viernes, 25 de septiembre de 2026

HUMORISTAS GRÁFICOS E ILUSTRADORES DE ESPAÑA Y DEL MUNDO


            ENTREGA  NÚMERO   3

            MIGUEL ACQUARONI BONMATI   -    M. ACQUARONI

            Este dibujante destacó en la ilustración gráfica, tanto de libros como de periódicos; pero sobre todo en la pintura. Nace en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, el 20 de febrero de 1925 y falleció el 19 de junio de 1988 en Madrid.


            Nacido en 1925 y era el hermano menor del escritor José Luis Acquaroni, Miguel desarrolló una temprana vocación por la pintura, la cual encontró un cauce provechoso en Madrid, ciudad a la que se trasladó en 1945.[] Su labor artística estuvo influenciada por la obra de Daniel Vázquez Díaz, con quien descubrió un mundo de nuevas geometrías y se adscribió a la llamada Escuela de Madrid] Fue compañero de Benjamín Palencia y Rafael Zabaleta y amigo de poetas como José Hierro o Luis Rosales[1]

              Como pintor, contribuyó al panorama artístico español en un momento en que el arte buscaba nuevas formas de expresión y narrativa visual. Su obra participó en numerosas exposiciones a lo largo de España, incluyendo la Bienal de Arte Hispanoamericano en 1951,] e internacionalmente fue comisariada por la Galería Neikrug de Nueva York.

           Pero la obra de Acquaroni capturó la esencia de la posguerra española no solo a través de sus pinturas, sino también mediante ilustraciones que acompañaban textos y artículos de la época, ya que colaboró como ilustrador en diferentes revistas y diarios, incluyendo el periódico ABC[] y la revista Blanco y Negro.

            Entre sus obras más destacadas se encuentra "Joven" (1952), “Niñeras” (1955) o "En el balcón" (1974). Está listado en el léxico general de artistas de Saur Los artistas visuales de todos los tiempos y pueblos y en el Diccionario crítico de arte español contemporáneo.

            Miguel Acquaroni falleció en Madrid en 1988.


SENCILLO AUTORRETRATO DE M. ACQUARONI

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

 
            RAZÓN  NÚMERO  55

            Dos purgantes:  EL ACEITE DE RICINO Y EL AGUA DE CARABAÑA   ( I )

        Siendo un niño algo tragoncete, que jugaba con mi hermano mellizo al rebañeo para ver quien de los dos dejaba los platos más limpios, que hasta mi tía Carmen decía que ya no era necesario lavarlos, parece lógico y normal que no me viese privado de algún que otro empacho, que iba acompañado de vomiteras, de dolores de tripa, de mal sabor en la boca y hasta de verdaderas ansias de comer más y a todas horas.

       Era también de aquellos niños que originaba frases por parte de mi madre, tales como: ¡Siempre llenas el ojo antes que la tripa! Porque tenía la costumbre de todo parecerme poco. Luego, cuando ya no podía más y quedaba algo de comida en el plato o en la fuente, me apostillaban y con razón: ¡No te lo decíamos! Y yo tenía que reconocer que me habían echado demasiado y que estaba lleno.

     Igualmente era de los que entraba de vez en cuando en el apartado de las repeticiones. Cuando algún guiso me gustaba en calidad, le aplicaba en el mismo trato anterior de la cantidad y preguntaba con descaro si se podía repetir. Como tengo que confesar que a la hora de comer en casa no había miserias pasados aquellos primeros años de la cercanía a la guerra en el sentido de la abundancia de los guisos que se preparaban, dentro de la modestia de nuestra situación económica, que también decían nuestros mayores para justificar lo anterior que más valía gastar en comida que en medicina, sí que se podía repetir; al igual que cuando algo no nos agradaba, que pocas cosas entraban en este capítulo porque teníamos buen jamar, nos hacíamos los remolones, le dábamos muchas vueltas y terminábamos con los achaques de que ese día no teníamos demasiadas ganas o nos empezaba a doler el vientre de momento. Aunque, si lo que seguía era de nuestro gusto, desaparecían las inapetencias y los dolores de tripa por arte de magia.


            Si a todo lo anterior unimos que al médico no se acudía con la facilidad de ahora, que uno tenía que estar muy apretadillo para llamarlo o ser llevado a su consulta y lo mismo que nuestras madres daban a luz en las casas, si no existía complicación grave, daba la impresión en ellas de que estaban preparadas para solucionar de forma casera estos problemas culinarios que se presentaban con cierta frecuencia y que tenían distintas motivaciones, muchas de ellas ajenas incluso a la realidad patológica. Como además, las medidas empleadas, aún no siendo necesarias en realidad, tampoco eran dañinas, pues adelante con ellas; que una limpieza del aparato digestivo, como la revisión rutinaria que se hace a los vehículos cada equis kilómetros o cuando vas a emprender un viaje, nunca venía mal y menos a jovencitos, como yo, que a la hora de comer pecaba más de exceso que por defecto.

