La mendicidad es algo consubstancial al género humano. Siempre se ha dicho que hubo ricos y pobres. El primero en la mayoría de las ocasiones acalla su conciencia ejerciendo la caridad; en tanto que el segundo no entiende la razón de su ser y demanda la igualdad, llegando en casos extremos a convertir en profesión el arte de pedir. Entiendo que en muchas circunstancias el pedir es un arte, además de una necesidad, y no pretendo tratar el tema con frivolidad ni siquiera con humor; pero es que hay pedigüeños que son unos verdaderos artistas y consiguen algo más que satisfacer sus necesidades.
Me contaba una vez mi querido y desaparecido cuñado Paco que conoció en Loja, adonde iba con frecuencia porque tenía allí familiares cercanos y algunas propiedades, un rico vecino de la localidad granadina, que vivía en un palacete y que sentía la imperiosa necesidad de ejercer la mendicidad y durante una temporada se ausentaba de su hogar para recorrer distintos lugares de la Península en demanda de ayuda, solicitando lo que le dieran en las puertas de las iglesias. Claro que esto era una excepción y casi mejor incluirlo en el capítulo de los pasatiempos, podía pensar alguien, o en el apartado de la enfermedad, digo yo. Por supuesto que no tiene nada que ver con esa mayoría de desheredados que proliferan, sobre todo, en las grandes ciudades y en los lugares más frecuentados de éstas, demandando algunas monedas y poniendo claramente de manifiesto que algo importante falla en la sociedad humana a pesar de tantos avances técnicos y de que se viva mejor que antaño. Nadie puede negar que a ellos esta mejoría no les llegó. Y al final llegas a la conclusión de que para que haya poderosos económicos tienen que existir los pobres o lo que es igual, que los pobres son una consecuencia de la existencia de los ricos, de los que quieren acaparar todo y a costa de aquellas máximas de que todo vale y del conseguirlo caiga quien caiga.
Claro que luego, un día, en la misma puerta de todas las iglesias, en las calles principales de las ciudades o cuando tomamos café en cualquier terraza, depositamos unos céntimos en aquellas manos que nos incomodan y parece que nos quedamos tranquilos una temporadita.
También pienso que nadie pide por pedir, que siempre detrás hay montones de necesidades, no sólo una, y que el pedigüeño o que acude a la mendicidad que en no pocos casos nace por obligación y también se hace, porque entre todos le empujamos a ello.
Dentro de esa larga nómina de abandonados a su triste suerte, los hay que sólo entran en estadísticas amargas y sufren y padecen dentro del más absoluto de los anonimatos, porque todos nos parecen iguales y no merecen nuestra atención. Sin embargo, existen otros que son fáciles de identificar por algo que le atrae, como es el caso del que me voy a referir y que se vio envuelto en la leyenda, como el mismo Cid después de muerto.
No pertenecía él a esa caterva infantil de desheredados que de verdad te agobian cuando llegas a una ciudad y te toman por extraño y adinerado, porque no vistes como ellos y tienes una maleta; ni tampoco al capítulo de tullidos, como aquel que operó el Dr. Colell, que por mor de sus piernas deformes se arrastraba al caminar, usando sus brazos como muletas y que al poder caminar después de ser operado parecía puro milagro; ni a aquel otro apartado de los que mendigaban mostrando en vivo las crueles lacras de terribles enfermedades; ni siquiera entraba en el abanico de los imbéciles, idiotas, bobos, tontos, necios y locos, que podían despertar nuestra lástima y hasta nuestros recelos y miedos. Era un ser aparentemente normal que sólo su Dios, Alá, sabría el porqué de haber escogido aquel camino. Era “el moro de la peseta”. Es cierto que andaba siempre envuelto en harapos, que se lavaba poco, porque para él eso de las abluciones estaba de más, ya que se llevaba mal con Mahoma y sus superiores del paraíso, al no entender sus miserias; que nunca usó calzado por lo que las plantas de sus pies estaban protegidas por la mugre y las callosidades que su cuerpo fabricó de su continuo peregrinar sobre suelos tan diferentes y duros y que su cabeza, siempre rapada, no dejaba recovecos para piojos, que sí los encontrarían en los ennegrecidos trapos que utilizaba a modo de turbante para cubrir su sesera ante las inclemencias de las calores del estío melillense.
Seguro que conocía nuestro idioma, pero sólo lo usaba a través de escasos vocablos, como estrategia para conseguir su objetivo y no verse envuelto en conversaciones que pudieran delatarlo; así, el misterio siempre le acompañaba y también la impresión del que lo trataba, que sí que conversaba sin timidez y hasta con descaro con sus compañeros, señalando que no se enteraba de nada. Siempre le acompañaba una sonrisa abierta, para infundir confianza, y el gesto con el dedo índice de sus mano para señalar la magia de su número uno, que era entendido perfectamente por sus caritativos protectores.