CASIMIRO MÁRQUEZ
Aquel hombrecillo enjuto,
vieja rama de árbol
seco,
tez de aceituna
morena,
mirada de búho
experto,
era Casimiro Márquez,
desperdiciado
talento,
príncipe de los
fracasos,
quebrado de alma y de
cuerpo,
asiduo visitador
de los pinichis selectos,
donde, por una
peseta,
la “rubia” de pasados
tiempos,
le daban vaso de
tinto
y unos altramuces
frescos,
tinto de huérfana
cepa,
chochitos de pobre
pueblo.
Era Casimiro Márquez
sobrio en gastar su
tiempo,
las prisas eran
castigo,
de los hombres poco
cuerdos,
todo lo hacía
despacio,
era amigo del
silencio,
le gustaban los
susurros
y los silbos de los
vientos,
no malgastaba palabras,
no prodigaba sus
gestos,
era parco en su
decir,
enemigo de
aspavientos,
gran señor de la
miseria,
mimo de negruzco
espejo,
era solera marchita,
era, de bronce,
boceto,
abrigo descolorido,
gorra de sufrido
fieltro,
pañuelo de rancio
luto,
calzado de eterno
cuero,
pantalones de mil
vueltas,
catálogo de
remiendos,
y, entre la piel y el
abrigo,
todo, misterio y
secreto.
Descrito está el personaje,
busco vate sabio y
bueno,
que lo leve a los
altares,
a la puerta de los
cielos
y nos cuente las andanzas,
de este “quejío”
sureño,
el tal Casimiro
Márquez,
luz y sombra de estos
versos.
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