         El remedio casero y habitual para los niños de mi tiempo era el de la purga. Vamos, que cuando empezabas a quejarte, porque de verdad te dolía la tripa y oías que mi tía Carmen le decía a mi madre, sin miramientos ni reservas, que al niño había que purgarlo, se te ponían las orejas tiesas y señalabas inmediatamente que ya estabas un poquito mejor, sólo un poquito. Pero como de verdad te molestaba y se te cambiaba el color del rostro y sentías retortijones en el estómago o en el abdomen y mi tía sabía de estos síntomas y de enfermedades de este tipo tanto como el médico, llegado el caso no te libraban de la purga ni las Hermanitas de la Caridad.

            Y comenzaba el martirio para criaturas tan pequeñas, que así lo entendíamos nosotros. Porque su aplicación no era inmediata, ya que se esperaba a la mañana siguiente, con el fin de estar en ayunas, nos decían, que así hacía más y mejor efecto. Con lo que la vigilia se hacía más larga y penosa; aunque siempre se contaba con el milagro de que durante la noche se aliviaran o desaparecieran de verdad las molestias. Cosa que nunca ocurría porque el mal estaba allí y había que combatirlo con lo que fuera y parecía que el único remedio en el caso de los pequeños se encontraba en el aceite de ricino.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            CANSANCIO

            ¡Qué trabajito, Señor,
cuesta cambiar malos vientos,
cuando las mentes se pliegan
al conformismo funesto,
a aquel que, nubla razón,
nos vuelve manso borrego
de un provinciano rebaño,
tropilla de rango cero!

            ¡Qué trabajito, Señor,
cuesta desnudar a un santo,
cuando en los altares viven,
soberbios y mentecatos,
que creen, que las poltronas
son los eternos regalos
que el pueblos les concedió,
por ser listillos y guapos!

            ¡Qué trabajito, Señor,
cuesta cambiar las barajas,
cuando los truhanes juegan
con cartitas bien marcadas,
sobre tapetes de seda
y oscuridades macabras,
para llenar sus bolsillos
y dejarnos las migajas!

            ¡Qué trabajito, Señor,
ser honrado, en esta fiesta,
de mediocres convertidos
en reyezuelos de mierda,
donde el más lerdo de todos,
hace relojes de piedra,
para convencer al mundo,
de su pericia y destreza.

jueves, 24 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  54 

            Otro moro muy grande:  MUSTAFA

        Aunque éramos pequeños, cuando hablábamos de Mustafa, los que conocían algo de su historia, nos decían que este pintoresco personaje no nació en el seno de una familia adinerada, sino todo lo contrario, que pasó una niñez y juventud llena de miserias como la mayoría de los moros que vivían en las cábilas próximas a Melilla. En definitiva, que no siempre había sido rico como lo era en aquellos años. Nos contaban también que siendo persona astuta, despierta y sin escrúpulos para los negocios, que el hambre enseña mucho y pronto, supo aprovechar la expansión y el crecimiento continuo de la Melilla de más allá de los muros de la ciudad vieja, con el establecimiento de campamentos para la tropa, buscando espacios más amplios para sus asentamientos y para al mismo tiempo dar seguridad a la población civil que crecía a su amparo, para iniciar su actividad comercial desde los escalones más inferiores.

                                      


        Que comenzó como buhonero, con su cesta a cuestas llena de quincallas, baratijas u otros artículos de escaso valor que atraían a la soldadesca; para pasar posteriormente al suministro de productos de primera necesidad, que se los quitarían de las manos y que cobraría a un precio desorbitado. Aquel moro grande se haría conocido en el extramuros y su negocio se acrecentaría como los días cuando llega el equinoccio de primavera, imponiendo el respeto de su monumental figura entre la tropa. Más tardes sus negocios ascenderían de categoría, dejando de ser un mercachifle para convertirse en comerciante y dejando a la soldadesca para entrar en contacto con la oficialidad. No sería el primero ni el último, que en años de escasez, se dedicase al contrabando; introduciendo o sacando con el beneplácito de los que mandaban, artículos, productos y mercancías a un coste elevado en el primero de los casos o vendiéndolos en el exterior al precio convenido, que también supusiera ganancias, en el segundo caso. El contrabando hizo rico a tanta gente y él sería uno más. Así que, de vender bocadillos y refrescos a la tropa, pasó a hacer negocios con la vestimenta y el calzado de ésta al por mayor y con la alimentación de la misma a gran escala, manteniendo una relación siempre cordial con el Ejército, algunos de cuyos componentes, no todos afortunadamente, verían en este hombre y su actividad un medio de conseguir algunos ingresos económicos extraordinarios, pensando posiblemente que el riesgo que corrían en lugar siempre tan inseguro debía ser recompensado por este tipo de gratificaciones, lo que no dejaba de ser un fraude o una inmoralidad.


