Casa Boix nos surtía periódicamente de un material
insustituible para la niñez de nuestro tiempo, como lo eran los elementos de
nuestros coleccionables, principalmente de los tebeos y de las estampas o cromos.
Los tebeos que se agotaban inmediatamente en los quioscos los encontrábamos en
esa tienda de la Avenida; los de El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz,
Jaimito, el TBO, Roberto Alcázar y Pedrín, Flash Gordon o Hazañas Bélicas
siempre estaban allí y los primeros sobres de estampas de películas famosas
como El halcón y la flecha de Burt Lancaster, de Blancanieves y los siete
enanitos, de Dumbo, aparecían en su escaparate con el álbum correspondiente;
así como la de los futbolistas de todos los equipos al comenzar cada temporada.
Recuerdo de entre éstas una colección en que las estampas reproducían partes de
los futbolistas más destacados de cada equipo y que completadas, como si de un
puzzle se tratara, formaban un póster de cada uno de ellos, Y se daba algo muy
curioso, que era tal el vicio que teníamos, que llegábamos a conocer al
futbolista que pertenecía cada media o bota, cada brazo o pierna, el campo que
le servía de fondo o el cielo con un trozo de cabello del mismo.
A Casa Boix íbamos a comprar el papel de seda de distintos colores para fabricar nuestras primeras cometas, aquellas que construíamos el armazón o su estructura con cañas y que pegábamos el papel con engrudo, mezcla de harina y agua. Allí encontrábamos las divertidas calcamonías o calcomanías, que estampábamos humedeciéndolas y quitándole el papel que las protegía en nuestros libros y cuadernos o en los mismos brazos, como si de tatuajes se trataran y que vuelven a utilizar los pequeños de ahora después de muchos años de estar desaparecidas o por la utilización de otros medios de estampación más modernos.
En Casa Boix encontrábamos igualmente cuentos, normales y troquelados, libros; toda clase de juegos de mesa, como el parchís y por detrás la oca, el ajedrez, los dominós, los de reconstrucción con piezas en forma de cubos que te permitían componer láminas, los puzzles; los mecanos y los juegos de arquitectura...
Aún recuerdo cuando íbamos a Casa Boix, con tan pocos años, que el mostrador era demasiado alto para nosotros y teníamos casi que empinarnos para que los empleados nos vieran. Pasaron los años y el mostrador se nos fue empequeñeciendo y seguimos visitando aquel lugar para comprar otros artículos, ya no de niños, y del que guardamos gratos recuerdos y lo que es más curioso, es que allí nadie nos podía conocer, porque éramos tantos los pequeños que pasábamos por él a lo largo de cada jornada y de todos los días, que era imposible quedarse con la fisonomía de clientes tan menudos como nosotros cuando empezamos a frecuentarlo.
No sé qué habrá sido de aquel establecimiento, posiblemente con todo lo que ha cambiado el mundo nuestro de cada día, a él le habrá ocurrido lo mismo; quizás los niños ya no lo frecuenten tanto, puede que de aquellos dependientes de entonces la mayoría se hayan jubilado, que el comercio sea dirigido por nuevas generaciones de la familia Boix, que haya envejecido y se dedique a la venta de otros artículos bien diferentes a los de aquellos tiempos nuestros...; pero de lo que sí estoy seguro es de que fue un establecimiento, como otros tantos, emblemático en nuestra ciudad.