RAZÓN VIGÉSIMO CUARTA
24.- Un quiosco: EL DE MARÍA, que luego regentaría su sobrino ( II )
Como les ocurre a todos los niños, más que el placer
de las mismas golosinas que allí obteníamos y de vida tan efímera, era la
satisfacción del deseo de comprar, que si podía ser a todas horas, mucho mejor.
“Mamá, anda dame un perra para ir al quiosco de María”, era una frase habitual
y repetida y además satisfacíamos con ello otro deseo permanente, el de poder
salir a la calle, que nos gustaba por igual.
En él comprábamos los artículos más variados,
chucherías y otros que no lo eran. Entre las primeras se encontraban los
distintos tipos de caramelos, los trozos de “paloduz” que masticábamos hasta
extraerle todo su dulzor y que nos parecía que nos convertíamos con estos
palitos en aquellos aventureros del oeste americano que veíamos en las
películas mascando el tabaco, que hasta escupíamos como ellos; las barritas de
regaliz y las pastillas juanolas, los paquetitos que ella misma preparaba con
papel de estraza o de periódicos si era necesario de pipas, altramuces, chufas
o garbanzos tostados, las garrapiñadas y los palotes, los chicles “bazooka”,
por señalar algunas.

Entre los que no eran de comer, el abanico se abría
aún más. Allí había de todo como en botica, pero en menor cantidad. Por
ejemplo, cada semana llegaban los tebeos, pero en tan escasos números que sólo
los conseguían los primeros que llegaban, teniendo que acudir los rezagados al
quiosco más grande de la salida del parque Hernández que daba a la calle Marina
o a Casa Boix. Con puntualidad también llegaban las estampas de las diferentes
colecciones, pero con otro inconveniente, que cuando nos faltaban pocas para
concluirlas y pegarlas en los álbumes correspondientes las dejaba de traer,
porque casi todos los sobres contenían las “repes” y dejaba de vender. En él
mismo comprábamos las canicas, a las que siempre llamamos bolas, en sus
diferentes versiones: las de barro que se rompían con sólo mirarlas y por los
golpes más insignificantes, las de cristal lisas y las alistadas en su interior
con variados colores y los bolones que eran de metal.
Vendía trompos, a los que reemplazábamos su pequeña
púa casi roma por otra más larga y la cuerda para bailarlos, a la que poníamos
en uno de sus extremos, después de hacerle un agujero en el centro y aplastarla
a base de golpes o colocándolas en la vía del tren antes de que pasara éste,
una chapa, que era la que situábamos entre el índice y el anular para que no se
escapara al lanzarlo.
Algunos recortables los encontrábamos allí, pero con
escaso surtido; así como las calcomanías y los cromos para las niñas, con los
que jugaban a golpearlos con la palma de la mano ahuecada, estando estos
bocabajo, para ganarlos dándoles la vuelta y que almacenaban en cajitas de lata
de diferentes tamaños y procedencias, ricamente decoradas.

Los adultos encontraban en el quiosco de María el
tabaco y las cerillas, las cajetillas de papel para liar la picadura suelta y
las novelas, entre otras, las del oeste de Marcial Lafuente Estefanía y las
otras rosas o de amor de Corín Tellado.

Otro pequeño negocio de María era el de los
alquileres, tanto para la gente menuda como para los mayores. Aquellos tebeos
que no vendía ni devolvía, que amarilleaban de su presencia continua al sol de
un día tras otro, detrás de los cristales o colgados en cordeles y sujetos con
palillos de la ropa, nos lo alquilaba por una perra chica y en tiempos de
descanso entre los juegos, sentados en el banco de piedra que había detrás del
quiosco o en cualquier escalón o bordillo de la acera, como los que había en la
esquina donde vivían los Linares, en el local de la Tabacalera, que casi
siempre estaba cerrado en la mayoría de sus puertas, nos entreteníamos con las
locuras de Carioco, el hambre de Carpanta, las travesuras de Zipi y Zape o con
las aventuras del Capitán Trueno. Los adultos ejercían el alquiler de otra
manera, pues tenían que dejar como depósito una novela similar a la que se
llevaban, con lo que la biblioteca que se originaba con este procedimiento
ganaba en variedad. Creo que costaba diez céntimos cada alquiler y te podías
llevar la obra a tu casa todo el tiempo que necesitaras para leerla y hasta que
te acordaras o fueras a cambiarla por otra.
Era lugar de cambio también. Cuando hacía falta
convertir un billete en monedas más pequeñas, que era el material que ella más
usaba, acudíamos a María, que aliviaba así el problema de nuestros mayores,
porque nosotros los billetes los usábamos poco, ya que lo nuestro era lo que
llamábamos la calderilla, los céntimos.