            Como a tantas personas del entorno, a Mustafa le perdimos la vista un día, no sabiendo si es que se fue para siempre para seguir mercando en su paraíso o porque encontró otra esposa que le llevó a vivir a otro de sus muchos inmuebles. Los hijos e hijas de Fátima fueron creciendo y seguro de que llegado el caso, casaría a algunas de ellas con el que ofreciera mayor dote; entre otras cosas, porque la decisión la volvería a tomar el cabeza de familia y ella pintaría poco, porque esas eran y siguen siendo sus costumbres en la mayoría de los casos.

HUMORISTAS GRÁFICOS E ILUSTRADORES DE ESPAÑA Y DEL MUNDO


            ENTREGA  NÚMERO  2

            ALFONSO PEDRO ABELENDA ESCUDERO   -   ABELENDA


                El dibujante y pintor Abelenda nació en A coruña el 5 de octubre de 1931 y falleció en su ciudad natal el 21 de marzo de 2015.

            Nació en la Calle del Socorro de La Coruña el 5 de octubre de 1931, hijo de Pilar Escudero Ferro[2] y Alfonso Abelenda Rodríguez. Desde joven demostró talento para las artes plásticas, su abuelo Saturnino y su madre le alentaron y aconsejaron en sus primeros pasos. Estudió primaria y comenzó el Bachillerato en los Maristas de La Coruña, terminando éste en el Colegio Academia Galicia, donde empezó a conocer el arte contemporáneo de la mano de Miguel González Garcés.[ Aficionado al atletismo, ganó los 110 metros vallas del campeonato júnior de España en 1949.[4] Viajó a Madrid para entrar en la Escuela de Arquitectura después de haber cursado dos años de Ciencias Exactas en Santiago como preparación para la carrera. Allí, tomó clases de dibujo para preparar el ingreso conociendo además a otros artistas y el entorno artístico del Madrid de los cincuenta, comenzó a colaborar en revistas de humor como Don José y expuso en diversas exposiciones colectivas.

            En 1954 expuso individualmente en la galería Lino Pérez de La Coruña. Viajó a Francia con las ganancias y volvió a exponer en 1955 una colectiva junto a José María Labra, Antonio Tenreiro, Lago Rivera, Tomás Pereira y Alejandro G. Pascual, a raíz de la cual pasaron a ser llamados por José Luis Bugallal la "generación de los insurgentes", o "Grupo de Escisión" según Fernando Mon.[] De vuelta en Madrid complementó sus ingresos con "papeles de reacción" y como caballista en películas como Alejando Magno. Continuó sus estudios en Madrid y en 1956 pasó la prueba de dibujo, al mismo tiempo fue llamado para cumplir el servicio militar y fue destinado a Marruecos. Siguió colaborando para Don José y comenzó a colaborar en "El Día" (diario bilingüe de Tetuán) y "Diario África". Aprovechó sus permisos y rebajes para visitar ciudades cercanas a sus destinos en el Rif como Xauen o Bab Tazza, investigando nuevos paisajes pictóricos. En Tetuán alternó con otros artistas como Dora Bacaicoa, Pío Gómez Nisa o Mohamed Sabah. Tras dos años de servicio militar se licenció y tras una estancia en Cádiz regresó a Galicia, estudió dos años de Ciencias Exactas, que abandonó para dedicarse ya por completo a la plástica. En 1958 realizó un tapiz para una selección de doce artistas españoles contemporáneos[] para la exposición "Tapices modernos españoles del Ateneo",[] colaboró en los diseños del Pabellón de España en la feria mundial de Nueva York de 1964.

