El bar Las Flores era en muchas ocasiones otro lugar de paso, pero con el inconveniente de que cuando abusábamos en su uso, su dueño de turno, que los hubo muchos y de diferentes caracteres, se enfadaba y ponía fin al tránsito infantil por allí, que para eso era su establecimiento y nosotros, los pequeños, no le consumíamos nada.
Era un pequeño bar que sin embargo, contaba con un agradable espacio en el interior del parque que utilizaba como terraza con numerosos veladores y sillas, cuya cantidad dependía del ambiente que tuviera en cada momento y que cuando llegaba el verano, lo más lejano que recuerdo en el tiempo, se convertía en recinto musical de gran éxito y que daba también a la calle Teniente Coronel Seguí. Era lo que nosotros llamábamos por aquellos años cincuenta o sesenta el “Dancing”, donde una orquesta, de aquellas principalmente de instrumentos de viento y con vocalista, animaba las veladas con los ritmos y canciones de moda, como aquellas de “Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía”, “La casita de papel”, ”Tengo una vaca lechera” o “La cucaracha” y que como ocurre en la actualidad, cada estío ponía en moda alguna de ellas, que repetían hasta la saciedad, por lo que terminábamos, tan sólo de oírlas, pues nosotros todavía no teníamos edad para acudir a tales veladas, por aprenderlas como todo el mundo.
Las canciones de José Guardiola, Bonet de Sanpedro, Gloria Lasso, Machín y otros muchos más, por señalar a algunos, no faltaban en el repertorio de estas orquestas.
Dos avenidas o paseos cruzados dividían al parque,
con planta más o menos trapezoidal, en cuatro zonas con diferentes
características, perfectamente diferenciadas para nuestras mismas actividades;
teniendo su puerta principal, que no la más transitada, en su fachada de la
plaza de España, que siendo la de menor longitud, contaba con sus dos torres,
con la figura de Guzmán el Bueno, arrojando su puñal para que los sarracenos
sacrificaran con él a su hijo antes de entregar la plaza de Tarifa al invasor,
que así nos lo contaban en la escuela, y con el escudo de la ciudad. La otra
puerta grande daba a la calle Carlos de Arellano, frente a la pista
polideportiva de Bandera de Marruecos o al solar donde se instalaban los circos
cuando venían a la ciudad. En este fondo existían otras dos puertas más pequeñas, la citada que nos servía de
huida para nuestras aventuras datileras y la que se encontraba enfrente de
Esta avenida con importante arboleda a los lados y también variada, en ocasiones se vio interrumpida de forma amable por diferentes fuentes, entre las que destacaría aquella que de pequeño llamábamos de las “luces”, porque fue una novedad para nosotros los variados colores, así como los dibujos que el agua hacía, variando sus surtidores, modestos y no comparables con los de la fuente de la Plaza de Cataluña barcelonesa, por supuesto; pero muy interesantes para nuestros pocos años, los juegos de agua y luz que desarrollaba y que un día, por mor de cambios políticos y abundancia o derroche de caudales públicos, digo yo, desapareció a cambio de nada o de otras imitaciones que nunca alcanzaron el éxito de aquella.
El paseo más corto de aquella encrucijada era el que unía las calles Teniente Coronel Seguí y General Marina, desde enfrente de