El Cargadero daba al principio de su costado
derecho, una vez salvada la calzada, con uno de los accesos a la playa que
concluía en unos bloques en la misma orilla del mar, que cuando venía el buen
tiempo visitábamos con frecuencia, sin que necesariamente tuviera que ser
verano. La parte anterior debió ser conformada con relleno de escombros, pues
presentaba una altura mayor a la de la superficie de arena fina. En ella había
también muchas conchas y crecían jaramagos y otras plantas silvestres por
doquier; presentando algunos tramos más regulares de tanto hollarlos nosotros
al darle patadas a la pelota y echar nuestros partidillos. Desde allí veíamos
los distintos departamentos del Cargadero, en donde los vagones al volcarse
lateralmente depositaban el mineral de hierro, formándose laderas de dicho
mineral que se podían ver desde el exterior, ya que estaban al aire libre.
Como señalaba antes, al final había una pequeña
playita, si se le podía llamar así por la existencia de fina arena y que ningún
bañista se atrevía a utilizar, con unos grandes bloques colocados
irregularmente, lo que nos permitía jugar entre ellos, escondernos, aparecer
por detrás de cualquiera de ellos y hasta capturar cangrejos. Lo de bañarnos
no, porque los restos de mineral que caían, la grasa de los barcos y los
objetos flotantes más insospechados que las mareas acumulaban en aquel rincón,
no nos invitaban a ello. Eso sí, mojarnos al corretear entre ellos, al salpicar
el agua que batía sobre los bloques, estaba garantizado; hasta tal punto que
terminábamos por quitarnos la ropa y quedarnos sólo en calzoncillos blancos y
algunos, los más atrevidos y desvergonzados que nunca faltaban, en cueros
vivos.
Llamativos también esos días en que el mar batía con algo mayor de fuerza contra los bloques y un chorro de agua, como sorprendentes surtidores, brotaba por los orificios circulares que tenían y que si nos encontrábamos en sus inmediaciones y soplaba aire hacia el interior suponía una ligera ducha de agua salada con el sabor lógico del salitre si llegaba a nuestros labios.
Por el otro costado del Cargadero y al no ser socio del Club Marítimo, nuestras aventuras sólo consistían en colarnos en aquel trocito que existía entre ambos, en aquella playita, si se lo podía considerar como tal y no frecuentada nada más que por nosotros, de tierra ennegrecida y rojiza de la acumulación del mineral y de las grasas y otros desperdicios soltados por los grandes navíos que junto a ella atracaban, para coger raquíticos y veloces cangrejos y para dar la lata al guarda del Club, que con su presencia, voces y amenazas producía la desbandada de la osada pandilla, ya que nunca íbamos solos.
( ANTIGUO PUENTE DEL CARGADERO DE MINERAL )
Aunque voy a Melilla con relativa frecuencia no he visitado estos lugares; no sé si seguirá envejecido aquel camino de hierro o si los raíles y traviesas del tren han sido arrancados, si seguirán o no en pie las ruinas de aquel pequeño fortín, para nosotros, y que seguro que no pasaría de ser un mero lugar de almacenamiento. Sé que con el desmonte de San Lorenzo se consiguió un solar para ubicar unas modernas instalaciones deportivas, concretamente un pabellón cubierto, muy interesantes para la ciudad y hasta me contaron que al Cargadero de mineral, con las reformas oportunas se le ha dado un variadísimo uso y que nada tiene que ver con lo que fue. Todo esto, me obliga a que en próxima visita a la ciudad de mis amores, Melilla, me vea en la obligación de hacer una escapada por ese entorno y compruebe cómo se encuentran estos rincones que tanto influyeron en mi niñez y que afloran con extrema facilidad del arcón de mis recuerdos.