            Entre 1960 y 1990, viajó una temporada a Londres, expuso en la Upper Grosvenor Galleries. Entre 1960 y 1970 alternó estancias en París, donde trabajaba para la Expo francesa en Moscú y para Petrus Bride, y en Madrid comenzó a colaborar en La Codorniz, Ya, Semana y otras publicaciones mientras absorbía el ambiente de ambas ciudades. Expuso en Richelieu, trabajó para Bidasoa, en 1967 ganó la "Paleta Agromán" de humor.[] En 1968 recibió la primera medalla del "II SALÓN NACIONAL DE HUMORISTAS".[] En 1974 se trasladó a La Coruña, aunque seguía teniendo estudio en Madrid. Comenzó a colaborar con Cambio 16. Viajó a diversos países de América en colaboración con la galería "Arabesque" y la Casa de Galicia, exponiendo en Buenos Aires, México y Caracas. A finales de la década estaba prácticamente concentrado en la pintura, haciendo humor gráfico sólo de forma ocasional.

            Y se estableció definitivamente en La Coruña, expuso en distintas ciudades. Colaboró ocasionalmente con El Ideal Gallego y La Opinión A Coruña. En 1999 se celebró en el Kiosko Alfonso una exposición retrospectiva sobre su obra. En 2005 ingresó como miembro numerario en la Real Academia Gallega de Bellas Artes.

            Falleciendo el 21 de marzo de 2019 a los 87 años, en La Coruña tras una operación complicada de peritonitis.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            VERSOS DE REBELDÍA

            Y LOS ABUELOS A LA HUELGA

            La cosa tiene mandanga,
mandanga de pan y huevo,
mandanga de gran tronío,
mandanga y ningún salero.

            Un alto sindicalista,
señorón por estos predios,
liberado tragaldabas ,
algo cortito y fullero,
defensor, cuando se acuerda,
de los sufridos obreros,
tuvo una grandiosa idea,
los sesos se le fundieron,
propuso la grande gesta,
con la geta de hombre bueno,
con palabritas de santo:
¡A la huelga los abuelos!

            Huelga contra los hijos,
contra las nueras y yernos
y, para darle grandeza,
contra los amados nietos,
dejándolos “tiraítos”,
por todito un día entero,
el tiempo que dura la huelga,
que han programado estos lerdos.

            ¡Qué poco saben de amores,
qué poco saben de abuelos,
qué poco saben del dicho:
“Lo primero es lo primero”.


             Así, dejadnos tranquilos,
al ladito de los nietos,
buscad otra soldadesca,
para saciar vuestros egos,
de grandes sindicalistas,
de defensores del pueblo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

HUMORISTAS GRÁFICOS E ILUSTRADORES DE ESPAÑA Y DEL MUNDO

 
            Abrimos hoy una ventana nueva en la que os mostraremos a destacados ilustradores y humoristas gráficos, de nuestra colección.
 
            ENTREGA  NÚMERO 1

            ANTONI BATLLORI JOFRÉ   -   ABAT

            El dibujante Abat nace en Barcelona el 14 de marzo y falleció en su ciudad natal el 30 de septiembre de 1999; además de dibujante  fue ilustrador de libros, humorista gráfico, portadista, historietista y dibulgador.  


            Nace en el seno de una familia acomodada, su padre era fabricante y su madre de una familia
adinerada, siendo de los que veraneaban en Sant Julià de Vilatorta. Estudia en los Escolapios junto a su hermano Josep Llluis, con el que siempre estuvo muy unido. Estudio dibujo con el gran Joan Llavarías. Era muy minucioso, detallista y ordenadísimo y con un gusto extraordinario por las antigüedades.
            De los Escolapios asó a los Maristasny allí realizó su primer trabajo profesional, cuando uno de los cocineros le pagó con un "Amadeus" de plata, que guardó durante toda su vida, por hacerle un dibujo de un exvoto.
            Antes de la guerra civil hizo esmaltes, estampados dibujos que se publicaban en revistas de carácter conservador, las llamadas "claras", como Jordi, La Familia, Mundo Católico, Pocholo, Llana o Todo.
            Durante la guerra lo paso muy mal en todos los sentidos. El mismo contaba que de los 120 kilos que pesaba llevó rebajas más de 30 kilos. Y al terminar esta conoció a la que sería posteriormente su esposa, María Teresa Obiols, contrayendo matrimonio en el año 1944, reanudando entonces sus actividades artísticas con una exposición en galerías religiosas y publicaciones en revistas culturales y religiosas, como Ave María, Atalaya, Hoja Cultural, El Ángel, Orientación y Los Niños. También ilustró libros y participó en filmes de dibujos animados para Hispano Gráfica Films, de los hermanos Baguña.
            En 1968, la revista Patufet, donde ya había colaborado de joven, que se volvió a publicar con el mismo nombre, realizó trabajos con su nombre y con el seudónimo ABAT, teniendo la satisfacción de que su hijo Toni también dibujaba para ella.
            A partir de los 80 le bajó el trabajo y también los encargos. Sin embargo, trabajó en el libro Historia de la Arquitectura, y se vio recompensando porque en 1992 la Generalitat le concedió la Cruz de Sant Jordi y el reconocimiento del Ayuntamiento de Teìa, pueblo en el que pasaba muchas temporadas.
            Muere a los 84 años y su hijo cuida del Fondo de Antoni Batllari í Jofré que se puede visitar en la Casa Municipal de Cultura de la Unió.
            Entres sus publicaciones, ya señaladas anteriormente, destacan sus trabajos para una las revistas más importantes del momento. como fue el TBO, que sirvió incluso para generalizar todas las historietas gráficas de nuestro país.

