miércoles, 15 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO TERCERA

33.-   Un pulmón verde:   EL PARQUE HERNÁNDEZ


                                            Escribe Saro Garandillas en su libro “Estudios melillenses. Notas sobre                                      urbanismo, historia y sociedad en Melilla” un corto e interesantísimo apartado                                         acerca de este parque nuestro, de sus orígenes y características, con un último                                         párrafo que me atrevo a copiar y que comparto plenamente con él y que dice                                            así:

“Podemos creer que en el futuro tanto como ahora el parque, admirado por extraños más que por propios, seguirá siendo el pulmón de Melilla, y que nuestros sucesores estarán persuadidos de la necesidad de su permanencia con el convencimiento de que solamente con él Melilla seguirá siendo Melilla

¡Qué de recuerdos!

         Ahora que uno reside fuera de Melilla y sin ánimo de hacer comparaciones, por aquello de lo odiosas que resultan éstas, es normal que sienta nostalgia de este rincón donde posiblemente transcurrieron, por la proximidad a nuestro hogar, muchísimos momentos de nuestra infancia, señal  evidente de que uno se va haciendo viejo.


            Este apacible lugar, bello como pocos otros de la ciudad, permanentemente vivo por sus continuas transformaciones y por ser sitio de encuentros, de juegos para niños, de solaz para los que dejaron de serlo hace bastantes años; propicio para incipientes enamoramientos, para el simple paseo o la conversación sin prisas, dejó infinitas huellas en nosotros; de ahí que no sea extraño el afecto que le tenemos, aumentado en el tiempo y en razón de nuestra diáspora.

      ¡Qué de recuerdos!

     Los Patos, el bar Las Flores, la pista de patinaje, el “Dancing”, las palmeras, sus fuentes con la central que aparecía y desaparecía como el río Guadiana según el gobierno de turno, la Caseta Municipal en las fiestas, sus paseos, las sillas, el templete de la música, las pérgolas, sus múltiples entradas...


            Es difícil que no se confundan o entremezclen los recuerdos, pero como estas reflexiones ante el paciente papel no tienen intención de convertirse en tratado histórico de la modernidad de nuestra ciudad, ni de nada, dicho sea de paso, sino simplemente en un mirar hacia un atrás no demasiado lejano, ello no debe preocuparme; ni tampoco quiero caer en la tentación de recabar información más fidedigna de otras fuentes más documentadas, incluso escritas e impresas ya; tan sólo me mueve el placer del recuerdo en una soledad buscada a conciencia.

VENTANA ABIERTA A LOS AMIGOS DE LOS TEBEOS


            ENTREGA Nº 243


            Llevamos haciendo una colección de personajes de los tebeos para ocupar el tiempo de ocio cuando llegó a la Jubilación, utilizando lápices de colores y a veces rotuladores. La colección está conformada con el nombre del personaje, la firma del autor y una sola viñeta de cada uno. Hoy comenzamos la misma con nuestros primeros cinco personajes.


             Los personajes de hoy son: 
ANGUSTIO VIDAL, del dibujante Arturo ROJAS de la Cámara.
ALÍ, el genio de la lámpara, de Francisco SIFRÉ Pardo.
AGAMENÓN, de Alejandro Santamaría ESTIVILL
La alegre PANDILLA, de Roberto SEGURA Morales y 
La Señorita ANA, de Rafael Ramos Morales - GALILEO.   
            

martes, 14 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO SEGUNDA

32.-   Un circense:   PEDRO MONTES RAYA: El hijo de los porteros del portal número 6 

        Después sustituyó la botella por un trozo de tubo de la misma longitud del ancho de la tabla y se balanceaba como quería, recurriendo también a las anillas que hacía girar en sus brazos en cruz o a los juegos malabares con las pelotitas o las mazas e incluso hasta con un palillo y su correspondiente plato girando en cada una de sus manos. No exagero, era un auténtico artista para cualquiera que lo viera; pero para la gente menuda era algo más, un verdadero monstruo. Si hasta llegó a usar varios rulos y tablas a la vez, siguiendo la máxima circense del más difícil todavía.


            Lo que llamaba la atención en Pedrito  no eran sus ejercicios en sí, ya que no eran los números de mayor dificultad de los circos, ni los que gozaban de la mayor admiración pública; sino su fuerza de voluntad para conseguir lo que quería, siguiendo al pie de la letra aquella máxima muy frecuente por aquellos días entre nosotros y por supuesto, señalada siempre por los mayores, de “querer es poder” y que además era un auténtico autodidacta; pues jamás nadie y menos un chino, le llegó a enseñar lo más mínimo.

     Pedro Montes Raya había nacido, sin saber nadie el porqué, tan sólo él, para ser artista de circo. Pero sólo tuvo un lunar, el de faltarle el valor necesario para enrolarse en cualquiera de los muchos circos que visitaban nuestra ciudad, haber aprendido en serio este trabajo y vivir de verdad su aventura.


