Llega el momento de la verdad y cuando subes la
escalera miras hacia delante, porque los mayores nos han dicho que no hay que
mirar para abajo, que eso marea. Algún atrevido vistazo se te escapa y no pasa
nada. Pronto el olor característico del barco se te va metiendo en la nariz.
Atravesado el pasillo próximo a la borda te encuentras con otra escalera, ésta
descendente, que da como a las bodegas donde están las literas, que no vas en
primera clase ni en camarote. El otro olor a combustible quemado en los motores
se mezcla con el de la comida, el de los vómitos y orín y el de los fuertes
desinfectantes, sin saber con cuál quedarte como más desagradable. Lógicamente,
como señalaba antes, a tantos no nos meten en camarotes; se trata donde estamos
de un espacio grande con compartimentos de cuatro literas pareadas, que se
comunican por arriba y por abajo, lo que permitía como pudimos pronto comprobar
que toda clase de voces, gritos, llantos de niños pequeños, risas y ruidos
escatológicos, llegaran con absoluta claridad a nuestros oídos; así como
veíamos correr las aguas y otros líquidos por el suelo, acompasando el
movimiento del barco. Unas literas que soportaban un colchón durísimo y una
almohada que no le iba a la zaga, una especie de mesita de noche, en cuyo
interior se encontraba algo parecido a una bacía o plato metálico, que se
intuía que era de cobre por su color, más grande que la de los barberos, que
servía para recoger parte de los vómitos cuando llegaban, pues cuando éstos
eran mayúsculos o frutos de una gran hartera no tenía capacidad suficiente para
soportarlos, cayendo los mismos al suelo o incluso, si no andaba listo, al
pobre infeliz de abajo, que raramente se libraba de las salpicaduras. Claro,
que también los había despistados, que no conociendo su destino y además propietarios
de estómagos fuertes a los que no molestaba ningún balanceo del barco y que los
utilizaban para una frugal y casera ensalada. Plato que otros empleaban hasta
como auténtica bacinilla y que se sujetaba en un aro de hierro acoplado en la
cabecera de las literas y que no perdía, como el mismo habitáculo, su olor tan
característico por mucho que se limpiase.
Muchos viajes hice y por diferentes razones en el viejo y achacoso Vicente Puchol, incluso mejorando la estancia de aquel primer viaje, en camarotes de dos y de cuatro, en clase de primera y nunca conseguí quitarme aquel olor tan peculiar que tenía el buque una vez que me encontraba en su interior. El trato que recibí del mismo no se lo puedo achacar ni en un sentido positivo ni negativo, ya que él era juguete del medio por el que se trasladaba, dependiendo su movimiento de la intensidad y dirección de los vientos y de cómo se encrespaba el mar por su causa. Eso sí, tengo que confesar que no fui mal marinero, que raramente me mareé estando en sus fauces y en los muchos viajes en los que lo utilicé; no ocurriéndome lo de mi hermano mellizo, que en todo no íbamos a ser iguales, que nada más salir del puerto melillense estaba echando la tostada de la mañana, pasándolo francamente mal y que hasta en días en el que el mar estaba como una auténtica piscina no podía evitar el marearse y vomitar.
Luego vinieron las réplicas modernas a los Puchol y Lázaro de Transmediterránea, con los lógicos adelantos de la navegación, dotados con camarotes más lujosos, con butacas de más categoría, con cafetería y pequeñas tiendas en su interior, hasta con una coqueta piscina y comedor confortable, con menores olores y disminuidos ruidos, con azafatas y puesto de mando como el de las películas...; pero ya no era lo mismo, pues con los adelantos de la modernidad se perdía el encanto de lo aventurero, de lo misterioso, del si yo te contara. Porque antes escuchabas el golpe de la proa, cuando el oleaje era bravo, al dar sobre el mar y pensabas que se podía partir, que imaginación no nos faltaba y habíamos visto muchas películas de corsarios y piratas o desde el puerto, se te cortaba la respiración cuando en aquellos días en que la línea del salir o no salir por las inclemencias del tiempo sólo era responsabilidad del capitán de turno o de la irresponsabilidad del mismo, veías como desaparecía el barco tras el fuerte oleaje, para verlo de nuevo con alivio cuando las aguas descendían. Lo importante es que llegabas y curiosamente nunca tuve noticias de accidente alguno de aquellas reliquias de la navegación, que no por ello, en sus primeros viajes también serían considerados como novedosos, en cuyos costados nunca faltaron los ágiles y pintorescos saltos de los delfines que durante una parte del trayecto les acompañaban y que desde mi primer viaje despertaron mi admiración hacia estos animales, testigos silenciosos de tantos viajes e historias en las que el Vicente Puchol algo tuvo que ver.