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  54

            Otro moro muy grande:   MUSTAFA
        Aquel moro tan grande, cuando salíamos de casa y nos dábamos de cara con él, nos impresionaba sobremanera. Nos sonreía sin decir palabra alguna y comenzaba su lenta y pesada ascensión de la escalera, pues vivía en el segundo piso y no había ascensor. Siempre vestía con chilaba, nunca lo vi con traje, y era normal que aquella enorme humanidad suya, pues superaba con creces la centena de kilos y su vestimenta sorprendieran e intimidaran a un par de chavales que abultaban poco. También nosotros, con los ojos muy abiertos, le devolvíamos la sonrisa y desaparecíamos inmediatamente de su vista.

                Como era el dueño del inmueble se detenía en ocasiones a hablar con la señora Dolores en la portería, ya que esta buena y anciana señora la ocupaba, y su figura se agrandaba aún más, porque aquella pequeña habitación que aprovechaba el hueco de la escalera tenía una puerta de acorde con sus dimensiones y de la portera, también mínima, que él no podía atravesar, quedándose fuera y dándonos la impresión de un enorme oso que la cubría por completo y que no dejaba entrar ni siquiera el aire en ella, con lo que ponía en riesgo la siempre quebrada salud de la anciana.

        Fiel a sus creencias y costumbres religiosas practicaba la poligamia y tenía varias esposas al mismo tiempo y siempre la más jovencita y agraciada era la última; pasando las anteriores a un segundo plano y a menor cuido personal; como si del rol de esposas, con la llegada de la nueva, pasaran a sirvientas, con otros papeles a desempeñar a pesar de que vivían en el mismo hogar. Todo lo anterior también traía consigo la formación de una familia numerosísima, pues eran muchos los hijos e hijas que le daban entre todas al gran señor, lo que permitía de paso algunos privilegios a algunas de ellas con relación a otras y en razón de su fecundidad.

         Seguramente tendría otras residencias, pues había épocas en que no lo veíamos o posiblemente estas ausencias fueran motivadas por sus extraños y desconocidos negocios, que siempre se vieron envueltos en el capítulo de lo legendario. Parecía gozar de una excelente posición económica, no por el lujo que le rodeaba, pues además de ser elegante y cuidadoso en su vestir no mostraba exageración ni derroche, en contraposición al oro que lucían sus mujeres o el lujoso, complicado y recargado ropaje de las mismas cuando se arreglaban; sino porque era el dueño de todos los pisos del portal número 7,que serían unos quince, y de otros inmuebles repartidos por la ciudad, al igual que en Marruecos, además de otras rentables ocupaciones, que él sabía bien de que trataban y que nosotros de pequeño ignorábamos, pero que con el paso de los años fuimos descubriendo, al igual que el origen de toda su fortuna, que en una ciudad como la nuestra al final todo terminaba por saberse.


            Lo anterior igualmente sería justificado por el hecho de que no tuvimos relación con sus retoños y no por pertenecer a creencias diferentes, pues en el mismo portal existían familias judías con cuyos pequeños establecimos relaciones cordiales de amistad y valga como ejemplo el caso de Mosi; sino porque seguro que aquellos crecieron en otros lugares y aquella vivienda de Teniente Coronel Seguí sólo sería una residencia coyuntural, de paso. Y es que por mucho que lo intento, así como me vienen a la memoria algunas de sus esposas, pesadas como él y de caminar arrastrando las babuchas o descalzas en su entorno inmediato, no consigo traer a ella a ninguna de sus criaturas, a no ser la de una de sus hijas, que creo que se llamaba Fátima, porque cuando la obligaron a casarse se vino a vivir a la casa cuya puerta era la contigua a la nuestra.

