Aquel atardecer en el paseo de la calle General
Aizpuru nunca lo he olvidado por lo insólito de la situación. Las
conversaciones y juegos se prolongan, nos presentamos unos a otros y yo sigo
encantado con la compañía de aquella chica que habla poco, que se sonríe y baja
su cabeza con vergüenza y que cuando mira, sin embargo, se fija en mis ojos sin
timidez.
Lo que yo me esperaba para el día siguiente sucede sin equivocarme. La aventura para el resto sólo duró un día, fue tan efímera que a la jornada siguiente nadie se acordaba de ella y todos estaban envueltos en sus habituales juegos. Bueno, todos no, porque yo, fiel cumplidor de mis promesas, hecho un aspirante a hombrecito, formal como ninguno, sí asistí al nuevo encuentro fijado en la velada del día anterior, viéndome solo y rodeado por el grupo de chicas que me interrogaban por el resto de la pandilla. No se me ocurrieron excusas adecuadas, que tampoco las hubieran aceptados, porque eran algo guerrilleras y en tanto que preparaban otra excursión para cantarles las cuarenta, porque qué se habían creído aquellos niñatos para despreciarlas de tal guisa, nos dejaron a Marisa y a mí en uno de aquellos bancos y empezamos a conocernos más y mejor.
Tengo que confesar que me encantó desde el principio y creo, no pecando de vanidad, que yo tampoco le desagradaba; que pasábamos más tiempo mirándonos y sonriendo que platicando y que los que sabían de estas historias mucho más que nosotros nos indicaban que esto era lo normal en los principios, cuando las flechas de Cupido, que por entonces ignorábamos quién era este individuo, ya estaban clavadas, aunque no sintiéramos absolutamente nada, en nuestros infantiles y puros corazoncitos y que nos llevaban a poner caritas de tontos y a composturas de tórtolos. No entendiendo nada acerca de lo que nos decían.
La excursión de las ultrajadas compañeras de Marisa a nuestra plazoleta de juego se llevó a cabo y como era de esperar no fue exitosa en principio, puesto que nadie les hizo frente. Los chicos, avisados de su acercamiento y algo alarmados recurrieron al subterfugio tan socorrido de subirse a los árboles y aguardar el chaparrón bien cubierto y cada cual en su lugar favorito sin decir palabra alguna. Como las niñas no eran tontas y conocían esta habilidad, llegando incluso a ver a algún rezagado de ellos realizar este ejercicio más propio de simio que de humano, montaron guardia debajo para ver si daban la cara. Como el silencio se alargaba y el tiempo corría, aumentando el malhumor colectivo, y hasta el movimiento de las hojas y ramas, al igual que alguna que otra sonrisita contenida, los delataba, alguna de ellas rompió la aparente tranquilidad del lugar soltando una retahíla de apelativos nada cariñosos que fue aumentando en bocas de todas las gargantas de aquellas jovencitas agraviadas, que terminaron a coro con el grito de "maricones", sin reservas de ninguna clase. No encontraron lucha alguna como querían, pero se fueron con aquellos desahogos casi satisfechas.
Yo seguí con mis encuentros cotidianos con Marisa,
acompañados en muchas ocasiones con su hermana que creo que la llamaban Aniti,
supongo que de Ana, más inquieta, viva y hasta más simpática, pero no tan
agraciada como la elegida por mí. Vivían en una gran casa enfrente del solar
donde jugábamos muchas veces los partidos de fútbol y bajo la sombra del
Hospital de





























