La verdad y tengo que confesar con un cierto
sonrojo, que yo nunca fui un experto conductor y por ello, viene a mi memoria
una anécdota que me ocurrió un atardecer. Intentando aparcar el coche en
Entonces me preguntaron, no sé quién, que qué había hecho con el cristal y yo les respondí que lo había dejado allí, que estaría hecho trizas. La tozudez de mi hermano, que siempre fue un cabezota, nos llevó de nuevo al lugar del golpe y cosa curiosa, lo que aumentó aún más mi enfado; éste se agachó y cogiendo algo del suelo, me mostró sonriendo el cristal e intacto, ya que sólo se había soltado con el golpe. Por la mañana y con la luz solar fue repuesto en su lugar y todo sirvió para demostrar que soy un trasto para los coches.
Yo me quedé en Galicia y ellos regresaron, pasando antes por Castejón de Henares, para que los míos conocieran el pueblo donde estuvo destinado Clemente.
A pesar de que lo tuvimos poco tiempo tuvo sus historietas y algunas de ellas nada agradables, pero que se pueden contar afortunadamente. En aquel viaje de regreso a Melilla, pasada
En otra ocasión y en vísperas de la Navidad, cuando pensábamos dirigirnos a Melilla para pasarla con la familia, había que cumplir con el requisito habitual de llevar algunos juguetes para los pequeñines y para ello la compra de éstos se hizo en unos grandes almacenes de Sevilla. De regreso al pueblo y una vez en éste, en lugar de aparcar el coche en la puerta de casa se hizo en una plazoleta que daba acceso a la calle que conducía a ella y que además siempre estaba muy concurrida. No sabemos si fueron aquellas iniciales de ML que lucían en las matrículas o la hermosura del vehículo, las que invitaron a algún caco a hacer su fechoría; pero cuando ya de noche se acudió al mismo para recoger los regalos para guardarlos en casa, estos habían desaparecido y además sin ninguna señal de violencia. Nunca mejor dicho, en tal circunstancia alguien hizo los Reyes a nuestra costa.