jueves, 24 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  54 

            Otro moro muy grande:  MUSTAFA

        Aunque éramos pequeños, cuando hablábamos de Mustafa, los que conocían algo de su historia, nos decían que este pintoresco personaje no nació en el seno de una familia adinerada, sino todo lo contrario, que pasó una niñez y juventud llena de miserias como la mayoría de los moros que vivían en las cábilas próximas a Melilla. En definitiva, que no siempre había sido rico como lo era en aquellos años. Nos contaban también que siendo persona astuta, despierta y sin escrúpulos para los negocios, que el hambre enseña mucho y pronto, supo aprovechar la expansión y el crecimiento continuo de la Melilla de más allá de los muros de la ciudad vieja, con el establecimiento de campamentos para la tropa, buscando espacios más amplios para sus asentamientos y para al mismo tiempo dar seguridad a la población civil que crecía a su amparo, para iniciar su actividad comercial desde los escalones más inferiores.

                                      


        Que comenzó como buhonero, con su cesta a cuestas llena de quincallas, baratijas u otros artículos de escaso valor que atraían a la soldadesca; para pasar posteriormente al suministro de productos de primera necesidad, que se los quitarían de las manos y que cobraría a un precio desorbitado. Aquel moro grande se haría conocido en el extramuros y su negocio se acrecentaría como los días cuando llega el equinoccio de primavera, imponiendo el respeto de su monumental figura entre la tropa. Más tardes sus negocios ascenderían de categoría, dejando de ser un mercachifle para convertirse en comerciante y dejando a la soldadesca para entrar en contacto con la oficialidad. No sería el primero ni el último, que en años de escasez, se dedicase al contrabando; introduciendo o sacando con el beneplácito de los que mandaban, artículos, productos y mercancías a un coste elevado en el primero de los casos o vendiéndolos en el exterior al precio convenido, que también supusiera ganancias, en el segundo caso. El contrabando hizo rico a tanta gente y él sería uno más. Así que, de vender bocadillos y refrescos a la tropa, pasó a hacer negocios con la vestimenta y el calzado de ésta al por mayor y con la alimentación de la misma a gran escala, manteniendo una relación siempre cordial con el Ejército, algunos de cuyos componentes, no todos afortunadamente, verían en este hombre y su actividad un medio de conseguir algunos ingresos económicos extraordinarios, pensando posiblemente que el riesgo que corrían en lugar siempre tan inseguro debía ser recompensado por este tipo de gratificaciones, lo que no dejaba de ser un fraude o una inmoralidad.


            Como a tantas personas del entorno, a Mustafa le perdimos la vista un día, no sabiendo si es que se fue para siempre para seguir mercando en su paraíso o porque encontró otra esposa que le llevó a vivir a otro de sus muchos inmuebles. Los hijos e hijas de Fátima fueron creciendo y seguro de que llegado el caso, casaría a algunas de ellas con el que ofreciera mayor dote; entre otras cosas, porque la decisión la volvería a tomar el cabeza de familia y ella pintaría poco, porque esas eran y siguen siendo sus costumbres en la mayoría de los casos.

HUMORISTAS GRÁFICOS E ILUSTRADORES DE ESPAÑA Y DEL MUNDO


            ENTREGA  NÚMERO  2

            ALFONSO PEDRO ABELENDA ESCUDERO   -   ABELENDA


                El dibujante y pintor Abelenda nació en A coruña el 5 de octubre de 1931 y falleció en su ciudad natal el 21 de marzo de 2015.

            Nació en la Calle del Socorro de La Coruña el 5 de octubre de 1931, hijo de Pilar Escudero Ferro[2] y Alfonso Abelenda Rodríguez. Desde joven demostró talento para las artes plásticas, su abuelo Saturnino y su madre le alentaron y aconsejaron en sus primeros pasos. Estudió primaria y comenzó el Bachillerato en los Maristas de La Coruña, terminando éste en el Colegio Academia Galicia, donde empezó a conocer el arte contemporáneo de la mano de Miguel González Garcés.[ Aficionado al atletismo, ganó los 110 metros vallas del campeonato júnior de España en 1949.[4] Viajó a Madrid para entrar en la Escuela de Arquitectura después de haber cursado dos años de Ciencias Exactas en Santiago como preparación para la carrera. Allí, tomó clases de dibujo para preparar el ingreso conociendo además a otros artistas y el entorno artístico del Madrid de los cincuenta, comenzó a colaborar en revistas de humor como Don José y expuso en diversas exposiciones colectivas.

