Para pastelería que nos atraía en nuestro entorno la de la esquina entre General Mola y General Aizpuru, donde sentíamos una verdadera predilección por aquellas macetas con merengue y para heladería la de El Buen Gusto que se encontraba al final de la última calle citada.
Claro que no era lo mismo o por lo menos no nos lo parecía, tomarse un helado de un carrito, quizás por eso de callejear con la mercancía desde que salían de la fábrica hasta que se agotaba el material o llegaba la hora de recogida, soportando el rigor de las temperaturas veraniegas de nuestra ciudad, que degustarlos en la misma heladería, donde además de encontrarte con un surtido más variado, podías encontrar otros alicientes como las granizadas y las horchatas de chufa, que siempre me encantaron.
La heladería de El Buen Gusto la frecuentábamos porque estaba en una zona relativamente cercana a nuestra casa, ya que siguiendo la calle General Mola, a la altura de la Cruz de los Caídos y girando a la izquierda te adentrabas en la calle Aizpuru, calzada con circulación en doble sentido con un paseo en medio, que sufría continuos cambios. Y en la acera de la derecha se encontraba la misma. Esta zona la visitábamos mucho por diferentes razones. La primera de todas era que en el solar donde se construyó el Cine Avenida existía una explanada que fue ideal para nuestros encuentros de fútbol, sin importarnos en absoluto la cercanía del Hospital de
La segunda razón y que puede resultar hasta largo y complicado su relato, es porque nuestros primeros escarceos amorosos los tuvimos, en pandilla, con niñas de aquella zona, donde existía un buen y agraciado plantel de jovencitas a las que nos veíamos obligados a visitar. Andábamos nosotros por entonces más pendientes de juegos de otro tipo que en el de Cupido, corriendo al coger o al Pilla-pilla, saltando a La una la mula, pegándole patadas a una pelota o subiéndonos en los árboles, donde en algunos teníamos hasta nuestro más interesante habitat, como si de simios nos tratáramos, cuando se presentan en nuestro terreno unas chicas de la calle Aizpuru en demanda de coloquio formal, capitaneadas por Angelines, la hermana pequeña de nuestro cuñado Pepe y a la que conocíamos estupendamente, pues habíamos hecho hasta la Primera Comunión juntos. La situación parecía curiosa e insólita por aquellos años y era como un anticipo o preludio de tiempos actuales; pues era casi inimaginable el ver a un grupo de chicas en busca de chicos. Una de dos, o tenían en su zona carencias evidentes de chicos o eran demasiado atrevidas y osadas, buscando compañías de otro sexo en zonas cercanas a la suya. De verdad que alucinábamos. Mientras algunos acudimos a parlamentar, otros permanecieron escondidos en la copa del árbol elegido por la mayoría como el mejor y consiguieron de los que estábamos en tierra el compromiso de devolverles la visita en su barrio y en fecha próxima.