¡Quién podía imaginar que aquel proyecto del capitán de Ingenieros, José de la Gándara, para albergar niños y ocuparse de su educación, ante la escasez de instalaciones escolares, no llegase a funcionar con tal fin una vez concluido y convertirse en centro hospitalario!
Ya lo señalé en otras ocasiones, de pequeño nos impresionaba la tristeza de aquellos enfermos que se asomaban en las numerosas ventanas y en especial los que estaban en su gran azotea. Aquellos cuerpos desnudos en su parte superior o con camisetas de tirantes, cuando llegaban las calores a nuestra ciudad y sin contar el edificio con los adelantos actuales del aire acondicionado, que se dejaban ver a través de las ventanas abiertas de par en par, buscando el aire que les faltaba con síntomas de ahogos y combatiéndolas con el abanico o con los viejos y pesados ventiladores de hierro. Nos llamaban la atención, al igual que ahora, las sirenas de las ambulancias, que por entonces existían en menor número y las camillas en donde introducían a los enfermos en el gran hospital; la palidez y el andar calmo de los que habían recobrado la salud y marchaban a sus domicilios para recuperarse del todo; el encogimiento y la necesidad de ayuda de los que buscaban recuperar allí su salud; la tristeza de los familiares cuando la muerte les había arrebatado a algún ser querido y que manifestaban su dolor con llanto sereno algunas veces y con muestras de desesperación y gritos en otras..., porque uno aunque era pequeño, no permanecía ajeno a la enfermedad y a la muerte, que también las veía de cerca en su propia familia; aun contando con la ventaja del rápido olvido y la fácil adaptación a nuevas situaciones.
El Hospital de


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