Otro, cuyo nombre no recuerdo, servía para ver lo
lanzado que era cada saltador, así como la agilidad que se poseía para los
diferentes saltos. Como en todos los de este tipo, el que se quedaba hacía de
mulo y en esta ocasión tenía que resguardar su cabeza entre sus brazos y manos
y estar firme en los pies, para evitar alguna patada de los saltadores y el no
caerse con el empuje de los mismos, ya que había algunos que volaban. En este
juego el que iba el primero era el que marcaba el tipo de salto y los demás
tenían que igualarlo o superarlo, ocupando este lugar privilegiado el que lo
conseguía; en tanto que aquellos que no llegaban a emularlo quedaban
eliminados. Las ayudas para ejecutar los saltos eran las medias y las enteras,
que consistían en apoyar un pie o los dos, respectivamente, antes de saltar. Como la distancia del que
hacía de mulo se iba alejando de la raya de salto, se podían utilizar medias,
enteras o ambas, en el número que se quería, pero cuantas menos mejor. Los
primeros saltos se hacían sin ayudas y conforme se alejaba el agachado
resultaban más difíciles y eran ya muchos los chicos que eran eliminados. No
faltaban en este juego los que movidos por un exceso de amor propio arriesgaban
demasiado y terminaban por quedarse cortos, por arrollar al mulo o darse un
batacazo impresionante al no poder superar a éste y encontrarse en la caída,
algunas espectaculares, sobre el duro y áspero suelo. Menos mal que algunos
parecían de goma y que por aquellos años creíamos en la existencia del ángel de
la guarda.
Sin embargo, existía uno de estos entretenimientos que nos atraía más a todos y no precisamente por su riesgo, ya que el mismo no encerraba ninguno. Quizás fuera por aquella retahíla divertida que acompañaba a cada uno de los diez saltos diferentes y que todos conocíamos como el de “A la una la mula”. Curiosamente, estos juegos variaban en frases o palabras, incluso en el ritual que acompañaban a cada una de los saltos, porque su transmisión era oral, como las primeras obras de nuestra lírica tradicional y cualquier chaval era bueno, por creatividad o por falta de memoria, que no se iba a quedar sin jugar por causa del olvido, para suprimir lo que no le agradase u olvidado o recrear algo que seguro ya nunca se le volvería a olvidar, por ser su autor.
El primer salto que acompañaba al nombre del juego no tenía importancia y se convertía por ello en algo rutinario. Era el de ¡A la una, la mula! El segundo, que correspondía al dicho de: “¡A las dos, la coz!” y como su nombre indica, te obligaba en el salto a dar una patadita en el trasero del que hacía de mula. Si fallabas en el intento ocupabas su puesto y se empezaba de nuevo. También es justo indicar que algunos se pasaban y en lugar de una patadita, ya que se lo tomaban muy al pie de la letra, propinaban una auténtica coz, la cual tenía como consecuencia que el sufridor la aguantara estoicamente, pero te la guardaba para llegada la primera oportunidad devolvértela y con creces. “A las tres, el perrito de San Andrés” y al saltar se le ladraba con mofa a la mula. Le seguía “A las cuatro, brinco y salto”, que te obligaba antes de ejecutar el salto a dar otro brinco delante. La originalidad en el ejercicio venía con el siguiente, en el que cada saltador lo ejecutaba como quería y que respondía a: “¡A las cinco, mi mejor brinco!” y el concepto de lo mejor siempre era diferente para cada uno.
“A las seis, haced lo que queráis” era el siguiente, en donde la imaginación te llevaba a hacer diabluras, desde tirarle de las orejas a la mula hasta subirte en ella, desde empujarle con las manos a darle un culazo, desde acostarte encima hasta hacerle cosquillas... Eso sí, cada cual tenía que hacer algo diferente y llamativo y no faltaban nunca las risas. Otro golpe, éste con la mano abierta, simultaneaba el salto con el dicho de “¡A las siete, el cachete!”, que igualmente se daba de refilón en la cabeza o con más fuerza en todo el paquete glúteo. En el siguiente, que era el de “A las ocho, me planto en mi borriquito mocho”, te estaba permitido montarte en la mula y hasta animarla con el correspondiente grito de ¡Arre!, a que caminara. Cuando el que se subía era delgado no había inconveniente hasta de darle un corto paseíllo; el problema venía para el sacrificado animal cuando tenía que soportar al pasadito de kilos, que nunca faltaba en ninguna reunión o al patilargo, que recogiendo sus piernas para no tocar el suelo aún te molestaba más. Continuaba la retahíla con “A las nueve, empina la bota y bebe”, en el que cada jugador, antes de saltar, apoyaba el codo en la espalda del agachado, doblaba el brazo y simulaba con la mano el beber de la bota. Algunos aquí también se pasaban y golpeaban con el codo en la espalda, como el de “¡A las siete, el cachete!”, que igualmente se daba de refilón en la cabeza o con más fuerza en todo el paquete glúteo, volviendo a enfadar al que se quedaba. Y terminaba el juego con “A las diez, como estaba borracho saltaba al revés” y tenía pacientemente la mula que aguantar como cada uno le diera la vuelta antes de emprender su último salto.
Terminada la ronda, si queríamos continuar el juego, se sorteaba de nuevo para ver quién se quedaba y siempre, cosa lógica, el más empeñado en que se volviera a empezar era el que había ejercido de cuadrúpedo, por si tenía la posibilidad de devolver algunos regalitos a aquellos que se habían sobrepasado con él anteriormente y que conste, que no se trataba de una vulgar revancha, sino de un ejercicio de goce al tener buena memoria.