sábado, 27 de diciembre de 2025

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES Y PERSONAJES


CUARTA RAZÓN

4.-   Una fiesta:  LA DEL OCHO DE SEPTIEMBRE  ( V )

        Cuánto disfrutábamos con los gigantes y cabezudos cuando recorrían las calles golpeándonos con una vejiga hinchada y sujeta por un delgado palito. Recuerdo a los enanitos, lógicamente pequeños, y a Blancanieves y al Príncipe enormes, a Caperucita Roja y al Lobo Feroz, a los tres Cerditos y a la Bruja, haciéndonos correr a los chicos, algunos de los cuales hasta se atrevían a golpear por detrás sus enormes cabezotas que sonaban a hueco. De los grandes llamaba nuestra atención aquella especie de ventanita con una gasa por delante que tenían a la altura de su cintura, por donde si te fijabas con atención, veías un par de ojos, los de la persona que soportaba todo aquel armatoste de cartón y telas.

        Otro entretenimiento de aquellos días era la suelta de Globos, que solía hacerse en la plaza de España y de la que se podía disfrutar tanto en aquel lugar como desde cualquier rincón de nuestra ciudad, porque ascendían y se movían en el cielo, según la dirección del viento, hasta que se hacían pequeñísimos, como puntitos blancos, conforme se alejaban de nuestra vista. Algunos, al inclinarse, corrían peor suerte y se incendiaban ante la sorpresa y tristeza de los pequeños. Representaban personajes infantiles y eran de papel, contando con una base que era un aro, que sujetaba en su centro un pequeño recipiente que contenía un tejido empapado en un líquido que al arder, con débil pero suficiente llama, calentaba el aire del interior haciéndolo más ligero que el de fuera, por lo que ascendía.

        Subidos en una escalera, los empleados municipales que se encargaban de esta tarea, cogiéndolos con mucho cuidado por su parte superior, pues el material era de una fragilidad extrema, procedían a su hinchado. Poco a poco veíamos como aquel papel plano iba tomando forma y aparecía dibujado por ambas caras el personaje a que representaba, subiendo con lentitud hacia el cielo cuando lo soltaban ante el griterío y los aplausos de la chiquillería congregada en sus alrededores; formándose con el paso del tiempo y con las sucesivas suelta un auténtico desfile de globos de distintos tamaños según la altura que iban tomando y que se convertían en la lejanía como en las pequitas blancas que le salían al firmamento en estos días de fiesta.

 Después de la velada infantil y antes de que se hiciera muy tarde, había que darse una vuelta por las atracciones, de las que disfrutábamos directamente en razón de los cuartos que llevábamos, que siempre nos parecían escasos y que administrábamos cada cual como mejor sabía o creía entender, pues éramos chicos de todas las clases y maneras de ser.

 Cuando íbamos acompañados de mayores mandaban ellos y nuestro oficio consistía sólo y exclusivamente en pedir y pedir sin límites y en disfrutar. Contra cuya actitud aquellos más sabios ponían un tope que casi siempre no era comprendido por nosotros, que pensábamos que éramos los más desafortunados y que el dinero se podía hacer por la noche en cada casa con la facilidad con que se podían fabricar las ruedas de los churros. Acabándose por lo regular en una rabieta con la que raramente se conseguía algo positivo y con el enfado de los mayores, así como con la pertinente amenaza de que era la última vez que nos llevaban a la feria y que afortunadamente nunca cumplían.


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