Giussepe fue para nosotros un personaje de leyenda,
más fruto de la imaginación infantil que de otra cosa. ¿Cómo íbamos a encontrar
en nuestra ciudad un individuo que respondiera a tal nominación? Era algo así
como un personaje de ficción; aunque no exento de algunas briznas de realidad.
Nos lo imaginábamos viviendo en el mismo bloque donde morábamos e incluso hasta en el mismo portal; lo que quería decir que en algunas ocasiones nos cruzábamos con él y llegábamos a intercambiar algo más que saludos corteses, alguna conversación intranscendente. Algo mayor que nosotros, no mucho; podría tener la edad de cualquiera de mis otros dos hermanos mayores, posiblemente la de Ángel, que no era el primogénito, sino el que hacía de jueves en nuestra familia, ya que estaba en medio de los cinco.
El Giussepe nuestro, por supuesto, no se llamaba Giussepe. Lo de Baroni fue otro invento infantil y sólo lo de Quiqui respondía a algo de verdad, pues podía bien llamarse Enrique, con el diminutivo de Quique, que nosotros italianizábamos macarrónicamente cambiando la e por la i, por aquello de ser muy frecuente esta vocal y hasta más propia en el idioma del país con forma de bota en la que la isla de Sicilia podía jugar el papel de pelota.
Niño poco delicado, más bien algo brutote; crece robusto en medio de una familia donde sólo hay mujeres, lo que parece algo extraño. Nada de amaneramiento como lógico fruto del exceso del mimo femenino; sino todo lo contrario, varonil en su voz y en su porte y sin despertar la mínima duda entre sus compañeros de juego. Hasta se podría decir de él que era lo suficientemente habilidoso para conseguir de lo anterior lo que otros niños de su edad no eran capaces de obtener; estando siempre sobrado de todo, porque eran también muchas las tías solteras que le rodeaban, trabajando casi todas en época en que la mujer no estaba incorporada al mundo laboral y de las que conseguía caprichos propios de la edad, con los que los demás no podíamos contar.
A pesar de lo dicho, pudo ser un niño normal integrado en una familia de clase media alta, de cualquier calle de la Melilla moderna y que me pega más que estudió el bachiller hasta donde llegara en el colegio de La Salle antes que en el Instituto de Enseñanza Media que existía en la ciudad pasado el Buen Consejo, cerca de la Mezquita.
Pudo haberse preparado en cualquier academia de la ciudad para ingresar, por ejemplo, en la militar de Zaragoza y venir con el paso de los años, después de aprobar el duro ingreso, que eso es lo que decían los aspirantes a ella, luciéndose con los distintivos, primero de alférez y luego de teniente, por la ciudad, ya que en su familia había importantes precedentes y hubiera sido del total agrado de todas.
Pudo igualmente una vez terminado el bachillerato y
el examen de Estado, trasladarse a Granada para realizar estudios universitarios
de cualquiera de las carreras que allí se podían seguir, porque posibles
económicos tenían en su familia para ello.