Marisa creció como mujer más rápidamente que yo y comenzó a sentir la necesidad de un chico mayor, casi de algo más que un hombrecito o aspirante a ello como yo, a su lado y lo mismo que aquel curioso y atípico atardecer en la calle General Aizpuru yo se la birlé a otro pequeño, un día me dejó y se entregó a un varón más hecho y derecho que el que esto escribe, que sin trauma alguno volvió a sus juegos de la calle y a subirse a los árboles con los demás de la pandilla, porque todavía no le había llegado la hora de ser mayor, que decían tenía el tope en aquello del servicio militar.
Luego supe, pasado los
años, que contrajo matrimonio con un antiguo amigo y que era de los que había
dirigido sus pasos hacia la vida castrense. No volví a hablar más con ella, no
por enfado, sino sencillamente porque no se terció; ya que cada cual eligió su
camino y porque aquello no fue más que un bonito juego de niños.
Aquellos primeros recuerdos, aun siendo precoces, fueron bonitos y ojalá que si Marisa aún está en este mundo para ella también lo fueron.
