         No sé lo que hizo Pedro de mayor. Posiblemente terminó en los albañiles subiéndose, sin nada de vértigo, a poner los ladrillos de las fachadas de los pisos más altos o aprendería el oficio de limpiar los cristales de los ventanales de los rascacielos, colgado de un cable desde la azotea. Podría ser bombero en Barcelona, barrenero o picador en cualquier mina asturiana o alpinista en sus ratos libres, que sé yo; pero lo que no me imagino a Pedrito, por mucho esfuerzo que haga, es verlo sentado en una silla y ante una mesa llena de papeles, de administrativo, justificando su horario laboral y cumplimentando cuestionarios.

                                            

                                                                o

                            

                                                       pero jamás en


VENTANA ABIERTA A LOS AMIGOS DE LOS TEBEOS


    ENTREGA Nº 242

    EL TÍO PENCHO   ( II )

    MANUEL SÁNCHEZ BAENA  -  MAN   

        MAN fue un historietista de humor gráfico que recibió muchos homenajes y reconocimientos, de los que hablamos a continuación.

        Su nombre se puso a un jardín de la ciudad de Murcia. En la pista de petanca de Rincón de Seca hay un mural de unos 30 metros dedicado a él y su más importante criatura el Tío Pencho. En un muro de un Hotel de la ciudad murciana existe en monumental grafiti de su personaje.

Fue condecorado en los premios “Los Mejores de 2005” del diario La Verdad. La Federación de Asociaciones de Vecinos de Murcia lo premió como Vecino murciano.

   El mismo año de su muerte, 2020, fue nombrado a título póstumo como Hijo Adoptivo de Murcia por el Ayuntamiento.

   Se consideró como el reivindicador de las tradiciones y raíces de Murcia.

    Venancio Agudo, director de la Verdad, le encargó el trabajo de darle vida al Tío Pencho durante un año y llegó con este personaje a vivir de forma continuada casi medio siglo. Sus tiras fueron un claro reflejo de la calle misma y de lugares corrientes, por lo que llegaban tanto a los niños como a los adultos.

    Otros personajes más destacados que acompañaron al Tío Pencho fueron: el Pifanio, la Josefa, el tío Facorro y el Colasico. Y su preferido fue el primero de los citados, señalaba el autor, porque era más real, más buena persona y hasta mucho más simpático; pero que con el que soñaba incluso bastante noches fue el Tío Pencho, y por ello no le dio más cancha al Pifanio. 


 (El tío Pencho y su Josefa, bailando delante de la Catedral de Murcia)

lunes, 13 de abril de 2026

BIOGRAFÍA N0STÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO SEGUNDA

32.-   Un circense:   PEDRO MONTES RAYA: El hijo de los porteros del portal número 6


            De los ejercicios físicos pasó a los malabarismos. Posiblemente llegó a nuestra ciudad cualquier circo con artistas que hacían juegos malabares o el mismo Teatro Circo de Manolita Chen, que se instaló en algunas ocasiones en el triángulo que había enfrente de la puerta principal de la plaza de toros, bastante cerca de donde vivíamos y él también lo vio y quedó prendido de aquellos ejercicios. Su tesón era inmenso y su habilidad igualmente debió de ser grande; pues a los pocos días jugaba con las pelotitas y las improvisadas mazas como si lo hubiera estado haciendo durante toda su vida. Los tres objetos del principio que volaban entre sus manos, con el paso de los días fueron dando paso a cuatro y después a uno más, dejándonos nuevamente maravillados. Por más que nosotros lo intentábamos con piedras, con pelotas de trapos, con trozos de madera de aquellos juegos de arquitectura de nuestros tiempos, hasta con naranjas u otras frutas y a escondidas en casa, porque se nos caían y con los golpes se ponían pochas, nunca nos acompañaba el éxito, en tanto que él lo veía facilísimo.


            Apareciendo otro día, porque él practicaba en su casa y hasta que no dominaba el juego no aparecía, con una caña fina, resistente y flexible sobre la que hacía girar un plato, como hacían los chinos. Y nada, que no se le caía en todo el rato, hasta que dejaba de girar la caña, le daba un empujoncito y caía en sus manos, ganándose el aplauso de todos lo que le rodeábamos boquiabiertos y no dando crédito a los que estábamos viendo.

            Era, sin duda, un artista o por lo menos, quería serlo. Cuántos platos tuvo que romper, podrá pensar cualquiera. En su casa no estaban para tirar cohetes; así que ya buscaría él el medio de no acabar con la vajilla propia, por muchos que rompieran los payasos en el circo algunas veces. Luego nos contaba que al principio ensayaba en su cuarto y que no le salía demasiado bien porque estaba más pendiente de que los platos no cayeran que en el propio juego malabar; que seguidamente lo hacía juntando las camas, la suya y la de su hermano mayor, que siempre le decía que estaba loco con aquellas cosas tan raras que inventaba, y sobre éstas para evitar, si cayera el plato, que se rompiera al golpear contra el colchón. Para al final decidirse por algo más práctico, por el uso de platos metálicos, que el único destrozo que podían sufrir es que si estaban pintados se descascarillaran.


