lunes, 29 de diciembre de 2025

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES Y PERSONAJES


CUARTA RAZÓN

4.- Una fiesta: LA DEL 8 DE SEPTIEMBRE   ( VII )

        Algunas veces, aún siendo niños, asistíamos al desencajonamiento de los toros en el interior de la plaza unos días antes de las corridas. Nos embobábamos al ver salir de aquellos cajones que trasladaban a los toros desde las dehesas esas moles con sus enormes cornamentas. Cegados y aturdidos por la semioscuridad y por el viaje bajaban la rampa sin la fiereza que luego demostrarían en el ruedo. Una vez todos en la arena, siempre observados curiosamente por los aficionados que allí se  reunían y atentamente por los hombres del toreo, soltaban a los mansos que eran los encargados de introducirlos en los chiqueros con su maestría habitual y bajo la dirección del mayoral de turno, que acostumbrado a este trabajo y siempre muy admirado por los chicos, se movía entre ellos, siempre vigilante y atento, como Perico por su casa.

                    
        Pasaban las mulillas ricamente enjaezadas con el sonoro tintineo de sus cascabeles, los escuálidos caballos que tendrían que soportar el peso de sus aparejos y el del picador, completamente ajenos a cuál podía ser su cruel destino; los coches lujosos de los toreros con sus cuadrillas que despertaban admiración y curiosidad a su paso por las calles que los llevaban desde el hotel a la plaza y una muchedumbre alegre y vociferante, portadora de variadas viandas, para gozar de una tarde de toros. Al terminar el espectáculo se repetía todo con algunas novedades. Si los toreros triunfaban, los veíamos salir a hombros de la plaza y los llevaban hasta el hotel, que no solía estar lejos, con mucha juventud y no pocos aficionados tras sus pasos. Las voces y conversaciones de expectativas del antes eran ahora de halago o de crítica. La riada humana cambiaba su dirección y así nosotros pasábamos la tarde distraídamente, ya que no eran horas para otras cuestiones.


        Pasaban los días de fiesta en un abrir y cerrar de ojos, volando llegaba el día 8 de septiembre, el día de la Virgen de la Victoria, y los marineros de la Compañía de Mar, la que estaba asentada junto a la Puerta y el túnel de la Marina, frente a la dársena pesquera, en andas la llevaban al puerto, posándola en una embarcación extraordinariamente engalanada, al igual que la mayoría de los barcos, cuyas banderitas se mecían por el viento y por el suave movimiento del mar, conformándose una procesión que recorría las aguas del puerto entre cánticos de la Salve, piropos y alabanzas a la Virgen, sonidos de sirenas de las embarcaciones y el estruendo de los innumerables cohetes que jalonaban el cielo durante todo el recorrido marítimo y siempre ante la curiosa mirada de los melillenses que veían el cortejo desde los distintos muelles, gritando y aplaudiendo a su excelsa Patrona, lo mismo que los cientos de afortunados que enfervorizados, abarrotando las numerosas embarcaciones, la acompañaban por la aguas tranquilas de nuestro puerto.


        Y como todo lo que comienza tiene su fin, nuestras fiestas no iban a ser una excepción de regla alguna. Llegaba el domingo y en su noche, con alarmante puntualidad, se cerraba el periodo festivo, rompiéndose el cielo con el ruido, la luz y el color de los fuegos artificiales, que siempre tuvieron en nuestra ciudad un sabor extraordinario y una magnífica variedad y duración.

   La fiesta terminaba y las vacaciones daban sus últimas bocanadas, tan sólo había que poner buena cara al mal tiempo y saber esperar hasta el año siguiente. De tal manera que el que no se conformaba era porque no quería.

  A mí me encantaban casi todas las fiestas, como a cualquiera, pero como las de septiembre de mi ciudad, ninguna.

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