Pasaban las mulillas ricamente enjaezadas con el
sonoro tintineo de sus cascabeles, los escuálidos caballos que tendrían que
soportar el peso de sus aparejos y el del picador, completamente ajenos a cuál
podía ser su cruel destino; los coches lujosos de los toreros con sus
cuadrillas que despertaban admiración y curiosidad a su paso por las calles que
los llevaban desde el hotel a la plaza y una muchedumbre alegre y vociferante,
portadora de variadas viandas, para gozar de una tarde de toros. Al terminar el
espectáculo se repetía todo con algunas novedades. Si los toreros triunfaban,
los veíamos salir a hombros de la plaza y los llevaban hasta el hotel, que no
solía estar lejos, con mucha juventud y no pocos aficionados tras sus pasos.
Las voces y conversaciones de expectativas del antes eran ahora de halago o de
crítica. La riada humana cambiaba su dirección y así nosotros pasábamos la
tarde distraídamente, ya que no eran horas para otras cuestiones.
Pasaban los días de fiesta en un abrir y cerrar de ojos, volando llegaba el día 8 de septiembre, el día de la Virgen de la Victoria, y los marineros de la Compañía de Mar, la que estaba asentada junto a la Puerta y el túnel de la Marina, frente a la dársena pesquera, en andas la llevaban al puerto, posándola en una embarcación extraordinariamente engalanada, al igual que la mayoría de los barcos, cuyas banderitas se mecían por el viento y por el suave movimiento del mar, conformándose una procesión que recorría las aguas del puerto entre cánticos de la Salve, piropos y alabanzas a la Virgen, sonidos de sirenas de las embarcaciones y el estruendo de los innumerables cohetes que jalonaban el cielo durante todo el recorrido marítimo y siempre ante la curiosa mirada de los melillenses que veían el cortejo desde los distintos muelles, gritando y aplaudiendo a su excelsa Patrona, lo mismo que los cientos de afortunados que enfervorizados, abarrotando las numerosas embarcaciones, la acompañaban por la aguas tranquilas de nuestro puerto.
Y como todo lo que comienza tiene su fin, nuestras fiestas no iban a ser una excepción de regla alguna. Llegaba el domingo y en su noche, con alarmante puntualidad, se cerraba el periodo festivo, rompiéndose el cielo con el ruido, la luz y el color de los fuegos artificiales, que siempre tuvieron en nuestra ciudad un sabor extraordinario y una magnífica variedad y duración.
La fiesta terminaba y las vacaciones daban sus últimas bocanadas, tan sólo había que poner buena cara al mal tiempo y saber esperar hasta el año siguiente. De tal manera que el que no se conformaba era porque no quería.
A mí me encantaban casi todas las fiestas, como a cualquiera, pero como las de septiembre de mi ciudad, ninguna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario