martes, 3 de noviembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  67

            Un hospital:   EL DE LA CRUZ ROJA    ( III )


            ¡Quién podía imaginar que aquel proyecto del capitán de Ingenieros, José de la Gándara, para albergar niños y ocuparse de su educación, ante la escasez de instalaciones escolares, no llegase a funcionar con tal fin una vez concluido y convertirse en centro hospitalario!

    Por problemas económicos, lo que se empezó un día de Reyes de 1915, al colocarse en día tan señalado como regalo para los niños de la ciudad su primera piedra, no se concluyó hasta cuatro años más tarde.

     La Campaña de 1921, con el terrible desastre de Annual, siempre tristemente recordado, donde los Hermanos de las Doctrinas Cristianas de La Salle realizaron un papel humanitario destacado en la recogida y enterramiento de los innumerables cadáveres, obligó a convertir aquellas Escuelas mixtas y Graduadas en hospital de campaña, al igual que el Casino Militar, ya ubicado en el nuevo edificio de la Plaza de España.

      Un año más tarde se terminaba el proyecto de Hospital Civil, adosado al edificio de las escuelas, convirtiéndose en una gran centro hospitalario para la ciudad de Melilla, que quedaría bajo la gestión de la Asamblea Provincial de la Cruz Roja. Institución que ejerció a través de éste una labor humanitaria destacadísima en nuestra ciudad; gracias también al importante trabajo realizado por las monjas de las Hijas de la Caridad y los profesionales que se integraban en él.

     En el año 1979 el Insalud se hizo cargo de su gestión y posteriormente de su personal. Al abrirse el nuevo Hospital General de Melilla, dependiente del Ministerio de Sanidad, el edificio revirtió a la Asamblea Provincial de la Cruz Roja, que es la única institución que ocupa el mismo en la actualidad.


            Ya lo señalé en otras ocasiones, de pequeño nos impresionaba la tristeza de aquellos enfermos que se asomaban en las numerosas ventanas y en especial los que estaban en su gran azotea. Aquellos cuerpos desnudos en su parte superior o con camisetas de tirantes, cuando llegaban las calores a nuestra ciudad y sin contar el edificio con los adelantos actuales del aire acondicionado, que se dejaban ver a través de las ventanas abiertas de par en par, buscando el aire que les faltaba con síntomas de ahogos y combatiéndolas con el abanico o con los viejos y pesados ventiladores de hierro. Nos llamaban la atención, al igual que ahora, las sirenas de las ambulancias, que por entonces existían en menor número y las camillas en donde introducían a los enfermos en el gran hospital; la palidez y el andar calmo de los que habían recobrado la salud y marchaban a sus domicilios para recuperarse del todo; el encogimiento y la necesidad de ayuda de los que buscaban recuperar allí su salud; la tristeza de los familiares cuando la muerte les había arrebatado a algún ser querido y que manifestaban su dolor con llanto sereno algunas veces y con muestras de desesperación y gritos en otras..., porque uno aunque era pequeño, no permanecía ajeno a la enfermedad y a la muerte, que también las veía de cerca en su propia familia; aun contando con la ventaja del rápido olvido y la fácil adaptación a nuevas situaciones.

El Hospital de la Cruz Roja fue durante muchísimos años el mejor hospital de la ciudad. 

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