            Lo de los platillos le duró una temporada. La ausencia de riesgos y lo monótono del ejercicio le llevaron por otro derrotero, que volvía a sorprendernos; pasando desde entonces al equilibrio, no sobre la cuerda ni sobre el cable, como los funámbulos, sino sobre el rulo. Un día colocó una tabla sobre una botella, apoyándola en uno de los extremos en el suelo, se subió a ella y se balanceó una o dos veces hasta que la tabla se marchó para uno de los lados y la botella para el contrario, dándose él un costalazo de padre y muy señor mío. Pero ya he dicho antes que era cabezota como el que más, que no se arredraba a las primeras de cambio, que una caída no lo iba a acoquinar, que era de los de erre que erre y siguió subiéndose y dándose golpes hasta que dominó a aquel rulo, que seguía siendo en principio una botella, y a la tabla, subiéndose y bajándose en ésta, balanceándose después, con la misma facilidad con que nosotros subíamos y bajábamos cualquier escalón.

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Entrega Nº 242

EL TÍO PENCHO   ( I )

MANUEL SÁNCHEZ BAENA  - MAN


        Humorista gráfico nacido en Melilla en el año 1934 y que falleció en Murcia el 10 de septiembre de 2020

        Manuel Sánchez Baena ejerció la Medicina con la especialidad de Cardiólogo en la Residencia Sanitaria Virgen de Arrixaca en su inauguración en el año 1968, ejerciendo la dirección de la misma y que actualmente es conocida como Hospital General Universitario Morales Messeguer.

       Además de humorista gráfico trabajó en publicidad, ilustró artículos en diferentes medios y publicaciones, presentó varias exposiciones pictóricas con obras  a plumilla y acuarelas, decoró piezas de cerámica que él mismo cocía.

          Pero por lo que más querido y admirado en toda Murcia fue por ser el dibujante creador de las tiras de prensa del Tio Pencho, publicándolas diariamente durante 49 años en el Diario de Murcia “La Verdad” desde el año 1971 hasta su muerte. Diario que el siguiente día de su fallecimiento publicó la última tira del Tio Pencho, dibujado por el mismo MAN, y que recoge la asistencia de su personaje con todos los suyos  al cementerio el día de su entierro.


        Sus personajes hablaban en “panocho” y el Tío Pencho vestía a modo tradicional de la Huerta de Murcia, con faja y zaragüelles, con la gayá y habitualmente  llevaba una colilla en la boca.

                                                  

domingo, 12 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO SEGUNDA

32.-   Un circense:  PEDRO MONTES RAYA, el hijo de los porteros del portal número 6

    Con los trompos era un artista, les quitaba las púas originales, cortitas y redondeadas, y las reemplazaba por otras más largas, que introducía, nos decía, para que se ajustaran mejor untándolas de excrementos de caballos y que iba pacientemente puliéndolas en su punta para que quedaran suaves al bailar sobre las palmas de las manos, a lo que nosotros atribuíamos la expresión de “estar pajitas”. Lógicamente, en el arte de bailarlos también destacaba y hasta se atrevía a tirarlo al aire y cogerlo con la mano, donde el trompo bailaba sin ninguna dificultad.


            Por el contrario no tenía paciencia para jugar al fútbol con los botones y menos aún a aquellas vueltas ciclistas que organizábamos con chapas, dándoles chiclazos con el dedo corazón suelto después de retenerlo con el pulgar y siguiendo rutas que presentaban toda clase de dificultades o trampas, dibujadas en el suelo de la plazoleta. Se aburría con estos juegos que él tenía por muy sedentarios y lentos; además de sujetos a demasiadas normas estúpidas, como la de si te salías, aunque fuera al final, tenías que empezar de nuevo o que no valiera cortar camino entre tanta curva dibujada en el suelo o tener que esperar un turno, que se hacía pesadísimo cuando eran muchos los jugadores, que era lo habitual. 
Aunque tenía la misma edad que nosotros en muchas de sus cosas parecía mayor y no sabría explicar el porqué; quizás porque era educado y serio en su trato con los mayores, lo que le habrían inculcado sus progenitores desde la portería y con relación a todos los vecinos del portal y que él trasladaba a todo el mundo que le rodeaba.

        Sin embargo, lo suyo era el circo. Soñaba con ser artista circense y con que su nombre algún día apareciera en cualquiera de aquellos grandes carteles que llenaban la ciudad cuando estos se desplazaban a Melilla.


            Y toda esta historia la empezó por los ejercicios físicos que hacía y que todos no podíamos llevar a cabo o estábamos expuestos a algún que otro batacazo si lo intentábamos. Empezando por aquel de colocarse en sentido vertical y cabeza abajo apoyándose en las palmas de las manos, lo que llamábamos el pino, sin necesidad de la pared, con cuya ayuda lo hacían algunos otros. Pero es que él llegaba a más, pues se permitía el caminar en esta postura durante un buen trecho. Siguieron a estos ejercicios sus “cangrejos” en sus dos vertientes. Daba una voltereta y sin levantarse al caer, con el cuerpo totalmente encorvado y mirando hacia arriba, caminaba como este animal, apoyando manos y pies o también, conseguía esta figura, echándose el cuerpo hacia atrás lentamente y curvándolo, flexionando sus piernas, hasta que con las manos tocaba el suelo. Nos parecía que estaba descoyuntado. Y por último vinieron sus mortales; primeramente uno sólo y después, con el paso del tiempo y cuando adquirió seguridad, varios.