            En 1954 expuso individualmente en la galería Lino Pérez de La Coruña. Viajó a Francia con las ganancias y volvió a exponer en 1955 una colectiva junto a José María Labra, Antonio Tenreiro, Lago Rivera, Tomás Pereira y Alejandro G. Pascual, a raíz de la cual pasaron a ser llamados por José Luis Bugallal la "generación de los insurgentes", o "Grupo de Escisión" según Fernando Mon.[] De vuelta en Madrid complementó sus ingresos con "papeles de reacción" y como caballista en películas como Alejando Magno. Continuó sus estudios en Madrid y en 1956 pasó la prueba de dibujo, al mismo tiempo fue llamado para cumplir el servicio militar y fue destinado a Marruecos. Siguió colaborando para Don José y comenzó a colaborar en "El Día" (diario bilingüe de Tetuán) y "Diario África". Aprovechó sus permisos y rebajes para visitar ciudades cercanas a sus destinos en el Rif como Xauen o Bab Tazza, investigando nuevos paisajes pictóricos. En Tetuán alternó con otros artistas como Dora Bacaicoa, Pío Gómez Nisa o Mohamed Sabah. Tras dos años de servicio militar se licenció y tras una estancia en Cádiz regresó a Galicia, estudió dos años de Ciencias Exactas, que abandonó para dedicarse ya por completo a la plástica. En 1958 realizó un tapiz para una selección de doce artistas españoles contemporáneos[] para la exposición "Tapices modernos españoles del Ateneo",[] colaboró en los diseños del Pabellón de España en la feria mundial de Nueva York de 1964.

            Entre 1960 y 1990, viajó una temporada a Londres, expuso en la Upper Grosvenor Galleries. Entre 1960 y 1970 alternó estancias en París, donde trabajaba para la Expo francesa en Moscú y para Petrus Bride, y en Madrid comenzó a colaborar en La Codorniz, Ya, Semana y otras publicaciones mientras absorbía el ambiente de ambas ciudades. Expuso en Richelieu, trabajó para Bidasoa, en 1967 ganó la "Paleta Agromán" de humor.[] En 1968 recibió la primera medalla del "II SALÓN NACIONAL DE HUMORISTAS".[] En 1974 se trasladó a La Coruña, aunque seguía teniendo estudio en Madrid. Comenzó a colaborar con Cambio 16. Viajó a diversos países de América en colaboración con la galería "Arabesque" y la Casa de Galicia, exponiendo en Buenos Aires, México y Caracas. A finales de la década estaba prácticamente concentrado en la pintura, haciendo humor gráfico sólo de forma ocasional.

            Y se estableció definitivamente en La Coruña, expuso en distintas ciudades. Colaboró ocasionalmente con El Ideal Gallego y La Opinión A Coruña. En 1999 se celebró en el Kiosko Alfonso una exposición retrospectiva sobre su obra. En 2005 ingresó como miembro numerario en la Real Academia Gallega de Bellas Artes.

            Falleciendo el 21 de marzo de 2019 a los 87 años, en La Coruña tras una operación complicada de peritonitis.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            VERSOS DE REBELDÍA

            Y LOS ABUELOS A LA HUELGA

            La cosa tiene mandanga,
mandanga de pan y huevo,
mandanga de gran tronío,
mandanga y ningún salero.

            Un alto sindicalista,
señorón por estos predios,
liberado tragaldabas ,
algo cortito y fullero,
defensor, cuando se acuerda,
de los sufridos obreros,
tuvo una grandiosa idea,
los sesos se le fundieron,
propuso la grande gesta,
con la geta de hombre bueno,
con palabritas de santo:
¡A la huelga los abuelos!

            Huelga contra los hijos,
contra las nueras y yernos
y, para darle grandeza,
contra los amados nietos,
dejándolos “tiraítos”,
por todito un día entero,
el tiempo que dura la huelga,
que han programado estos lerdos.

            ¡Qué poco saben de amores,
qué poco saben de abuelos,
qué poco saben del dicho:
“Lo primero es lo primero”.


             Así, dejadnos tranquilos,
al ladito de los nietos,
buscad otra soldadesca,
para saciar vuestros egos,
de grandes sindicalistas,
de defensores del pueblo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

HUMORISTAS GRÁFICOS E ILUSTRADORES DE ESPAÑA Y DEL MUNDO

 
            Abrimos hoy una ventana nueva en la que os mostraremos a destacados ilustradores y humoristas gráficos, de nuestra colección.
 
            ENTREGA  NÚMERO 1

            ANTONI BATLLORI JOFRÉ   -   ABAT

            El dibujante Abat nace en Barcelona el 14 de marzo y falleció en su ciudad natal el 30 de septiembre de 1999; además de dibujante  fue ilustrador de libros, humorista gráfico, portadista, historietista y dibulgador.  


