que nos profesaba y en esta ocasión de complicidad.
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