            Nosotros alucinábamos con sus ejercicios y demostraciones. Los más atrevidos cuando lo imitaban se daban golpes de campeonato; por ello, todos le admirábamos y lo considerábamos algo distinto y raro. Es que no era normal que uno de tus amigos quisiera ser, así por las buenas, artista de circo y más aún, aprendiendo solo en el patio de la portería de un bloque de pisos.

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Entrega Nº 241

LA FAMILIA CHURUMBEL   ( II )

MANUEL VÁZQUEZ GALLEGO  Biografía en la Entrega nº9

                En esta imagen falta el hijo mayor

La familia Churumbel está compuesta por los siguientes personajes:

El cabeza de familia es Mamué, hombre robusto y bigotudo, tocado con un bombín y que siempre fuma puros. Es muy alegre y muy valiente, poseyendo grandes dotes de líder y está dotado con un gran ingenio.

Su esposa es Rosariyo, de profesión ama de casa, dedicada a sus labores. Es una mujer muy sumisa y que admira un montón a su marido. Nunca le falta  su enorme pañuelo atado al cuello, donde reposa su hijo menor, el pequeño de la casa, un bebé que a pesar de contar con pocos meses ya aprendió el oficio de robar todo lo que se pone a su alcance. Es sin duda el más digno y prometedor continuador de la familia.

Después tenemos al abuelo, que es un vejete muy bajito, de enormes bigotes blancos y con un gorro cordobés que tapa casi su rostro, menos la nariz. Es el rey de los afanadores y capaz de llevar a cuestas gigantescos objetos.

Y nos falta el hijo mayor, el que no está en la imagen, porque es considerado como la “oveja negra” de la familia, ya que le encanta seguir estudios universitarios y el trabajo. Toda un terrible vergüenza para su padre, Manué. 

viernes, 10 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO SEGUNDA

32.-   Un circense:   PEDRO MONTES, el hijo de los porteros del número 6   ( I )

 

        Hay niños que desde su más tierna infancia saben lo que quieren ser de mayor y todos los pasos que van dando en su vida, que no son pocos, van encaminados a conseguir su meta; como aquellos que se pirran por las cerillas y los mecheros, por encender papeles y pajitas secas y que hasta que no terminan incendiando el bosque, convertidos en crueles pirómanos, no descansan en paz, o aquellos otros que van para cirujanos y desde su niñez cortan los rabos a las lagartijas para ver como estos siguen moviéndose, seccionan las ancas de las ranas capturadas en las charcas o abren el vientre de un camaleón después de emborracharlo con un cigarro introducido en su boca, para ver que hay en sus entrañas, cosiéndolo después con agujas e hilos corrientes como actividades lúdicas preferidas.


            No son como la mayoría, que un día quieren ser caballo para ganar en todas las carreras, bomberos para apagar los fuegos de los anteriores y ser al mismo tiempo usuario de ese coche rojo con escaleras enormes, mangueras larguísimas y una sirena que se oye por todas partes; futbolista para ganar mucho dinero, Rey Mago para trabajar un día al año, jilguero para volar o astronauta para viajar por el espacio y encontrarse con Flash Gordon o ETE y llegar al planeta rojo, para cada día cambiar de anhelos y de personajes, porque son realmente muy pequeños para fijar su futuro.

        Pedro Montes Raya, que vivía en la portería del número seis de la calle Teniente Coronel Seguí, del portal que daba a la plazoleta de nuestros juegos, no estaba entre estos últimos; más bien se acercaba a los primeros, a aquellos de ideas fijas y poco volubles. Además de cabezota era corajudo, atrevido, soñador en ocasiones y algo rarillo, distinto a la mayoría. Por ejemplo, no le gustaba el fútbol, pero cuando jugaba no quería acabar nunca, siempre pedía la revancha aunque su equipo perdiera por diez goles de diferencia; si jugaba de portero no le importaba volar para impedir un gol, golpearse duramente contra el suelo al caer y desollarse vivo y si lo hacía delante y tenía la fortuna de conseguir un gol lo festejaba dando volteretas. Desaparecía y aparecía en nuestros juegos como el río Guadiana. ¿Pero dónde se ha metido Pedrito?, nos preguntábamos con frecuencia. Al rato llegaba jadeante y sin decir palabra alguna se incorporaba a los  mismos. En el juego del “Salto la papa” era casi imposible doblegarlo, aunque más de uno saltara sobre sus espaldas. Se derrumbaban sus compañeros, pero él seguía erguido. En sus saltos, por el contrario, siempre escogía los más arriesgados y atrevidos, el menor número de medias y enteras para llegar al que hacía de burro; terminando en no pocos de ellos con sus huesos en el suelo o llevándose por delante al anterior mencionado, que después del golpe difícilmente aceptaba las disculpas del alocado Pedrito, que nunca se quejaba por nada.