            Nace en el seno de una familia acomodada, su padre era fabricante y su madre de una familia
adinerada, siendo de los que veraneaban en Sant Julià de Vilatorta. Estudia en los Escolapios junto a su hermano Josep Llluis, con el que siempre estuvo muy unido. Estudio dibujo con el gran Joan Llavarías. Era muy minucioso, detallista y ordenadísimo y con un gusto extraordinario por las antigüedades.
            De los Escolapios asó a los Maristasny allí realizó su primer trabajo profesional, cuando uno de los cocineros le pagó con un "Amadeus" de plata, que guardó durante toda su vida, por hacerle un dibujo de un exvoto.
            Antes de la guerra civil hizo esmaltes, estampados dibujos que se publicaban en revistas de carácter conservador, las llamadas "claras", como Jordi, La Familia, Mundo Católico, Pocholo, Llana o Todo.
            Durante la guerra lo paso muy mal en todos los sentidos. El mismo contaba que de los 120 kilos que pesaba llevó rebajas más de 30 kilos. Y al terminar esta conoció a la que sería posteriormente su esposa, María Teresa Obiols, contrayendo matrimonio en el año 1944, reanudando entonces sus actividades artísticas con una exposición en galerías religiosas y publicaciones en revistas culturales y religiosas, como Ave María, Atalaya, Hoja Cultural, El Ángel, Orientación y Los Niños. También ilustró libros y participó en filmes de dibujos animados para Hispano Gráfica Films, de los hermanos Baguña.
            En 1968, la revista Patufet, donde ya había colaborado de joven, que se volvió a publicar con el mismo nombre, realizó trabajos con su nombre y con el seudónimo ABAT, teniendo la satisfacción de que su hijo Toni también dibujaba para ella.
            A partir de los 80 le bajó el trabajo y también los encargos. Sin embargo, trabajó en el libro Historia de la Arquitectura, y se vio recompensando porque en 1992 la Generalitat le concedió la Cruz de Sant Jordi y el reconocimiento del Ayuntamiento de Teìa, pueblo en el que pasaba muchas temporadas.
            Muere a los 84 años y su hijo cuida del Fondo de Antoni Batllari í Jofré que se puede visitar en la Casa Municipal de Cultura de la Unió.
            Entres sus publicaciones, ya señaladas anteriormente, destacan sus trabajos para una las revistas más importantes del momento. como fue el TBO, que sirvió incluso para generalizar todas las historietas gráficas de nuestro país.

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  54

            Otro moro muy grande:   MUSTAFA
        Aquel moro tan grande, cuando salíamos de casa y nos dábamos de cara con él, nos impresionaba sobremanera. Nos sonreía sin decir palabra alguna y comenzaba su lenta y pesada ascensión de la escalera, pues vivía en el segundo piso y no había ascensor. Siempre vestía con chilaba, nunca lo vi con traje, y era normal que aquella enorme humanidad suya, pues superaba con creces la centena de kilos y su vestimenta sorprendieran e intimidaran a un par de chavales que abultaban poco. También nosotros, con los ojos muy abiertos, le devolvíamos la sonrisa y desaparecíamos inmediatamente de su vista.

                Como era el dueño del inmueble se detenía en ocasiones a hablar con la señora Dolores en la portería, ya que esta buena y anciana señora la ocupaba, y su figura se agrandaba aún más, porque aquella pequeña habitación que aprovechaba el hueco de la escalera tenía una puerta de acorde con sus dimensiones y de la portera, también mínima, que él no podía atravesar, quedándose fuera y dándonos la impresión de un enorme oso que la cubría por completo y que no dejaba entrar ni siquiera el aire en ella, con lo que ponía en riesgo la siempre quebrada salud de la anciana.

        Fiel a sus creencias y costumbres religiosas practicaba la poligamia y tenía varias esposas al mismo tiempo y siempre la más jovencita y agraciada era la última; pasando las anteriores a un segundo plano y a menor cuido personal; como si del rol de esposas, con la llegada de la nueva, pasaran a sirvientas, con otros papeles a desempeñar a pesar de que vivían en el mismo hogar. Todo lo anterior también traía consigo la formación de una familia numerosísima, pues eran muchos los hijos e hijas que le daban entre todas al gran señor, lo que permitía de paso algunos privilegios a algunas de ellas con relación a otras y en razón de su fecundidad.

         Seguramente tendría otras residencias, pues había épocas en que no lo veíamos o posiblemente estas ausencias fueran motivadas por sus extraños y desconocidos negocios, que siempre se vieron envueltos en el capítulo de lo legendario. Parecía gozar de una excelente posición económica, no por el lujo que le rodeaba, pues además de ser elegante y cuidadoso en su vestir no mostraba exageración ni derroche, en contraposición al oro que lucían sus mujeres o el lujoso, complicado y recargado ropaje de las mismas cuando se arreglaban; sino porque era el dueño de todos los pisos del portal número 7,que serían unos quince, y de otros inmuebles repartidos por la ciudad, al igual que en Marruecos, además de otras rentables ocupaciones, que él sabía bien de que trataban y que nosotros de pequeño ignorábamos, pero que con el paso de los años fuimos descubriendo, al igual que el origen de toda su fortuna, que en una ciudad como la nuestra al final todo terminaba por saberse.


