RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA
33.- Un pulmón verde: EL PARQUE HERNÁNDEZ ( V )
Por otra parte, otro pasatiempo infantil en torno al
parque, que se convertía en auténtica competición, era el de recorrer todo su
cerramiento, subido en él y sujetado a su verja de hierro, sin tocar la acera,
salvo en las puertas grandes, ya que las pequeñas las cerrábamos y pasábamos
también sobre ellas. Tenía esta experiencia como grandes dificultades los
pilotes que de trecho en trecho existían entre las rejas, a los que no
alcanzábamos a rodear con nuestros brazos por sus dimensiones y que teníamos
que salvarlos sujetándonos con las manos en unas ranuras que presentaban a
diferentes alturas y apoyando los pies en un borde que no tendría más de cinco
centímetros. El resbalar y caer no tenía gran riesgo, pero sí te producía el
enfado correspondiente, ya que te veías obligado a volver al principio de la
ruta, lo que suponía además quedarte el último. Aunque ello tenía un único
consuelo, que las caídas por diferentes motivos eran frecuentes y no resultaba
demasiado complicado lo de dejar los puestos de cola, al igual que volverlos a
ocupar.

Y ya que hablo de su verja, viene a mi memoria la
existencia de unas ramitas, de grosor como de un cigarrillo, prietas y que
crecían como enredaderas, a las que llamábamos, sin tener nada que ver con la
manzana y sin saber tampoco el porqué, sidra, que utilizábamos al igual que la
matalahúva como anticipos de los primeros cigarros; cortándolas en trozos
aproximadamente del mismo tamaños de éstos, lo encendíamos y en lugares
recónditos y sin apenas luz, chupa que te chupa, dábamos nuestros primeros
pasos en esto de sentirnos hombres antes de tiempo, identificando al tabaco y
su consumo con la mayoría de edad y con el fruto prohibido.
Otro hecho imborrable del Parque Hernández en los
atardeceres y en especial cuando hacía buen tiempo, era el ver a los
asistentes, soldados de reemplazo normal y que de paisanos llevaban a los
pequeños hijos de oficiales del ejército a este lugar, al igual que los podían
acompañar al colegio u otros sitios; era algo así y no lo digo con el ánimo de
molestar a nadie y menos a ellos, como muchachos de servir gratuitos, entendiéndose
como normal, como un privilegio más que tenían los militares en una ciudad
eminentemente castrense por los cuatro costados. Destino apetecido en no pocas
ocasiones por los mismos soldados y familiares, que hasta buscaban
recomendaciones para ello y que dependía en mucho de sus habilidades, puestas
éstas al servicio principalmente de la consorte del jefe, que no sólo
encontraba una economía importante en ellos, pues algunos valían para todo,
sino que resolvían bastantes ataduras, sobre todo de tiempo, con la gente
menuda, cosa que les permitía una mayor actividad social en el Casino, el Club
Marítimo o la Hípica.
Sin olvidar tampoco que éstos, salvo los que
claramente pertenecían a los que llamaban por entonces de la acera de enfrente,
los de la cáscara amarga, que no faltaban, los mariquitas azúcar para los
pequeños o maricones para los adultos, que por aquellos años casi nadie estaba
sensibilizado con el tema de la homosexualidad, sino todo lo contrario,
aprovechaban esta estancia en el parque para intentar pegar la hebra con las
que hacían el mismo servicio doméstico que ellos, pero en mujer, las chachas,
las criadas, y con un sueldo que era también, salvo raras excepciones, escaso,
por aquello del abuso ante la mucha oferta... Era corriente ver parejas de este
tipo, incluso algo relajados en el cuido de los respectivos niños, que el amor
tiene y tenía igualmente en antaño, entre otras cosas, lo de ser bastante
absorbente y no dudo tampoco de que de aquellas relaciones, en principio
pasajeras y coyunturales, pudieran surgir otras más estables, que alargaban la
estancia del muchacho algo más o mucho
más que la habitual de su servicio militar obligatorio con la patria y que les
llevara a una mayor y distinta obligación de cuidar niños propios y no ajenos.
Aunque esta especie entró en peligro de extinción con el paso de los años, casi
llegando a su total desaparición, por lo menos para estos menesteres y otros,
con la llegada de un Comandante General, que cambió muchas cosas cuando fue
destinado a nuestra ciudad y que por ello fue un personaje controvertido, no
sólo para los militares, sino también para la población civil y que se llamaba
Gotarredona.
