El ir solo constituía otro tipo de historias. En
principio no todos llevábamos los mismos cuartos; existiendo los afortunados
hijos de Eva que tenían para gastar casi sin miramiento y estábamos otros, que
andábamos siempre con lo justo. Además, que a la hora de gastar también existía
la diferencia; desde aquellos que el desembolso lo hacían todo de un tirón,
como si las fiestas se fueran a acabar en un segundo, hasta encontrar en el
otro extremo, a los que hasta volvían a casa con el mismo dinero con el que
habían salido, porque eran de la cofradía del puño y no gastaban nada,
disfrutando sólo con el ver. La mayoría nos movíamos con mucho tiento,
alargando en ocasiones y acortando en otras. Y cuando la pasta se acababa a
disfrutar como aquel del puño con el contemplar, con el ir de un lugar a otro
sin rumbo fijo ni obligación alguna, el ver como de animadas estaban las
casetas, por ejemplo; ya que con el simple hecho de estar en nuestra feria nos
producía goce. Así hasta que el cansancio lógico de tanto paseo estéril, las
horas que se nos echaban encima y el aburrimiento de no ser protagonista en
ninguna de las atracciones nos devolvían a casa con un cierto pesar y con la
alegría por contraste, de que mañana sería otro día y también de fiesta.
Aún no se acababa ésta para nosotros, pues nos
quedaba casi el rito del café o té con churros para los mayores y estos últimos
para nosotros, que nos encantaba degustarlos con mucho azúcar. Con el paso de
los años nos aficionamos también al té, igualmente muy azucarado y con el
agradable aroma de la hierbabuena. Desde el amplio ventanal de la planta baja
de nuestra casa, convertido en excelente mirador, con la persiana medio bajada
y sin luz interior, que nos bastaba con la de las guirnaldas encendidas de la calle,
nos distraíamos con el trasiego de gentes que entraban y salían del ferial en
animada conversación; aunque con muestras evidentes de cansancio, en especial
cuando iban acompañados de menores, que se reflejaban en los rostros y en los
andares principalmente, al abandonarlo. Al tiempo que oíamos a las orquestas de
Por vivir cerca de la nueva plaza de toros, de la Mezquita del Toreo, como llamaban a nuestro coso, otro espectáculo para nosotros era el que se formaba en su torno en las corridas y novilladas que se celebraban con motivo de las fiestas de la ciudad
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