RAZÓN TRIGÉSIMO CUARTA
34.- Dos buenos amigos: LUCIANO TEJEDOR Y TERE ( II )
El otro, nuestro querido y apreciado al máximo
Luciano, gallego de pro y melillense de adopción y por corazón, dedicó más sus
pasos hacia lo político-social y lo cultural, sin olvidar en principio, por
exigencia del propio guión lo físico. Era y sigue siéndolo, con los muchos años
mucho más, un extraordinario y ameno conversador y hombre de fácil pluma, que
permaneció para siempre en nuestra ciudad.
Coincidimos con ambos en el tiempo, en sus
innumerables proyectos de cambio y fuimos permanentes colaboradores de los
mismos en los años en que estuvimos en Melilla; hasta tal punto que lo acompañé
como profesor de voleibol, junto a Clemente y Rafael Imbroda, nuestro querido
Falo, en el curso que el primero dirigió en la Universidad Deportiva de Verano
de la OJE en Gijón y al año siguiente me dejó la responsabilidad del mencionado
curso, porque él tuvo que ocupar un cargo superior, en la celebrada en La
Coruña.
(Con Antonio de Antonio, Rafael Imbroda y Clemente en la foto superior y con Luciano Tejedor, en la Playa de Gijón, en el verano de 1964 y en la Universidad Laboral)
Impulsaron el deporte de base en nuestra ciudad, que
entonces estaba canalizado a través del Frente de Juventudes y de las
competiciones escolares y Melilla comenzó a sonar, primero en los sectores
andaluces y posteriormente a nivel nacional, en algunos deportes, entre los que
destacó el voleibol, que dejó de ser en nuestra ciudad el “maricavolea” para
convertirse en un deporte lleno de atractivos, que congregaba en el campo de
Bandera de Marruecos un buen número de practicantes a modo oficial y
reglamentado, así como apuesta interesante de diversión y entretenimiento.
Ejercieron su docencia en los diferentes centros
oficiales de nuestra Melilla y se notó su labor de forma notable por aquellos
años.
Luciano, que se afincó definitivamente en Melilla y
con el que siempre hemos mantenido contactos puntuales, es para nosotros como
algo familiar y ello lo demuestra el hecho de que cuando hemos vuelto a
Melilla, después del primer contacto con la familia, nuestra primera llamada
telefónica era para Luciano y los suyos y la primera visita, salvada la
familia, era a su hogar o a la Delegación de Cultura para darle un fuerte
abrazo, que siempre fue correspondido con el mismo afecto y sinceridad.
Aquel gallego divertido y afable siempre con sus
amigos, algo más reservado y tímido con los ejemplares del sexo opuesto,
siempre sonriente en el trato con sus compañeros, excelente conversador como
señalé anteriormente y que no perdió del todo su acento, un día encontró por
las mismas casualidades de la vida a una encantadora melillense, que le sorbió
el seso; aunque él como buen gallego no tratara de manifestarlo en exceso, por
aquello de que no se notara mucho su enamoramiento y formó un hogar en Melilla,
el de Luciano y Tere, que pronto se vio felizmente engrandecido por tres adorables
hijas, María del Mar, Alejandra y la pequeñita y encantadora Yolanda Patricia,
a las que vimos nacer y crecer y por las que sentíamos el mismo afecto que por
sus padres y pienso que hasta era mutuo, ya que en su niñez nos apreciaron
infinito, bastando para comprobarlo la alegría que les daba cuando nos
encontrábamos.
Tere ya demostró su entereza y fortaleza, el amor
que sentía por su pareja, cuando le acompañó fielmente durante algunos meses en
que nuestro querido Luciano se vio obligado a recluirse para superar una crisis
en forma de enfermedad en los aires sanos de San Lorenzo de El Escorial.
Cuando por diferentes motivos volvíamos a Melilla,
unas veces solos porque aún no habíamos roto nuestro celibato o acompañados,
cuando ya nos incluyeron, eso sí, por propia voluntad, en el capítulo de los
casados, como señalé antes, una visita obligada o las que fueran menester, era
a su hogar, para compartir nuestras vivencias que caminaban por derroteros
diferentes, para intercambiarnos sentidos afectos, para gozar de su acogedora
residencia, para participar en ágapes sobre el mismo mantel, para recrearnos
con sus caprichos siempre demostrativos de un buen y delicado gusto, para
disfrutar de las pinturas colgadas en sus paredes, en donde nunca faltaron modestas
plumillas de los hermanos Calabuig, para vernos abrumados por las atenciones y
detalles de ambos y para deleitarnos con la gracia y el encanto de sus tres
pequeñas criaturas.
(Luciano con los mellis en el Albergue de Ataque Seco en Semana Santa)