Al ir al Tesorillo por el puentecito nos
encontrábamos con las tapias trasera del Hospital, en donde había jardines y
arboleda, no demasiado cuidados, la puerta de servicios y hasta un pequeño
huerto. Dicha tapia continuaba su línea dando con el Río de Oro.
En la estrecha calle que daba desde donde estaba el Cine Avenida hasta General Mola, en su mitad y antes de llegar a la esquina del colegio de los hebreos, vivió mi hermana Cuqui. A su casa íbamos a verla con frecuencia, al igual que a nuestros dos sobrinitos, Marimel y José Ángel, muy pequeñitos aún y para ayudarla a dar de comer a la niña, que era algo pajolera para esta cuestión y había que meterle la cuchara de comida haciéndole tonterías, engañándola y con la paciencia del santo Job. El niño era algo más pequeño y no daba guerra alguna. A cambio de esta tarea le sacábamos a mi querida hermana unas pesetillas para chucherías o para ir al cine. Sólo entré en el Hospital una vez y mejor no haber tenido motivo para hacerlo, fue cuando estuvo ingresada en el mismo y unos pocos días antes de su fallecimiento a causa de una cruel y rápida enfermedad, cuando había comenzado a disfrutar de su casi estrenada familia, ya que sólo contaba con veintiocho años. Qué ejemplo permanente el suyo, jamás la oímos quejarse por nada, siempre con aquel agrado y dulzura que cautivaba a todo el mundo, sin una palabra más alta que la otra, que hasta cuando reñía parecía que estaba pidiendo disculpas al mismo tiempo. Qué pérdida más grande para todos nosotros. Se nos fue sin alboroto, con la grandeza y entereza de los Santos, como queriendo entrar en los cielos sin llamar la atención, con la humildad y sencillez de los elegidos.
Sí asistíamos con relativa frecuencia a su capilla de San Francisco Javier, pequeña, por lo que se llenaba de fieles inmediatamente en las misas y como nuestra puntualidad a veces no era la debida, teníamos que oírla desde la calle, con el consuelo de que siempre había otros detrás nuestra, que equivalía a que eran menos puntuales que nosotros. A veces casi llegaba a llenarse también aquel pasillo al aire libre que daba acceso a la iglesia y que se encontraba entre el Hospital propiamente dicho y una vieja verja de tela metálica con enredaderas que lo separaba de los jardincitos de
Incluso en esta iglesia fue donde realizamos algunos de aquellos Ejercicios Espirituales, creados por el Santo Ignacio de Loyola, que nos metía el miedo en el cuerpo al descubrir la debilidad del pecador, que los éramos todos sin excepción, y sobre todo, por las penas a que nos enfrentaríamos si no nos apartábamos del pecado y de Satanás, que nos estaba continuamente tentando. Vaya trago el de enfrentarnos a estas jornadas. Salíamos con el propósito firme de cambiar y de ser mejores, pero también y que se me perdone la expresión, ligeramente “acojonados”. Menos mal que el poder de adaptación era inmenso y pronto nos veíamos, siendo como éramos, envueltos en la misma rutina de lo cotidiano; sin que viéramos que se produjeran conversiones profundas que llevaran al seminario, convento o a la vida contemplativa y de oración, como forma de vida a la mayoría de los que asistíamos a los mismos.



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