El vivir en una ciudad eminentemente castrense como
la nuestra te permite desde la niñez que estés en contacto y familiarizado con
el soldado, con sus uniformes y que conozcas la existencia de los diferentes
acuartelamientos que los cobijan, que salpican la ciudad, ocupando importantes
espacios de la misma, generalmente en su extrarradio; aunque algunos de ellos,
por el mismo crecimiento de Melilla, se ven en la actualidad rodeados por las
viviendas de los melillenses.
Infantes, artilleros, zapadores, regulares, mehanníes, ingenieros, intendentes, caballeros, marineros y legionarios estaban establecidos en nuestra ciudad y con ellos convivíamos. Sin embargo, desde muy tierna edad, teníamos algunas preferencias que se centraban principalmente en los conocidos como los “novios de la muerte”, en los caballeros legionarios.
Quizás ello fuera debido a su mismo porte, al hecho aparentemente insignificante de ir despechugados, con la camisa completamente abierta y sacando pecho; a lo atractivo que resultaba su marcha en los desfiles, con más velocidad que ningún otro ejército, en aquellos desfiles tan frecuentes en nuestra ciudad y que culminaban en la Avenida y que contrastaba, porque se encontraban en el extremo opuesto, con el caminar lento y armonioso de la Mehal-la, con sus capas blancas al aire y su paso al son de las gaitas y de las chirimías que te trasladaban a otros lugares y mundos llenos de fantasía infantil; o al mismo misterio que acompañó siempre a aquella soldadesca que procedía de los lugares y situaciones más insospechadas, a las historias inventadas en su torno, a los hechos, algunos heroicos, en que se vieron envueltos o en el mito en que se convirtió su figura.
Te ponían la carne de gallina, cuando en el silencio de las noches de Semana Santa, tenían la osadía de romperlo con las voces graves al cantar su himno, procesionando a su Cristo crucificado, yacente y soportando la cruz con sus brazos durante todo el recorrido, como lo siguen haciendo, despertando admiración y aplausos, en la vecina Málaga.
Nos encantaba ver como los desfiles parecían suspenderse momentáneamente cuando a ellos les correspondía el paso por delante de la tribuna instalada en la Plaza Menéndez Pelayo, delante del Sagrado Corazón, y de pronto el tronar de los tambores y trompetas, mezclados con los espontáneos aplausos de la ciudadanía y los gritos de los pequeños indicando que ya venían, daban un color especial a aquellas paradas militares. El ver a aquel gigantón negro, que ya nos resultaba familiar de verlo año tras año y que nos decían que había sido olímpico en algún deporte, al igual que desertor en varias ocasiones, acompañado en su paso marcial por el obediente borrego, que hacía sonar su cencerrito y despertaba la alegría y admiración de los pequeños como yo.





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