Hablar de pintores de Melilla es absolutamente necesario hacerlo de Eduardo Morillas, porque en la ciudad nuestra han existido muchos que se han dedicado a esta noble tarea artística y con producciones para todos los gustos, pero el pintor melillense, el más representativo, el profeta en su tierra, ha sido y es, sin ningún género de dudas, nuestro querido amigo Eduardo.
Algunos años mayor que nosotros, pocos, ya que nació en 1932 y nosotros en el año que finalizó la contienda civil, siempre fue un referente destacado y especial para nuestras aficiones pictóricas, a la que también nos vimos atados desde muy niños; pues como él decía coincidimos y crecimos con lápices de colores en nuestras manos y manchando papeles a todas horas.
Para nosotros Eduardo Morillas, además del amigo grande, fue el profesor joven, el que nos adentró en el color, en el dibujo como soporte de éste, en el atrevimiento y la osadía de la creación sobre un papel blanco, especialmente en el uso de la témpera, no tan exigente como la acuarela y sin tantas pretensiones.
Recuerdo con verdadera y sincera fruición aquellas
tardes en que bajo sus certeras indicaciones, después de sus inicios, que
despertaban nuestra admiración, nos atrevíamos a ejecutar aquellos murales que
luego colocaríamos en los tablones o en las paredes de los salones de la
Falange, en la sede que había al final de la calle General Mola, que luego se
convirtió en el local de los sindicatos o que lo era también por entonces y
junto al lugar en que se levantó el nuevo Instituto de la ciudad, cuyo proyecto
tuvo que respetar para bien o para mal, aquel monumental pino o abeto más que centenario.
Ya vivía por nuestro barrio, habiendo dejado su domicilio de nacimiento del Real y alternaba su verdadera afición, la pintura, con el trabajo en la empresa familiar que dirigía su padre. Los polos de Morillas eran los mejores del mundo para la chiquillería de la ciudad; aquellos de variados sabores que adquiríamos en los carritos que se paseaban por todas las calles en demanda de una clientela que nunca faltaba o en la misma fábrica, que en tal categoría la teníamos, de la calle Marina, nada más salir del Parque Hernández.
Morillas, al que raramente llamábamos por su nombre, nos introdujo también en el arte de la rotulación, invitándonos siempre a la creación de diferentes modelos de letras para realizar los títulos de cada uno de los apartados que conformaban el gran mural, desde la Editorial hasta sus diferentes sesiones, como culturales, deportivas, históricas, de pasatiempos, humor, etc.; así como de la caligrafía de los textos, que debían tener el mismo cuido y pulcritud que todo lo anterior. Le gustaba la obra bien hecha, por muy insignificante que fuera y siempre tenía la palabra adecuada para corregirte y para animarte a continuar en el trabajo; sin olvidar nunca, casi obsesivamente, la incitación a todos los chavales que trabajábamos con él, convertido en uno más, al vuelo libre, a la libertad, a que se creara sin timidez, con osadía y atrevimiento.
Todo esto, lógicamente, contribuyó a que sintiéramos
una gran admiración hacia él, hacia lo que hacía, sirviéndonos siempre como
modelo, en especial, por su maravillosa entrega en esta tarea artística; ya que
parecía nunca descansar, porque la pintura era lo que realmente más le gustaba.
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