        Su enorme timidez le llevaba a no querer jugar con las niñas. Decía, por ejemplo, que el juego de las prendas, en el que con las manos juntas dejábamos caer un objeto o piedrecita sobre las de cualquiera de los jugadores y que había que acertar al elegido, pues de lo contrario se veía uno en la obligación de dejar una prenda, que sólo se podía recuperar cuando se hacía lo que te mandaban los que dirigían el juego, era una mariconada y el que jugaba con las niñas era una mariquita azúcar. Cualquiera lo ponía a él a jugar a aquello de “Dónde está la llave, matarile, rile, rile...”, con el ir y venir de los grupos de una acera a la otra. Corría entonces y se escondía en la portería, porque le daba verdadera vergüenza.


            Las suyas eran otras historias, gateaba a los árboles como una ardilla y tenía su lecho en la parte más alta de la copa y seguro que en el lugar más cómodo, porque sabía escogerlo. Era constructor de todo tipo de artilugios. Mientras todos jugábamos con el sencillo aro de hierro y la guía de alambre duro, él aparecía con una base de madera hecha con varias tablas bien acopladas y clavadas a unos ejes, donde ponía cuatro ruedecitas de bolones, que ninguno de nosotros sabía de dónde las sacaba, y que arrastrada por una fuerte soga en forma de triángulo, se convertía en un carrito, que despertaba la envidia de todos. Menos mal que también era generoso y no le importaba prestar al resto sus inventos.

VENTANA ABIERTA A LOS AMIGOS DE LOS TEBEOS

 

    Entrega Nº 241

    LA FAMILIA CHURRUMBEL   ( I )

    MANUEL VÁQUEZ GALLEGO  Biografía Entrega nº 9


        Ya hablamos hace unos días de esta serie de historietas de humor creada por el Gran Vázquez  y hoy asomamos a nuestra ventana las aventuras y desventuras de La Familia Churumbel.

       Esta serie nace en 1960, apareciendo en el número 1 de la revista El Campeón de las historietas de la Editorial Bruguera. Cuando este Semanario cesa en su publicación en el año 1962, la serie pasa a publicarse  en la revista DDT de la misma Editorial hasta el año 1965.

         Curiosamente por tratarse de una historieta infantil o por eso mismo, fue censurada a principios de los años 70 por el franquismo debido a su contenido racista. Esto obliga a Bruguera a republicar episodios sueltos y desordenados en otras publicaciones hasta la década d los 80.

    La familia Churumbel está conformada por una familia gitana que vive en una casa de campo en las afueras de la ciudad y que sólo tiene como fuente de ingresos el hurto. Especializada principalmente en los animales de granjas; pero lo cierto es  que se dedican al robo de todo tipo de objetos, desde relojes de oro hasta locomotoras de ferrocarril, incluso elefantes o transatlánticos (Como aparece en la historieta que hoy aparece en nuestro blogs.

    A pesar de tener para el exterior muestras de humildad, en su casa tienen cantidades ingentes de dinero y enormes libros contables donde se pormenorizan los incontables ingresos.

jueves, 9 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

 
RAZÓN TRIGÉSIMO PRIMERA

31.-  Una enfermedad infantil: EL SARAMPIÓN   ( III )

        Curiosamente, yo padecí en algunas temporadas unos trastornos que debieron de ser de tipo alérgico, cuestión que por aquellos tiempos no estaba tan atendida como en la actualidad y que  me desaparecieron como llegaron, sin darme cuenta. Era verdaderamente sorprendente, sobre todo me ocurría por las tardes, después de comer y de la correspondiente siesta sobre una manta extendida sobre el duro suelo, con almohada incluida, y salía a la calle. Nada más darme el aire, un picor me acompañaba por todo el cuerpo y tenía la impresión de que me ponía colorado como un tomate en todo el mismo. Regresaba alarmado a casa y ya en el largo pasillo del portal encontraba alivio, llamaba al timbre y en tanto que me abrían la puerta y andaba posteriormente el de mi hogar para llegar al taller donde se encontraba mi madre para enseñarle las manchas rojizas de mi piel, éstas habían desaparecido misteriosamente, tomándoselo ellas, mi madre y las chicas del taller, a broma y quedándome yo todo cariacontecido. Ya no me atrevía a salir durante un buen rato y cuando lo hacía de nuevo no me volvía a suceder, con lo que estaba hecho un verdadero lío. Me sucedía en temporadas y no debía de ser nada grave; pues un día dejó de pasarme aquello y hasta la fecha sólo guardo su recuerdo.