         Lo de que la obligaron a casarse con el que ella no quería en principio y que para nosotros podía ser algo que llamase nuestra atención, para ellos era algo habitual. Y es que cuando una comunidad, la que sea, en minoría convive con otra dominante, en ocasiones se va acomodando a muchas de las costumbres de esta última; pero en otras permanecen fieles a sus hábitos y tradiciones. Así el matrimonio entre musulmanes respondía a veces a un acuerdo entre sus progenitores y tenía mucho que ver con las dotes aportadas al mismo, principalmente por parte del macho para poder llevarse a la hembra. El que la novia vistiera de blanco y de largo, que se pasearan por la ciudad en coches haciendo sonar el claxon o la celebración en un lujoso restaurante, sería algo común con las nuestras; pero en lo anterior estaban bien lejos de nuestras costumbres y de nuestro sacramento cristiano.


            Aquel casamiento de Fátima fue extraño para nosotros. Sabíamos que andaba de novia con un chico de su religión, joven como ella y que se llevaban muy bien. Vamos, que se les veía enamorados. De pronto, la alegría de aquella jovencita se truncó y el llanto se le hizo compañero inseparable de viaje, lloraba y lloraba de día y de noche, a todas horas. ¿A qué se debería el cambio tan brusco que se produjo en ella? Se cruzaba con nosotros y bajaba su cabeza; antes y como hacía su padre, nos sonreía. En la portería se encerraba con la buena Dolores y no cesaba su llanto. Era guapa y vistosa la moza, simpática y antes hablaba con todo el mundo. Pronto descubrimos el motivo de su quebranto: en su relación, por amor, con aquel jovencito de hacía algunos años, se interpuso otro hombre, algo mayor que ella y sobre todo, más poderoso económicamente que el anterior. Me parece que era uno de los mayores cambistas de dinero de la ciudad, de aquellos que merodeaban las cercanías de la Avenida, junto a varios bancos y que manejaban con astucia el cambio de monedas de distintos países, especialmente los “dirhans” marroquíes, a tanto visitante del país vecino, de forma rápida y siempre obteniendo claros beneficios de estas transacciones. Prendado de la bella jovencita, como si de un cuento se tratara, apostó fuerte el pretendiente y Mustafa, que siempre se había movido alrededor de los negocios y que el matrimonio no iba a constituir una excepción, aceptó la oferta, a pesar del continuo llorar y dolor de su hija, porque eso era lo que había y lo que él había conocido siempre, a lo que añadía su sabiduría de hombre ya mayor de que el tiempo lo curaba todo. Y así ocurrió, pasó el tiempo y Fátima fue cambiando el llanto por criaturas, su lloro por una prole que se veía aumentada por años. Con el paso de los días se le fue olvidando su primer y verdadero amor y parecía hasta feliz con el hombre que la compró y con la llegada de tantos hijos que alborotaban a todas horas y que seguramente no la dejaban pensar en otras cuestiones pasadas. Volvió a sonreírnos y a hablarnos como antaño, como si nada hubiera pasado; al igual que sus pequeños que eran inquietos y juguetones como ellos solos, dedicándose alguna que otra vez en sus travesuras a llamar a nuestra puerta, que se encontraba a menos de medio metro de la suya y esconderse en su casa. Cuando salíamos a abrir, después de recorrer nuestro largo pasillo, no encontrábamos a nadie; pero oíamos las risas infantiles de aquellos diablillos en el otro lado de la puerta.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS


            EN EL CIELO

            Que en el cielo no hay caminos,
sólo, senderos de sueños,
atajos de pesadillas,
veredas de albos misterios,
que transitamos los hombres
a lomos de pensamientos,
de ensoñaciones, quimeras
y silbos de sacros vientos.


            Que en el cielo no hay ventanas,
sólo, luceras de ciegos,
claraboyas celestiales
y tragaluces secretos,
por donde asoman, silentes,
la fantasía y los miedos,
las ilusas utopías
y los nubosos ensueños.


            Que en el cielo no hay verdades,
sólo, decires y cuentos,
ficciones de rotas horas,
apariencias de algo eterno,
inventados por los hombres,
pensando en sus pobres muertos,
para darles nueva vida,
en la otra orilla del tiempo.

martes, 22 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PESONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  53

            Un personaje curioso: EL MORO DE LA PESETA   ( II )

        Personaje muy conocido en la ciudad y objetivo de muchas bromas. Cuando aparecía junto a un tercio, cualquiera era bueno para tentarlo con otras monedas e incluso con billetes de mayor cuantía que la extinta peseta, que él nunca aceptaba sin perder la sonrisa. Había hasta quienes arriesgaban billetes de cien o de mil pesetas, pero sin éxito, para fortuna de su baladronada. Él tenía muy bien aprendida su lección, nunca aceptaba más cantidad porque sabía que el día que lo hiciera se acabaría su historia, su boyante negocio. Pues lo mismo que se transmitía su forma de actuar, que se repetía continuamente y hasta la saciedad, en un sentido negativo correría el que había elevado su tarifa o había roto su costumbre, lamentándolo principalmente  aquel al que le birlaron su billete, que ya se encargaría él de difundirlo. Su negocio estaba en mantenerse firme, en no caer en la tentación, pues todas aquellas reuniones terminaban en que todos sin excepción al final le daban la peseta.