            Lo anterior igualmente sería justificado por el hecho de que no tuvimos relación con sus retoños y no por pertenecer a creencias diferentes, pues en el mismo portal existían familias judías con cuyos pequeños establecimos relaciones cordiales de amistad y valga como ejemplo el caso de Mosi; sino porque seguro que aquellos crecieron en otros lugares y aquella vivienda de Teniente Coronel Seguí sólo sería una residencia coyuntural, de paso. Y es que por mucho que lo intento, así como me vienen a la memoria algunas de sus esposas, pesadas como él y de caminar arrastrando las babuchas o descalzas en su entorno inmediato, no consigo traer a ella a ninguna de sus criaturas, a no ser la de una de sus hijas, que creo que se llamaba Fátima, porque cuando la obligaron a casarse se vino a vivir a la casa cuya puerta era la contigua a la nuestra.

         Lo de que la obligaron a casarse con el que ella no quería en principio y que para nosotros podía ser algo que llamase nuestra atención, para ellos era algo habitual. Y es que cuando una comunidad, la que sea, en minoría convive con otra dominante, en ocasiones se va acomodando a muchas de las costumbres de esta última; pero en otras permanecen fieles a sus hábitos y tradiciones. Así el matrimonio entre musulmanes respondía a veces a un acuerdo entre sus progenitores y tenía mucho que ver con las dotes aportadas al mismo, principalmente por parte del macho para poder llevarse a la hembra. El que la novia vistiera de blanco y de largo, que se pasearan por la ciudad en coches haciendo sonar el claxon o la celebración en un lujoso restaurante, sería algo común con las nuestras; pero en lo anterior estaban bien lejos de nuestras costumbres y de nuestro sacramento cristiano.


            Aquel casamiento de Fátima fue extraño para nosotros. Sabíamos que andaba de novia con un chico de su religión, joven como ella y que se llevaban muy bien. Vamos, que se les veía enamorados. De pronto, la alegría de aquella jovencita se truncó y el llanto se le hizo compañero inseparable de viaje, lloraba y lloraba de día y de noche, a todas horas. ¿A qué se debería el cambio tan brusco que se produjo en ella? Se cruzaba con nosotros y bajaba su cabeza; antes y como hacía su padre, nos sonreía. En la portería se encerraba con la buena Dolores y no cesaba su llanto. Era guapa y vistosa la moza, simpática y antes hablaba con todo el mundo. Pronto descubrimos el motivo de su quebranto: en su relación, por amor, con aquel jovencito de hacía algunos años, se interpuso otro hombre, algo mayor que ella y sobre todo, más poderoso económicamente que el anterior. Me parece que era uno de los mayores cambistas de dinero de la ciudad, de aquellos que merodeaban las cercanías de la Avenida, junto a varios bancos y que manejaban con astucia el cambio de monedas de distintos países, especialmente los “dirhans” marroquíes, a tanto visitante del país vecino, de forma rápida y siempre obteniendo claros beneficios de estas transacciones. Prendado de la bella jovencita, como si de un cuento se tratara, apostó fuerte el pretendiente y Mustafa, que siempre se había movido alrededor de los negocios y que el matrimonio no iba a constituir una excepción, aceptó la oferta, a pesar del continuo llorar y dolor de su hija, porque eso era lo que había y lo que él había conocido siempre, a lo que añadía su sabiduría de hombre ya mayor de que el tiempo lo curaba todo. Y así ocurrió, pasó el tiempo y Fátima fue cambiando el llanto por criaturas, su lloro por una prole que se veía aumentada por años. Con el paso de los días se le fue olvidando su primer y verdadero amor y parecía hasta feliz con el hombre que la compró y con la llegada de tantos hijos que alborotaban a todas horas y que seguramente no la dejaban pensar en otras cuestiones pasadas. Volvió a sonreírnos y a hablarnos como antaño, como si nada hubiera pasado; al igual que sus pequeños que eran inquietos y juguetones como ellos solos, dedicándose alguna que otra vez en sus travesuras a llamar a nuestra puerta, que se encontraba a menos de medio metro de la suya y esconderse en su casa. Cuando salíamos a abrir, después de recorrer nuestro largo pasillo, no encontrábamos a nadie; pero oíamos las risas infantiles de aquellos diablillos en el otro lado de la puerta.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS


            EN EL CIELO

            Que en el cielo no hay caminos,
sólo, senderos de sueños,
atajos de pesadillas,
veredas de albos misterios,
que transitamos los hombres
a lomos de pensamientos,
de ensoñaciones, quimeras
y silbos de sacros vientos.


