Este cargadero en donde además de cargar aquellos
barcos negros y rojos el mineral, servía de almacén para muchos miles de
toneladas que permanentemente eran depositadas en él, por medio de los
múltiples viajes que hacía aquel tren que nos cautivaba por igual, con sus
innumerables vagones cargados hasta los topes, que hacía temblar el suelo
próximo a los raíles por donde se deslizaban y con los que estábamos
familiarizados; ya que el monte San Lorenzo, por donde transitaba el ferrocarril,
en su última fase, antes de cruzar el puente voladizo de estructura metálica
que le llevaba al cargadero propiamente dicho, era uno de los lugares más
encantadores y buscados para nuestros juegos, especialmente, los que estaban
relacionados con el oeste americano que veíamos en las películas.
Los sonidos emitidos por la locomotora desde que entraba en la población, casi de forma permanente, y el fuerte traqueteo de los vagones sobre los raíles, eran avisos para que suspendiéramos momentáneamente los juegos si estábamos en el monte, esperando que aquel apareciera por el otro puente, el de la Gota de Leche, su posterior paso hacia el cargadero, para dedicarnos con todas las precauciones del mundo a una de las tareas más divertidas para nosotros, la de buscar entre los restos que se iban desprendiendo de los cargados vagones, trozos de dorada y brillante pirita; aquel mineral duro y pesado, de color amarillo metálico, que era una importante mena del hierro y que se convertía en nuestro tesoro: que guardábamos celosamente en cajas de cerillas o botes de penicilina a los que habíamos previamente quitado la chapita que rodeaba su boca y lavado porque era de un medicamento.
Como teníamos cogida la hora de algunos viajes de este tren del Rif, a veces jugábamos, como veíamos en las películas de indios y americanos, a poner nuestro oído sobre los raíles para escuchar el traqueteo característico de su caminar desde la lejanía y avisar con voz en grito a los compañeros de juego que ya se acercaba. Otras veces no se oía nada, pero para quedar bien, como experto auditor, se gritaba y daba la alarma y el tren no aparecía de ninguna de las maneras, descubriéndose inmediatamente su fallo o su mentira y recibiendo por ello improperios que pronto se olvidaban.Otro quehacer nuestro era el de poner chapas que eran tapas de botellas sobre el raíl para que el paso de tantos vehículos pesados las aplastaran y que luego las colocábamos, haciéndole un agujero en el centro, en uno de los extremos del cordel que servía para lanzar el trompo.
Y un pasatiempo divertido y que se convertía en auténtica competición, era el de caminar por encima de los raíles, guardando el equilibrio y ver quién conseguían el tramo más largo; así como el recorrer a pasito corto pisando las traviesas de las vías y sin olvidarse de ninguna.
Aprovecho para recordar que en el montículo por
donde pasaba el tren, en la ladera que daba a los bloques Orgaz y la plaza de
toros, nos permitía extraerle el asperón con que fabricábamos con mucha
paciencia, frotando y frotando contra otra superficie más dura, que podía ser
el mismo suelo y ayudados con el agua o la misma saliva si faltaba ésta, los
objetos más variados. Mientras que la otra ladera, la que daba a la calle Actor
Tallaví y por consiguiente a la playa de San Lorenzo, sólo la usábamos por
diferentes y estrechas bajadas para cortar camino en nuestros desplazamientos.
El Fuerte que había en el monte de San Lorenzo, para nosotros siempre estuvo envuelto en misterios y nos despertaban tal miedo las historias que nos contaban que no nos atrevíamos a acercarnos al mismo. Hubo épocas en que algún destacamento de soldados vivió allí y entonces no nos producía tal pavor. Cuando se ausentaron y se fue deteriorando es cuando nuestra imaginación se desató y de verdad que se acrecentaron nuestros recelos hacia el lugar; que no encerraba más que la miseria y la degradación propia de cualquier edificio abandonado y en ruinas.