Cando la sombra de su viudez casi ha desaparecido, porque el excesivo trabajo no le deja pensar en la tristeza de la ausencia de su marido, mi padre, otra desgracia la sacude sin piedad. Su ojito derecho, la única mujer de los cinco hermanos, la mejor de todos por sus extraordinarias cualidades humanas, la dulzura y sencillez personificadas, su angelical Cuqui y adorada hermana nuestra, fallece cuando acaba de cumplir los veintiséis años. ¡Cómo recuerdo aquella foto suya con traje de noche largo que le había hecho su madre, Pepita la modista, para algún baile de fin de año y que nunca faltó del probador de nuestra casa!
¡Qué cierto aquello de que nadie muere de pena! No tiene tiempo de llorar, tiene que seguir peleando por sacarnos adelante a todos nosotros, a los que ahora se suman dos encantadoras criaturas de dos y cuatro años, sus retoños, que se vienen a vivir a nuestro hogar. La realidad de la vida le quita con brutalidad a la que más quería; pero la consuela entregándole a sus dos hijos, Marimel y José Ángel, que le dan motivos y fuerzas para seguir adelante.
Con el paso de los años su taller se va reduciendo, sin que ella deje de trabajar por ello. Cada uno de nosotros inicia su propia vida por separado y se le viene encima, poco a poco, su soledad. Aparece el capítulo de sus males personales; ya habían descubierto en ella los médicos su diabetes y convive con ella sin grandes traumas, desde entonces su existencia camina inseparablemente de la insulina. Era tal su fuerza de voluntad, que las tartas y dulces no faltaban en casa en fechas señaladas de celebraciones, encargados por ella porque sabe que son de nuestro agrado en tales días y ni las prueba, aunque se le van los ojos detrás de ellos, porque en su mocedad también fue golosa. El régimen de comida lo lleva a rajatabla y sólo se permite pequeñísimos excesos y en casos muy puntuales. Luego vendría la rotura de una de sus rótulas y la tienen que intervenir y que era como el preludio de roturas posteriores más graves, como lo fueron las de las dos cabezas del fémur. Lo de la rótula lo supera inmediatamente, aunque ya tiene años encima y la mejor rehabilitación la realiza en casa, utilizando sin descanso el pie de sus máquinas de coser.
Cada vez trabaja menos para la calle, sólo se queda con sus clientas de toda la vida, escogidas y que no se resisten a buscar otras modistas. Son grandes señoras, cuyos cuerpos y su evolución conoce perfectamente Pepita. Ya no tiene que soportar la carga de una gran casa. Eso sí, tiene una debilidad, su nieta, que cuenta, aunque ella diga que no tiene nada que ponerse nunca, con un vestuario extraordinario, difícil de igualar y ejecutado principalmente por ella. De pronto se ve sola, con Maimona y hasta en cortas temporadas vive con algunos de nosotros. Estando con Ángel en Málaga, al levantarse de la cama se cae y se rompe la cabeza del fémur o se cae porque ya se ha roto su apófisis. La intervienen en Sevilla y comienza para ella otro calvario que sin embargo y como era algo habitual, lo lleva con una paciencia ejemplar. Le implantan una prótesis y se ve obligada a llevar muletas; pasa el tiempo y la rechaza, por lo que tienen que volver a intervenirla y cambiarla por otra, según nos dijeron, de iridio y platino. Vuelve de nuevo a las muletas y curiosamente no deja su actividad, sigue cosiendo ahora con la ayuda de motor en sus máquinas. Cada vez se acentúa más su independencia, ya que no quiere ser una carga para nadie y menos para ninguno de nosotros y sigue viviendo en su domicilio de siempre de la calle Teniente Coronel Seguí.













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