            Que en el cielo no hay ventanas,
sólo, luceras de ciegos,
claraboyas celestiales
y tragaluces secretos,
por donde asoman, silentes,
la fantasía y los miedos,
las ilusas utopías
y los nubosos ensueños.


            Que en el cielo no hay verdades,
sólo, decires y cuentos,
ficciones de rotas horas,
apariencias de algo eterno,
inventados por los hombres,
pensando en sus pobres muertos,
para darles nueva vida,
en la otra orilla del tiempo.

martes, 22 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PESONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  53

            Un personaje curioso: EL MORO DE LA PESETA   ( II )

        Personaje muy conocido en la ciudad y objetivo de muchas bromas. Cuando aparecía junto a un tercio, cualquiera era bueno para tentarlo con otras monedas e incluso con billetes de mayor cuantía que la extinta peseta, que él nunca aceptaba sin perder la sonrisa. Había hasta quienes arriesgaban billetes de cien o de mil pesetas, pero sin éxito, para fortuna de su baladronada. Él tenía muy bien aprendida su lección, nunca aceptaba más cantidad porque sabía que el día que lo hiciera se acabaría su historia, su boyante negocio. Pues lo mismo que se transmitía su forma de actuar, que se repetía continuamente y hasta la saciedad, en un sentido negativo correría el que había elevado su tarifa o había roto su costumbre, lamentándolo principalmente  aquel al que le birlaron su billete, que ya se encargaría él de difundirlo. Su negocio estaba en mantenerse firme, en no caer en la tentación, pues todas aquellas reuniones terminaban en que todos sin excepción al final le daban la peseta.

                                 

            Muchas veces no tenía necesidad  ni de acercarse a pedir, requerían su presencia para probarlo y él se dejaba querer con aquella cara de infeliz para agradar y que encerraba también y con seguridad, un mucho de ironía, del triunfo de su sagacidad contra la estupidez de los que se creían estar por encima de él. Así reunía cada jornada montones de pesetas, porque él sabía estupendamente dónde acudir y a quiénes acercarse. El día era largo y daba para muchas peticiones, en su mayoría correspondidas por su misma fama. Como no tenía otras obligaciones con las que cumplir y su objetivo era el conseguir cuántas más pesetas mejor, todo su tiempo lo dedicaba a ello, recorriendo toda la ciudad, que por no perderlo era hasta parco y sobrio en el comer y más aún en el beber, a excepción del agua fresca de las fuentes o la que demandaba en bares donde ejercía su mendicidad, que era celebrada y hasta consentida, encontrando entre los camareros muchos cómplices al difundir el motivo de su fama entre la clientela de sus barras.Como sus gastos eran casi nulos o escasos y los ingresos, peseta a peseta, sustanciosos, la gente pensaría cuál sería su destino; porque él no descansaba ni festivos, ni domingos, ni su viernes de oración y de la liturgia mahometana, nunca, y su aspecto no cambiaba.

        Llegó el día en que desapareció, ya que nadie se libra de la señora de la guadaña y la muerte, a la que no pudo pedirle su última peseta, le vino a buscar, llevándoselo con el solo disfrute de guardar y guardar, de contar y contar si es que sabía hacerlo, del ruido de las monedas al golpear unas con otras y pasearse entre sus manos, que no debería ser poco goce y comenzó la leyenda.Decían y ello corrió por la ciudad como la pólvora, que se encontraron en su covacha, casi cochinera por su suciedad y olor nauseabundo, hecha de adobe, un durísimo colchón repleto de pesetas, miles y miles, millones...

         Qué terrible incomodidad la de semejante lecho para el ajeno, pero que para él sería gozar del paraíso!Incluso se llegó a rumorear que tenía importantes cuentas en los bancos de nuestra ciudad y que fueron silenciadas por la habitual discreción de sus directores.


            Así fue para nosotros la vida de este personaje tan peculiar de nuestra ciudad que lógicamente despertó la admiración de unos chavales, que si no pudimos contribuir a su riqueza, ya que no teníamos pesetas para emplearlas en mendicidad, sino para satisfacer otros menesteres más importantes, sí que contó con el volar de nuestra imaginación para verlo en la oscuridad de su guarida contando y recontando tantas pesetas y siendo el moro más feliz de la Melilla de nuestra infancia.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            VERSOS VERANIEGOS 

            ¡Ay Dios mío, la calor,
el calor o las calores!
Ese fuego ceniciento
que acobarda al feroz hombre,
esa gotita de infierno,
fabricante de sudores,
que, en los meses veraniego,
nos hace perder el norte,
nos achica, nos aploma
y nos vuelve señorones
del no hacer y de la siesta,
del abaniqueo noble,
de las heladas bebidas,
madres de parcos frescores.


            Ese juego de los grados,
expertos en subidones,
que rompe viejo termómetro
y nos hace comodones,
flojos de la flojería,
amigos del no dar golpe,
del aire acondicionado
y de los ventiladores.


