Las recomendaciones por parte de nuestros mayores a
no una usar esta atracción eran continuas; aunque no hacían falta porque eran
evidentes los riesgos y porque yo era además algo medroso y bastante corto para
este tipo de aventuras. Y acompañaban a estas con el relato trágico de algún
accidente padecido por alguno de sus usuarios al romperse o soltarse las
cadenas y salir despedido por los aires como proyectil humano de esa especie de
honda gigante y macabra en que se convertía.
De verdad que yo era de los que lo pasaba mal viendo aquellas peripecias que se corrían en las sucesivas patadas y que en muchas ocasiones, incluso eran celebradas desde tierra por los acompañantes de los que las ejercían y al mismo tiempo las padecían; hasta tal punto, que en algunos de mis sueños, convertidos en pesadillas, de los pocos años, me acompañaban imágenes relacionadas con aquel dichoso cacharrito, que para mí no tenía nada de diminutivo y se convertía en un auténtico cacharrazo, en el que me veía atrapado en principio, para posteriormente ser lanzado al aire lleno de angustia, que me duraba hasta que despertaba todo sudoroso y aliviado al comprobar que no era realidad.
Todo lo anterior no quita
que llegadas las fiestas del septiembre melillense, en los días anteriores a
las mismas, cuando entre la chiquillería se hacía balance de las atracciones
que iban llegando e instalándose en
Para neófito visitante y desconocedor de este artilugio de feria, hasta podrían parecer exageraciones aquellos relatos de riesgos y peligros viendo la simplicidad de esta atracción y la quietud y reposo de su descanso, en horas en que las ferias también duermen y los camiones de riegos alivian el calor derramando y salpicando el agua sobre el suelo quemado por el sol y levantando vahos con los aromas especiales inconfundibles de la tierra mojada.
Hace muchos años que no veo esta atracción por las ferias de los pueblos y ciudades y hablar de ella a nuestros pequeños, con la cantidad que existen en la actualidad donde el riesgo y la aventura están estupendamente servidas, es relatarle algo de nuestra historia infantil, que con el transcurrir de los años y la rapidez con que el mundo está cambiando, se convierte en prehistoria para ellos. Sus pesadillas en la actualidad, si es que las tienen, serán con otras más sofisticadas; pero no con nuestras voladoras o “patás”, que tengo que confesar sin vergüenza que sólo las probé en sueños.