                                 

            Muchas veces no tenía necesidad  ni de acercarse a pedir, requerían su presencia para probarlo y él se dejaba querer con aquella cara de infeliz para agradar y que encerraba también y con seguridad, un mucho de ironía, del triunfo de su sagacidad contra la estupidez de los que se creían estar por encima de él. Así reunía cada jornada montones de pesetas, porque él sabía estupendamente dónde acudir y a quiénes acercarse. El día era largo y daba para muchas peticiones, en su mayoría correspondidas por su misma fama. Como no tenía otras obligaciones con las que cumplir y su objetivo era el conseguir cuántas más pesetas mejor, todo su tiempo lo dedicaba a ello, recorriendo toda la ciudad, que por no perderlo era hasta parco y sobrio en el comer y más aún en el beber, a excepción del agua fresca de las fuentes o la que demandaba en bares donde ejercía su mendicidad, que era celebrada y hasta consentida, encontrando entre los camareros muchos cómplices al difundir el motivo de su fama entre la clientela de sus barras.Como sus gastos eran casi nulos o escasos y los ingresos, peseta a peseta, sustanciosos, la gente pensaría cuál sería su destino; porque él no descansaba ni festivos, ni domingos, ni su viernes de oración y de la liturgia mahometana, nunca, y su aspecto no cambiaba.

        Llegó el día en que desapareció, ya que nadie se libra de la señora de la guadaña y la muerte, a la que no pudo pedirle su última peseta, le vino a buscar, llevándoselo con el solo disfrute de guardar y guardar, de contar y contar si es que sabía hacerlo, del ruido de las monedas al golpear unas con otras y pasearse entre sus manos, que no debería ser poco goce y comenzó la leyenda.Decían y ello corrió por la ciudad como la pólvora, que se encontraron en su covacha, casi cochinera por su suciedad y olor nauseabundo, hecha de adobe, un durísimo colchón repleto de pesetas, miles y miles, millones...

         Qué terrible incomodidad la de semejante lecho para el ajeno, pero que para él sería gozar del paraíso!Incluso se llegó a rumorear que tenía importantes cuentas en los bancos de nuestra ciudad y que fueron silenciadas por la habitual discreción de sus directores.


            Así fue para nosotros la vida de este personaje tan peculiar de nuestra ciudad que lógicamente despertó la admiración de unos chavales, que si no pudimos contribuir a su riqueza, ya que no teníamos pesetas para emplearlas en mendicidad, sino para satisfacer otros menesteres más importantes, sí que contó con el volar de nuestra imaginación para verlo en la oscuridad de su guarida contando y recontando tantas pesetas y siendo el moro más feliz de la Melilla de nuestra infancia.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            VERSOS VERANIEGOS 

            ¡Ay Dios mío, la calor,
el calor o las calores!
Ese fuego ceniciento
que acobarda al feroz hombre,
esa gotita de infierno,
fabricante de sudores,
que, en los meses veraniego,
nos hace perder el norte,
nos achica, nos aploma
y nos vuelve señorones
del no hacer y de la siesta,
del abaniqueo noble,
de las heladas bebidas,
madres de parcos frescores.


            Ese juego de los grados,
expertos en subidones,
que rompe viejo termómetro
y nos hace comodones,
flojos de la flojería,
amigos del no dar golpe,
del aire acondicionado
y de los ventiladores.


            Ese sofoco sin dueño,
que pide grandes honores,
duchas de fresquitas aguas,
alivio de pecadores,
y venia para dormir,
en esas tórridas noches
en que, el insomnio, campea,
en liga de campeones,
negándonos, de Morfeo,
sus brazos, sus gratos dones.
¡Ay Dios mío, la calor,
el calor o las calores!

lunes, 21 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  53

            Un personaje curiosos:   EL MORO DE LA PESETA   ( I )


                  La mendicidad es algo consubstancial al género humano. Siempre se ha dicho que hubo ricos y pobres. El primero en la mayoría de las ocasiones acalla su conciencia ejerciendo la caridad; en tanto que el segundo no entiende la razón de su ser y demanda la igualdad, llegando en casos extremos a convertir en profesión el arte de pedir. Entiendo que en muchas circunstancias el pedir es un arte, además de una necesidad, y no pretendo tratar el tema con frivolidad ni siquiera con humor; pero es que hay pedigüeños que son unos verdaderos artistas y consiguen algo más que satisfacer sus necesidades.