            Ese sofoco sin dueño,
que pide grandes honores,
duchas de fresquitas aguas,
alivio de pecadores,
y venia para dormir,
en esas tórridas noches
en que, el insomnio, campea,
en liga de campeones,
negándonos, de Morfeo,
sus brazos, sus gratos dones.
¡Ay Dios mío, la calor,
el calor o las calores!

lunes, 21 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  53

            Un personaje curiosos:   EL MORO DE LA PESETA   ( I )


                  La mendicidad es algo consubstancial al género humano. Siempre se ha dicho que hubo ricos y pobres. El primero en la mayoría de las ocasiones acalla su conciencia ejerciendo la caridad; en tanto que el segundo no entiende la razón de su ser y demanda la igualdad, llegando en casos extremos a convertir en profesión el arte de pedir. Entiendo que en muchas circunstancias el pedir es un arte, además de una necesidad, y no pretendo tratar el tema con frivolidad ni siquiera con humor; pero es que hay pedigüeños que son unos verdaderos artistas y consiguen algo más que satisfacer sus necesidades.

         Me contaba una vez mi querido y desaparecido cuñado Paco que conoció en Loja, adonde iba con frecuencia porque tenía allí familiares cercanos y algunas propiedades, un rico vecino de la localidad granadina, que vivía en un palacete y que sentía la imperiosa necesidad de ejercer la mendicidad y durante una temporada se ausentaba de su hogar para recorrer distintos lugares de la Península en demanda de ayuda, solicitando lo que le dieran en las puertas de las iglesias. Claro que esto era una excepción y casi mejor incluirlo en el capítulo de los pasatiempos, podía pensar alguien, o en el apartado de la enfermedad, digo yo. Por supuesto que no tiene nada que ver con esa mayoría de desheredados que proliferan, sobre todo, en las grandes ciudades y en los lugares más frecuentados de éstas, demandando algunas monedas y poniendo claramente de manifiesto que algo importante falla en la sociedad humana a pesar de tantos avances técnicos y de que se viva mejor que antaño. Nadie puede negar que a ellos esta mejoría no les llegó. Y al final llegas a la conclusión de que para que haya poderosos económicos tienen que existir los pobres o lo que es igual, que los pobres son una consecuencia de la existencia de los ricos, de los que quieren acaparar todo y a costa de aquellas máximas de que todo vale y del conseguirlo caiga quien caiga.

         Claro que luego, un día, en la misma puerta de todas las iglesias, en las calles principales de las ciudades o cuando tomamos café en cualquier terraza, depositamos unos céntimos en aquellas manos que nos incomodan y parece que nos quedamos tranquilos una temporadita.


            También pienso que nadie pide por pedir, que siempre detrás hay montones de necesidades, no sólo una, y que el pedigüeño o que acude a la mendicidad que en no pocos casos nace por obligación y también se hace, porque entre todos le empujamos a ello.

         Dentro de esa larga nómina de abandonados a su triste suerte, los hay que sólo entran en estadísticas amargas y sufren y padecen dentro del más absoluto de los anonimatos, porque todos nos parecen iguales y no merecen nuestra atención. Sin embargo, existen otros que son fáciles de identificar por algo que le atrae, como es el caso del que me voy a referir y que se vio envuelto en la leyenda, como el mismo Cid después de muerto.

         No pertenecía él a esa caterva infantil de desheredados que de verdad te agobian cuando llegas a una ciudad y te toman por extraño y adinerado, porque no vistes como ellos y tienes una maleta; ni tampoco al capítulo de tullidos, como aquel que operó el Dr. Colell, que por mor de sus piernas deformes se arrastraba al caminar, usando sus brazos como muletas y que al poder caminar después de ser operado parecía puro milagro; ni a aquel otro apartado de los que mendigaban mostrando en vivo las crueles lacras de terribles enfermedades; ni siquiera entraba en el abanico de los imbéciles, idiotas, bobos, tontos, necios y locos, que podían despertar nuestra lástima y hasta nuestros recelos y miedos. Era un ser aparentemente normal que sólo su Dios, Alá, sabría el porqué de haber escogido aquel camino. Era “el moro de la peseta”. Es cierto que andaba siempre envuelto en harapos, que se lavaba poco, porque para él eso de las abluciones estaba de más, ya que se llevaba mal con Mahoma y sus superiores del paraíso, al no entender sus miserias; que nunca usó calzado por lo que las plantas de sus pies estaban protegidas por la mugre y las callosidades que su cuerpo fabricó de su continuo peregrinar sobre suelos tan diferentes y duros y que su cabeza, siempre rapada, no dejaba recovecos para piojos, que sí los encontrarían en los ennegrecidos trapos que utilizaba a modo de turbante para cubrir su sesera ante las inclemencias de las calores del estío melillense.

