Subidos en una escalera, los empleados municipales que se encargaban de esta tarea, cogiéndolos con mucho cuidado por su parte superior, pues el material era de una fragilidad extrema, procedían a su hinchado. Poco a poco veíamos como aquel papel plano iba tomando forma y aparecía dibujado por ambas caras el personaje a que representaba, subiendo con lentitud hacia el cielo cuando lo soltaban ante el griterío y los aplausos de la chiquillería congregada en sus alrededores; formándose con el paso del tiempo y con las sucesivas suelta un auténtico desfile de globos de distintos tamaños según la altura que iban tomando y que se convertían en la lejanía como en las pequitas blancas que le salían al firmamento en estos días de fiesta.
Después de la velada infantil y antes de que se hiciera muy tarde, había que darse una vuelta por las atracciones, de las que disfrutábamos directamente en razón de los cuartos que llevábamos, que siempre nos parecían escasos y que administrábamos cada cual como mejor sabía o creía entender, pues éramos chicos de todas las clases y maneras de ser.
Cuando íbamos acompañados de mayores mandaban ellos y nuestro oficio consistía sólo y exclusivamente en pedir y pedir sin límites y en disfrutar. Contra cuya actitud aquellos más sabios ponían un tope que casi siempre no era comprendido por nosotros, que pensábamos que éramos los más desafortunados y que el dinero se podía hacer por la noche en cada casa con la facilidad con que se podían fabricar las ruedas de los churros. Acabándose por lo regular en una rabieta con la que raramente se conseguía algo positivo y con el enfado de los mayores, así como con la pertinente amenaza de que era la última vez que nos llevaban a la feria y que afortunadamente nunca cumplían.
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