                                 

        El elegir el sarampión para este apartado es que para nosotros fue como una enfermedad llena de curiosidades, que además pasamos los mellizos juntos, no como en otras enfermedades también contagiosas en que el primero que la cogía se la pegaba al otro. Tendríamos unos ocho o nueve añitos porque aún íbamos a la Academia de don Antonio Martín. Un día aparecimos ante mi madre, por separado, para enseñarle unos granitos que nos habían salido y que nos picaban como condenados. De ella sólo recibimos una exclamación de ¡Uy, uy!, que a nosotros no nos dijo gran cosa, nos echó polvos talcos en los que vio y nos recomendó que no nos rascásemos. El encuentro de los hijos con las madres y las palabras de éstas, en general, debe ser un fenómeno algo relajante; lo cierto es que volvimos a la calle a seguir con nuestros juegos, que se vieron interrumpidos por la aparición de otros puntitos rojos y por la vuelta del picor en las zonas donde brotaban, con algunos ya hasta en la cara. En esta ocasión acudimos a nuestra madre, juntos. Al vernos y levantarnos la camisa y con cierto rubor por nuestra parte, porque estaban presente las mujeres del taller y hasta las aprendizas, ya que igualmente nos bajaron los pantalones para mirarnos las nalgas, el “¡Uy!” anterior se transformó en un “Está claro, hasta para esto van a ser iguales, los dos han cogido el sarampión a la vez”. Mi madre, sin estudios de ninguna clase, había nacido para mandar, para dirigir cotarros y para salir airosa, por lo menos así me lo parecía a mí, de cualquier situación. ¡Cómo se iba a comparar lo de su viudez, por ejemplo, con la nimiedad del sarampión de dos de sus hijos!


        Lo primero que hizo fue preguntar a todas las mujeres que allí había, en el taller de costura, si había alguna que no lo hubiera pasado todavía. Como eran mayores que nosotros, todas lo habían padecido y no tuvo que obligar a ninguna a que se marchara a su casa, por si las moscas; además de que decían que el contagio a personas mayores podía ser mucho más peligroso.

            Lo segundo fue mandar a una de las pequeñas a que fuera a comprar a la papelería un par de pliegos de papel de seda de color rojo, lo que nos sorprendió sobremanera de momento y del que más tarde supimos cual sería su destino. Desmanteló el taller en un instante, dejando allí sólo las dos máquinas de coser Singer que había y se lo llevó al comedor, abriendo dos camas plegables que había en el pequeño pasillo que existía entre ambas habitaciones. Nosotros estábamos alucinados, no sabíamos a que respondía tanto trasiego y sentados en unas sillas bajas no salíamos de nuestro asombro.             A mi tía Carmen la mandó por nuestros pijamas, que nos pusimos a todo volar, en un momento en que todas las mujeres estaban en el otro cuarto, lo que suponía que la calle se nos acababa por una temporada, y lo que ya terminó por maravillarnos fue cuando nos dijo: “Este va a ser vuestro cuarto hasta que se os pase el sarampión”.
                       
                                            
    
            Aunque la jornada no se había terminado en su capítulo de sorpresas. Con tanto trajín la tarde había llegado a su ocaso e hizo falta encender la luz y cuando alguien lo hizo la claridad de ésta nos molestó algo en los ojos y pedimos que la apagaran. También dio tiempo a que la aprendiza trajera el papel rojo, que fue puesto por Matilde, que era la oficiala más alta, subiéndose en una silla, alrededor de la bombilla de la lámpara que colgaba en medio de la habitación. Siendo el otro pliego destinado para rodear la que existía en una lámpara de pie que había encima del mueble cama del rincón. Encendieron las luces y aquello parecía el infierno de las películas. ¡Qué sensación más rara, divertida y llena de incógnitas. Cada cual dio su versión acerca de este remedio, pues además de molestar menos esta luz, decían que ayudaba a que brotara cuanto antes el sarampión, cuestión de mimetismo cromático y de misterio. Lo cierto es que aún soportando las molestias lógicas de la enfermedad, pasamos unos días en un micromundo diferente gracias a un simple papel de seda de color y a cuerpo de rey, porque todo nos lo traían al taller, convertido en improvisado dormitorio nuestro. De verdad que fue divertida nuestra experiencia con esta enfermedad contagiosa del sarampión.

VENTANA ABIERTA A LOS AMIGOS DE LOS TEBEOS


    Entrega Nº 240

    DON ÓPTIMO Y  DON PÉSIMO   ( II )

    JOSÉ ESCOBAR SALIENTE   Biografía Entrega nº 56


    Don Öptimo es el titular de la serie en su primera época. Es un hombre bajo, obeso y con bigote, que viste siempre con una pequeña y llamativa chaqueta roja y un sombrero a juego con su pajarita. Es un ser alegre, jovial y lleno de vitalidad y energía.

Tiene cierta semejanza con el personaje Feliciano de Vázquez, porque la suerte parece estar siempre a su lado, pues todo lo que le rodea hace que su vida sea muy agradable.

En esta primera época Don Óptimo vive con su tía, que es una mujer de mediana edad, también gordita, como su sobrino. Ella es una mujer muy agradable y su relación con Don Óptimo es idílica.