                                            

        Seguro que conocía nuestro idioma, pero sólo lo usaba a través de escasos vocablos, como estrategia para conseguir su objetivo y no verse envuelto en conversaciones que pudieran delatarlo; así, el misterio siempre le acompañaba y también la impresión del que lo trataba, que sí que conversaba sin timidez y hasta con descaro con sus compañeros, señalando que no se enteraba de nada. Siempre le acompañaba una sonrisa abierta, para infundir confianza, y el gesto con el dedo índice de sus mano para señalar la magia de su número uno, que era entendido perfectamente por sus caritativos protectores.

                                      

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS

            CASIMIRO MÁRQUEZ

            Aquel hombrecillo enjuto,
vieja rama de árbol seco,
tez de aceituna morena,
mirada de búho experto,
era Casimiro Márquez,
desperdiciado talento,
príncipe de los fracasos,
quebrado de alma y de cuerpo,
asiduo visitador
de los pinichis selectos,
donde, por una peseta,
la “rubia” de pasados tiempos,
le daban vaso de tinto
y unos altramuces frescos,
tinto de huérfana cepa,
chochitos de pobre pueblo.


            Era Casimiro Márquez
sobrio en gastar su tiempo,
las prisas eran castigo,
de los hombres poco cuerdos,
todo lo hacía despacio,
era amigo del silencio,
le gustaban los susurros
y los silbos de los vientos,
no malgastaba palabras,
no prodigaba sus gestos,
era parco en su decir,
enemigo de aspavientos,
gran señor de la miseria,
mimo de negruzco espejo,
era solera marchita,
era, de bronce, boceto,
abrigo descolorido,
gorra de sufrido fieltro,
pañuelo de rancio luto,
calzado de eterno cuero,
pantalones de mil vueltas,
catálogo de remiendos,
y, entre la piel y el abrigo,
todo, misterio y secreto.

            Descrito está el personaje,
busco vate sabio y bueno,
que lo leve a los altares,
a la puerta de los cielos
y nos cuente las andanzas,
de este “quejío” sureño,
el tal Casimiro Márquez,
luz y sombra de este pueblo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES

 
            RAZÓN  NÚMERO  52

            Una colección: LOS ENVOLTORIOS DE LOS MANTECADOS Y POLVORONES  ( III )

        Lo mismo nos ocurría con los botones, que igualmente los utilizábamos para nuestros partidos de fútbol que celebrábamos en el liso suelo de los portales, hasta que por nuestras voces nos echaban los porteros, y en especial en aquellos bancos sin respaldo que existían en la calle General Mola, y en donde con tiza hasta marcábamos las líneas de juego y algunos manitas se atrevían a hacer hasta porterías.

         Cuando llegaban nuestras fiestas de septiembre se reavivaba nuestra colección de botellines, que conseguíamos en las casetas de tiro, al romper las cintas de colores de serpentinas o los palillos de dientes o al acertar en el centro de la diana que abría una puertecita por donde asomaba el premio. Colección que pasadas las fiestas perdía todo el interés.


            Hacíamos colección de las múltiples imágenes que reproducían los recortables y que iban desapareciendo por el uso o cuando llegaba la hora de limpieza general.

     No faltaban, en especial entre las chicas, los aficionados a guardar diferentes modelos de hojas aplastadas entre las homónimas de los libros, al igual que los sépalos y pétalos de las flores. Eran también las componentes del sexo femenino las que reunían toda clase de abalorios: bolitas de todos los colores y agujereadas, para construir collares, pulseras u otros adornos; lentejuelas brillantes para adornar las prendas de sus muñecas, recortables con todo tipo de vestidos y complementos para cada temporada...

        Los amigos del mar se ocupaban de guardar conchas y caracolas.

      Y finalmente, entre tal abanico de objetos, existía uno de ningún valor material, aunque de gran estimación entre los chicos cuando llegaba el tiempo de la Navidad. Pienso que se unían muchos factores que facilitaban este hecho, era periodo vacacional, la fiesta en sí misma no estaba exenta de numerosos atractivos y coincidían con días de mucho comer, sin olvidarse en este último aspecto la llegada de muchos dulces que no eran frecuentes en otras épocas del año, y me refiero en concreto a la aparición de los mantecados y los polvorones. Así que después de desenvolver el papel para degustarlos, nos entreteníamos en alisarlo con sumo cuidado para que no se estropeara y se viera con claridad la marca de los dulces, que nunca faltaba y que procedían en su mayoría de las múltiples fábricas de la localidad sevillana de Estepa. Como en cada casa se consumían ejemplares diferentes era fácil cambiarlos, pensando lógicamente que todos tendrían repetidos para este ejercicio.

        Todo esto me lleva a pensar que no siempre lo más caro o de gran valor económico era lo que nos atraía más, que un simple papel casi de seda, impreso con colores tenues y poco llamativos, arrugado y desarrugado y  hasta con algunas macas nos hacía felices y podía convertirse en su conjunto con otros de su misma especie en un pequeño tesoro.

