viernes, 26 de diciembre de 2025

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, LUGARES Y PERSONAJES


CUARTA RAZÓN

Una fiesta: LA DEL OCHO DE SEPTIEMBRE   (IV )

Y he dejado para el final los preparativos de la Caseta Municipal instalada en el Parque Hernández, con la construcción de su enorme portada en la entrada que daba a nuestra calle, entre las dos pérgolas que había a la izquierda y con un cerramiento que abarcaba casi una cuarta parte del mismo, pues llegaba hasta el paseo central que lo cruzaba. Recuerdo que el gran escenario lo montaban en las proximidades o delante de los “Patos”, con grandes altavoces en los laterales y las luces de colores arriba y por delante. Aprovechaban la pista para el baile y en su alrededor colocaban los palcos con muchas sillas. Las luces multicolores adornaban el paseo que iba desde la entrada hasta la pista.


        Si todo este capítulo de preparativos constituía una auténtica gozada para nosotros, qué se puede decir de las mismas fiestas. Ya en la víspera se ponía a prueba toda su escenificación real, se encendía el alumbrado por unos momentos, se probaban los aparatos de música de todas las casetas y atracciones, por lo que el sonido y los ruidos se multiplicaban. La impaciencia de última hora, el capítulo de los últimos toques se dejaba ver por cualquier rincón del ferial y cuando llegábamos a casa nos costaba infinito coger el sueño.

 Muchas alcancías se rompían aquella noche para comprobar cuáles eran los ahorros y los posibles con los que se contaba, en parte, para pasarlo bien.


        El sueño que nos había costado enorme esfuerzo conciliarlo se nos rompía sin acritud, dando un salto de la cama cuando oíamos los sones, en el silencio de la mañana, de la diana floreada que la banda municipal interpretaba por diferentes rincones cercanos al recinto ferial de nuestra ciudad en el obligado pasacalles matutino que pregonaba el comienzo de las fiestas, que era anunciado también por una retahíla de cohetes que rompían la quietud propia de aquella hora temprana y servían al mismo tiempo de despertador a los más dormilones.

 Las fiestas de septiembre habían comenzado de verdad un año más.

 En el atardecer, después del calentón climático de todo el día, la calzada era regada y el agua al ponerse en contacto con ella desprendía un olor característico a tierra mojada difícil de definir con palabras; algo así como la misma sensación que teníamos cuando en el verano caían aquellos goterones de lluvia que pertenecían a las tormentas propias de esta estación.

 Había que prepararse para la función infantil de la Caseta Municipal, ya que algunos días se celebraban por la tarde veladas para los pequeños; en donde, por supuesto, no podían faltar tres cosas: los juegos y concursos para la inquieta y ruidosa chiquillería, los magos que nos dejaban boquiabierto con sus trucos y los payasos que nos hacía brotar sonoras carcajadas; aunque a veces estos últimos ejercían de todo.

    Todos los de la pandilla, en grupo y de punta en blanco, con nuestras mejores galas, con multitud de pequeños de la ciudad, pasábamos jornadas inolvidables en aquellas veladas y en especial cuando en cualquiera de los juegos, como en el de las sillas, de la escoba o las cintas, por poner algunos, conseguías algún premio. El tiempo volaba y sin apenas darnos cuenta, la noche se echaba encima y pronto nos veíamos en la calle, para que fueran los mayores los que ocuparan la Caseta y en donde todas las noches había una orquesta para el baile y la intervención de famosos de la canción, a los cuales oíamos o escuchábamos, según nos gustasen menos o más, desde la ventana de nuestra casa.

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