RAZÓN, VIGÉSIMO SEXTA
26.- Un cura: EL PADRE OSÉS ( II )
Por el contrario, no me agradaban nada aquellos que
nos impartían los Ejercicios Espirituales, a los que asistí en escasas
ocasiones; pero sí en las suficientes como para poder opinar acerca de ellos.
Posiblemente saldríamos de los mismos con el firme propósito de cambiar, de ser
mejores, hasta con el convencimiento de encontrarnos bien por estar en gracia
de Dios; pero con el miedo a la muerte metido en el cuerpo, con el pánico ante
un terrible infierno de fuego eterno e incluso de un Purgatorio purificador y
con la existencia de un Dios severísimo a la hora del Juicio Final con los
pecadores. Con el complejo de serlo porque el Demonio era muy listo y sabía
como tentarnos y con la creencia de que la felicidad, ni la más pequeña de un
instante, estaba en la
Tierra. Difícil de entender,
salíamos contentos, pero derrotados, con los ánimos por los suelos, casi
con el deseo de abandonar todo por los peligros y riesgos que conllevaba lo
cotidiano y dedicarnos a la vida contemplativa.

( Recuerdo de aquellos Ejercicios Espirituales que hicimos en el año 1960 en la Capilla del Hospital de la Cruz Roja )
Menos mal, que como simples mortales, la vacuna no
era demasiada duradera y pronto volvíamos a los nuestro, a ser cada cual como
nos habían parido y a vivir cada cual su vida, a la espera de los siguientes
Ejercicios, porque todos no teníamos la madera de su inventor, el santo Ignacio
de Loyola.
Por el
contrario, siempre tuve admiración por los mendicantes y por los misioneros;
por esos capuchinos del Pueblo, por ejemplo; algunos de los cuales no fueran
aún ni sacerdotes, por su sencillez y austeridad, por la imagen que tenía de su
permanente sonrisa, incluso al pedir, para sobrevivir y socorrer encima a los
más desprotegidos, que en nuestra ciudad siempre los había; por la pobreza de
sus atavíos y en especial de su calzado gastado de tanto callejear en demanda
de caridad. De aquellos misioneros de los que guardo como fugaces recuerdos,
que venían a la ciudad en épocas sin prefijar de antemano, para como los
primitivos apóstoles, predicar la buena nueva y para despertar con los
aldabonazos de sus palabras y experiencias nuestra solidaridad dormida para
aquellos otros hombres, mujeres y en especial, niños de otros mundos, carentes
de casi todo y con los que ellos compartían todo el tiempo de su vida.

Y si en este apartado elegí al padre Osés fue porque
me impactó algo de su ser cuando le conocí y tuve alguna relación con él, al
ser el capellán de uno de los turnos de Campamentos que se celebraban en
Rostrogordo y yo era un joven asistente al mismo. Mis hermanos mayores le
conocían porque había casado a uno de ellos, a Domingo, nuestro primogénito. Pepe
Vega y nuestro querido amigo de infancia “Tuli”, que eran los administradores
de los Campamentos también le conocían bien y posiblemente fueran ellos los que
le solicitaran que ejerciera como sacerdote en aquel turno, dado igualmente que
el segundo de los citados también era administrativo en la Gota de Leche, ocupándose de
la rifa que hacía esta Asociación General de Caridad, en donde el padre Osés
era capellán. (La Gota de Leche)
Ante mi curiosidad, entre unos y otros me fueron
aportando datos de aquel sacerdote de hablar pausado, moreno y de grandes
ojeras, que transmitía paz y tranquilidad. Supe de su nacimiento en Málaga y de
su posterior traslado, siendo casi un niño a Melilla, después de vivir una
época en una de las Islas Chafarinas; de sus estudios en el Colegio de los
Hermanos de la
Doctrina Cristiana de La Salle. De su vocación tardía para el sacerdocio;
ya que no fue de aquellos pequeños que en el seno de familias numerosas y para
aliviar las cargas se enviaban al Seminario para lo que Dios quisiera; pues
tenía veintiocho años cuando emprendió su aventura religiosa, volviendo a su
Málaga natal e ingresando en la
Institución religiosa en el año 1949, para ordenarse como
sacerdote en la mismísima catedral siete años después y celebrar su primera
misa solemne en Melilla al casar a su propia hermana.
Creo que era de los curas de a pie, de los tajos,
más de las obras que de las palabras. Ingenioso, capaz de inventarse historias
con otros que le seguían y apoyaban, aparentemente tan disparatadas y
quijotescas, como la de la “Operación ladrillo”, que movilizó a gran parte de
la sociedad melillense para aliviar el problema de la vivienda de algunos
conciudadanos y que dio lugar a una barriada, la de la Santa Cruz, junto al
barrio de Primo de Rivera. Estas casitas modestas, que fueron conocidas
popularmente por su configuración como los “Conguitos”, porque el humor y el
oportunismo no están reñidos con la necesidad y la solidaridad.

Con el paso de los años este asentamiento llegó a
recibir el nombre de Barriada del Padre Osés, en reconocimiento a su labor.