Don Pésimo coprotagoniza  con el anterior en la segunda época de la seri; aunque ya había aparecido esporádicamente en ella, siendo en principio un personaje todavía no definido, y era el conductor de un camión. A raíz de estas primeras apaciones, quizás Escobar pensó que podía ser el contrapunto de Don Óptimo y pienso que no se equivocó, siendo el personaje que desplaza a su feliz tía como compañero de sus desventuras.

Es un personaje más alto que Don Óptimo, de aspecto gris siempre o negro, entristecido y a veces de muy malos modos, lo que  puede catalogarse como un cenizo.

Por el contrario de su compañero este atrae a la mala suerte, cosa que generalmente beneficia a Don Óptimo de alguna manera. De tal modo , para desgracia y tristeza y por su manera de ser nunca puede compartir la dicha de su amigo.

Curiosas eran algunas de las máximas de Don Óptimo, como aquella de que “No hay mal que por bien no venga” o la otra de “La vida es bella”. Era capar de fregar cientos de platos, sin queja alguna, porque sus manos quedaban limpias y muy finas.

miércoles, 8 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO PRIMERA 

30.-   Una enfermedad: EL SARAMPIÓN


            Otro día o cualquier noche aparecías con fiebre sin saber de qué, te tocaban la frente primero y si dabas calor, que tú eras el que lo notabas mejor, te ponían el termómetro en las axilas, obligándote a que no movieras el brazo donde lo tenías puesto durante por lo menos cinco minutos, sin exagerar, y que se te hacían interminables, preguntando a cada momento cuánto faltaba. Podía ser el inicio de un ligero resfriado o unas anginas, de tanto correr decían los mayores y de beber agua fría o de tomar los polos de Morilla; luego venía la abundante mucosidad, las toses, los estornudos, los dolores de cabeza, los escalofríos y terminabas en la cama después de hacerte ingerir una media aspirina y un tazón de leche caliente, lo que te hacía sudar como un cochino, empapando toda la ropa tuya y de la cama entera. Si venía acompañado de tos te daban aquellos jarabes, que por lo menos existían algunos que estaban malos pero algo azucarados y si te costaba respirar te untaban el “Vicks VapoRub” en el pecho, dejando impregnada toda la habitación de su fuerte y penetrante olor.

                               
            Cuando el enfriamiento se agravaba, que ni la fiebre bajaba y la tos no te dejaba pegar un ojo durante toda la noche, ni a ti ni a los que estaban pendientes de tu enfermedad, entonces el médico acudía a la recién descubierta penicilina, que venía en aquellos botecitos con tapón de goma anaranjado y cubierta alrededor metálica. Unas cuantas inyecciones, que dolían muchísimo, en el trasero acababan con aquél; pero salías molido. Cómo no acordarme de aquella figura tan importante y poco deseada del Practicante, de su equipo de trabajo y de su ceremonial. Nada más entrar en casa con su puntualidad característica se le preparaba la inyección, un plato con un vaso con agua, el bote del alcohol y el rollo de algodón. Él extraía de su cartera de cuero el recipiente metálico en donde guardaba la jeringa y las agujas. En la tapadera vertía un poco de alcohol y en la mayor, después de echarle agua, introducía la jeringa y la aguja; hacía arder el combustible y la colocaba encima, hirviendo rápidamente el agua para la desinfección de sus herramientas de trabajo;  ya que por aquellos tiempos no existía en estos artículos el lujo actual de usar y tirar. Todo tenía su tiempo y una vez que se enfriaba algo procedía a su preparación, que la mayoría no queríamos ni ver cuando éramos los dolientes.

        Si te veían desganado, que en el caso nuestro era síntoma evidente de que algo no funcionaba bien en nuestro organismo, o algo más ligero de peso, acudían a los reconstituyentes, porque la medicina tenía mucho de casera, de tener en cuentas las experiencias ya vividas y al médico sólo se acudía cuando la cosa se veía seria. Entre estos estaban unos complejos vitamínicos que venían en botes de lata que parecían como gusanitos y del color actual del cola-cao; las cucharadas de calcio, líquido blanco y pastoso, muy bueno para los huesos y para el crecimiento, nos decían, y los que nosotros llamábamos “ponches” caseros, que nos costaban la propia vida tomarlo y que estaban conformados por un cuarto de vaso de vino dulce y un huevo crudo, yema y clara sin batir, que había que beberlo de un tirón. Todo iba bien hasta que te llegaba la hora de tragar la yema. Sin olvidar a la quina Santa Catalina, que no estaba mal y al aceite de hígado de bacalao, que sabía a perros muertos, aunque nunca habíamos tomado dicho animal ni vivo ni difunto.

                                                       


        Luego, otro día comprobaban que estabas más gordito de cara, que te molestaba al tragar y que te daba fiebre; miraban tu garganta y no la tenías ni inflamada ni rojiza; pero la cara se te seguía hinchando más y más, como un pepón. Llamaban entonces al médico y su diagnóstico era inmediato, el niño tiene las glándulas parótidas inflamadas, que dicho en cristiano quería decir que tenía paperas; así que no salga a la calle y por su carácter infeccioso que se le retire de otros pequeños que no la hayan pasado. En mi caso esto era imposible, pues cualquiera de los dos que se veía afectado por algo infeccioso se lo traspasaba al otro, casi con sólo mirarlo; lo que equivalía a que aquellas paperas no las padecí solo, que mi hermano mellizo me acompañó con las suyas. Por lo menos ésta tenía una ventaja por aquello del posible contagio a otros pequeños, como era la de no tener que ir al cole durante unos pocos de días.