         Me contaba una vez mi querido y desaparecido cuñado Paco que conoció en Loja, adonde iba con frecuencia porque tenía allí familiares cercanos y algunas propiedades, un rico vecino de la localidad granadina, que vivía en un palacete y que sentía la imperiosa necesidad de ejercer la mendicidad y durante una temporada se ausentaba de su hogar para recorrer distintos lugares de la Península en demanda de ayuda, solicitando lo que le dieran en las puertas de las iglesias. Claro que esto era una excepción y casi mejor incluirlo en el capítulo de los pasatiempos, podía pensar alguien, o en el apartado de la enfermedad, digo yo. Por supuesto que no tiene nada que ver con esa mayoría de desheredados que proliferan, sobre todo, en las grandes ciudades y en los lugares más frecuentados de éstas, demandando algunas monedas y poniendo claramente de manifiesto que algo importante falla en la sociedad humana a pesar de tantos avances técnicos y de que se viva mejor que antaño. Nadie puede negar que a ellos esta mejoría no les llegó. Y al final llegas a la conclusión de que para que haya poderosos económicos tienen que existir los pobres o lo que es igual, que los pobres son una consecuencia de la existencia de los ricos, de los que quieren acaparar todo y a costa de aquellas máximas de que todo vale y del conseguirlo caiga quien caiga.

         Claro que luego, un día, en la misma puerta de todas las iglesias, en las calles principales de las ciudades o cuando tomamos café en cualquier terraza, depositamos unos céntimos en aquellas manos que nos incomodan y parece que nos quedamos tranquilos una temporadita.


            También pienso que nadie pide por pedir, que siempre detrás hay montones de necesidades, no sólo una, y que el pedigüeño o que acude a la mendicidad que en no pocos casos nace por obligación y también se hace, porque entre todos le empujamos a ello.

         Dentro de esa larga nómina de abandonados a su triste suerte, los hay que sólo entran en estadísticas amargas y sufren y padecen dentro del más absoluto de los anonimatos, porque todos nos parecen iguales y no merecen nuestra atención. Sin embargo, existen otros que son fáciles de identificar por algo que le atrae, como es el caso del que me voy a referir y que se vio envuelto en la leyenda, como el mismo Cid después de muerto.

         No pertenecía él a esa caterva infantil de desheredados que de verdad te agobian cuando llegas a una ciudad y te toman por extraño y adinerado, porque no vistes como ellos y tienes una maleta; ni tampoco al capítulo de tullidos, como aquel que operó el Dr. Colell, que por mor de sus piernas deformes se arrastraba al caminar, usando sus brazos como muletas y que al poder caminar después de ser operado parecía puro milagro; ni a aquel otro apartado de los que mendigaban mostrando en vivo las crueles lacras de terribles enfermedades; ni siquiera entraba en el abanico de los imbéciles, idiotas, bobos, tontos, necios y locos, que podían despertar nuestra lástima y hasta nuestros recelos y miedos. Era un ser aparentemente normal que sólo su Dios, Alá, sabría el porqué de haber escogido aquel camino. Era “el moro de la peseta”. Es cierto que andaba siempre envuelto en harapos, que se lavaba poco, porque para él eso de las abluciones estaba de más, ya que se llevaba mal con Mahoma y sus superiores del paraíso, al no entender sus miserias; que nunca usó calzado por lo que las plantas de sus pies estaban protegidas por la mugre y las callosidades que su cuerpo fabricó de su continuo peregrinar sobre suelos tan diferentes y duros y que su cabeza, siempre rapada, no dejaba recovecos para piojos, que sí los encontrarían en los ennegrecidos trapos que utilizaba a modo de turbante para cubrir su sesera ante las inclemencias de las calores del estío melillense.

                                            

        Seguro que conocía nuestro idioma, pero sólo lo usaba a través de escasos vocablos, como estrategia para conseguir su objetivo y no verse envuelto en conversaciones que pudieran delatarlo; así, el misterio siempre le acompañaba y también la impresión del que lo trataba, que sí que conversaba sin timidez y hasta con descaro con sus compañeros, señalando que no se enteraba de nada. Siempre le acompañaba una sonrisa abierta, para infundir confianza, y el gesto con el dedo índice de sus mano para señalar la magia de su número uno, que era entendido perfectamente por sus caritativos protectores.