VERSOS EN TIEMPOS DE CRISIS


            ¿QUÉ ESPERAR?

            ¿Qué esperar de un Presidente
amigo de  Zapatero,
que, endiosado y en la sombra,
negociador sin talento,
quiere arreglar tus problemas,
entregándole dinero
al que te ofende y mancilla,
al vecino reyezuelo?


            
¿Qué esperar de una ministra,
de la igualdad, de este pueblo,
que, en su docta insensatez,
política de sopa y sueldo,
defiende lo indefendible
y olvida a su propio género,
a una mujer policía,
guardando torvo silencio?

            ¿Qué esperar de tantos furcios
e ilustres palanganeros,
que, presos, en sus poltronas,
con intencionado celo,
te citan a ti, España,
con el nombre de Marruecos,
bajada de pantalones,
de políticos soberbios?


            ¿Qué esperar de un presidente,
de esta España, sin remedio,
que ríe, se escurre y olvida
que los toros tienen cuernos
y que, temprano o más tarde,
por ellos hay que cogerlos,
que hacer de buen avestruz,
es postura de rastrero?

sábado, 19 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA. LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  52

            Una colección: LOS ENVOLTORIOS DE MANTECADOS Y DE POLVORONES  ( II ) 

            Las niñas encontraban un sustituto a nuestras estampas en sus cromos, que igualmente presentaban una gran riqueza de motivos, sin que faltaran muñecas, animalitos, flores, cacharritos..., que compraban sueltos o en láminas, todas perfectamente troqueladas y que normalmente guardaban en cajitas de lata y que además de intercambiarlos como nosotros servían para su juego preferido, que consistía en apostarlos y tratar de darl la vuelta a los que en principio eran puestos bocabajo y sólo se veía el color blanco del papel, golpeándolos en hueco con las palmas de las manos.


            No faltaban niños precoces, serios coleccionistas de sellos o monedas; sobre todo, si en sus familiares cercanos o sus mismos progenitores eran filatélicos o numismáticos.

         Se coleccionaban bolas, que así llamábamos a las canicas, en sus diferentes materiales: de barro, de cristal liso o veteado con colores, de plomo y de hierro, a los que llamábamos bolones, sirviendo éstas para multitud de juegos, tales como el Bolazo o matar, la Cuarta, el Hoyo, la Olla, etc., a través de los cuales nos jugábamos las mismas o las estampas repes.

         Y ya que hablo de nuevo de las estampas existía un juego muy simple con ellas que nos encantaba, en especial si ganábamos. Consistía en apoyar una de ellas en la pared y dejarla caer libremente hasta el suelo; los siguientes jugadores hacían lo propio y el premio se obtenía cuando una estampa tocaba a otra, recuperando así la suya y la pisada; continuando el juego hasta que no quedara ninguna en el suelo.

         Como no era material tan habitual como en la actualidad, coleccionábamos como algo muy preciado el papel plateado que envolvía a los chocolates de marca o que se encontraban en el interior de algunas cajetillas de tabaco de las caras, de los paquetes de rubio americano que empezaban a aparecer. Luego lo utilizábamos para simular los ríos o charcas de nuestro Nacimiento o para fabricar miniaturas de copas como las que ganaban casi siempre los leones de San Mamés del Atlético de Bilbao, que por aquellos años tenían más simpatizantes que el Barcelona o el Real Madrid.


            Curiosamente y aunque no fumábamos todavía, coleccionábamos las carteritas vacías que contenían en su origen los papelillos de fumar. Era época en que se fumaba mucha picadura, tabaco suelto que se guardaba en petacas de cuero y el fumador estaba obligado a elaborar su cigarro, depositando aquella sobre el papel blanco y fino de fumar y liándolo, sin olvidar de echar saliva en el borde para que se pegara, tomando la forma cilíndrica habitual y doblando uno de los extremos para que no se cayera el tabaco. Aún recuerdo algunos de los diferentes dibujos de aquellas carteritas, especialmente ajedrezados y entre los que destacaba la firma Smoking. 
Guardábamos incluso los envoltorios con marca de los caramelos.

        El capítulo de las chapas, tapones metálicos de las botellas, era también muy variable e interesante y los usábamos para distintos juegos. Servían para hacer equipos de fútbol, a las que pegábamos dibujos de camisetas y pantalones con los colores de los equipos importantes de la liga española y jugar partidos usando como balón un mismo garbanzo y empujándolas con los dedos, dándoles lo que llamábamos chiclazos; también para echar carreras en circuitos que nosotros mismos dibujábamos en el suelo o para aplastarlas y colocarlas en un extremo de las cuerdas con las que bailábamos los trompos y que denominábamos chambel.