VENTANA ABIERTA A LOS AMIGOS DE LOS TEBEOS


Entrega Nº 240

DON ÓPTIMO Y DON PÉSIMO   ( I )

JOSÉ ESCOBAR SALIENTE   Biografía Entrega nº 56 

    Estos dos personajes fueron creados por José ESCOBAR, otro de los grandes de Bruguera y que aparecen por primera vez en la revista TIO VIVO en el año 1964.

     Su serie además de aparecer en la revista ya mencionada, también lo hacen en otras , como Mortadelo, Especial Bruguelandia, y Super Tio Vivo.

    Su presencia se extiende, incluidas reimpresiones, hasta finales de los años 70, cuando desaparecen para que Escobar se dedicara exclusivamente a una de las series inolvidables de este autor, como fue la dedicada a los gemelos Zipi y Zape.

     Casi siempre la serie de Don Óptimo se publicaba en una página, salvo en algunas ocasiones que aparecen en dos.

    Y en su viñeta última siempre se encontraba un final feliz, con inesperadas recompensas por sus disparatas acciones  o recibiendo premios y obsequios de todo tipo, o comidas gratis…

martes, 7 de abril de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN TRIGÉSIMO PRIMERA 

31.-  Una enfermedad infantil:   EL SARAMPIÓN



    Hablar de enfermedad cuando apenas se acaba de llegar a la vida parece un contrasentido, ¿verdad?; pero sólo me voy a referir a aquellos males que nos acompañaron en la época de los pocos años, habituales por otra parte, que produjeron que nuestro organismo no funcionara bien por poco tiempo y que el daño fuera mínimo, principalmente por la atención inmediata recibida y por la sabia reacción de nuestro propio ser contra aquellos.

     Nada de enfermedades graves, a las que afortunadamente con nuestros escasos años permanecíamos casi ajenos. ¿Qué conciencia podía tener yo, por ejemplo, cuando unas fiebres tifoideas acabaron con la vida de mi padre, joven, atlético y fortachón, según me contaron, si tan sólo contaba con dos añitos? ¿Acaso iban a acabarse nuestros juegos al saber de la muerte de un hermano de Hamed, el limpiabotas amigo nuestro, por causa del tétanos al hacerse una herida profunda con una lata oxidada buscando algo entre las basuras de la ciudad?

        Prefiero hablar de aquellos males pasajeros de los que no nos vimos libres en nuestra infancia casi ninguno de nosotros. Yo, como fui bastante comilón, entrando en competición permanente con mi otro mellizo para ver cuál de los dos era el que dejaba el plato más limpio, tuve que padecer y sufrir las consecuencias lógicas de tantas harturas, convertidas en empachos que te llevaban a los dolores de tripa, a la reprimenda por parte de los mayores, a las vomiteras y a los purgantes mágicos para lavarte el estómago, cosa que no entendíamos bien; pues no nos podíamos creer que aquello tan malo como era el aceite de ricino o el agua de carabaña pudieran servir para limpiar nada. Y no digamos cuando por igual motivo te veías obligado a soportar los efectos de la irrigación o lavativa que te introducían por vía anal con aquella especie de pera de color naranja que con sólo verla te producía pánico.

        Otra de las enfermedades del aparato digestivo también frecuente entre la gente menuda era la que iba acompañada de las diarreas, que nos obligaba a evacuaciones frecuentes de excrementos líquidos o semilíquidos y que no siempre nos avisaba con tiempo como para poder llegar al retrete con éxito, lo que tenía como consecuencia el manchar los calzoncillos y algo más que a éstos, acompañado de un fuerte y desagradable olor que te llevaba al lavado inmediato de tu cuerpo y al cambio automático y casi por completo de la ropa. Supongo que a las niñas les ocurriría lo mismo y estoy convencido de que aún lo pasarían peor que nosotros, ya que por aquellos años, en general, eran mucho más vergonzosas. En nuestro hogar, seguro que al igual que en todos, se arreglaba este desaguisado con una dieta blanda, pasando más hambre, como decían algunos, que un mono en un alambre, a base principalmente de alimentos astringentes como arroz en blanco, que se te ponían hasta los ojitos como los chinos de tanto ingerirlo y pescada hervida, que no nos sabía a nada.


        Luego te veías con el problema contrario, pues te venía el estreñimiento y te arreglaban con laxantes y vueltas a las purgas. Lo mejor era no preocuparse en demasía por estas cuestiones superficiales y pasajeras, echarles poca cuenta y seguir siempre los consejos de los mayores que siempre querían lo mejor para nosotros; aunque no faltaran momentos en que ello lo poníamos en tela de juicio.