martes, 20 de octubre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  63

            Un reloj:    EL DEL AYUNTAMIENTO    ( I )



        En nuestra ciudad como en todas hay numerosos edificios emblemáticos y uno de ellos, sin ningún género de dudas, es el de nuestra Casa Consistorial, de la que todos los melillenses podemos sentirnos más que orgullosos. Que no podía estar ubicado nuestro Ayuntamiento en otro lugar tan incomparable como el de la Plaza de España, que sirve como de colofón a la gran Avenida de Melilla.


            Edificio grandioso que siempre despertó nuestra admiración y que nos producía por su monumentalidad un cierto respeto. Bastante cercano a nuestro hogar, ya que la calle Teniente Coronel Seguí, donde siempre viví en Melilla, también desembocaba en la misma Plaza de España, En sus inmediaciones en no pocas ocasiones, como a su sombra, realizamos algunos de nuestros juegos, bajo las pérgolas y en los bancos que existían rodeando la plaza en la zona cercana al Club Marítimo y que desaparecieron al ampliarse las vías rodados de aquel entorno. En sus numerosos recovecos jugábamos al esconder y al juego de la goma, con aquellos trozos o tiras de tal material, que estirándolos y soltándolos después salían disparados para impactar en los cuerpos de nuestros contrincantes, quedando eliminados si ello ocurría y que conseguíamos de las gomas de las ruedas de los vehículos.

         Ayuntamiento que igualmente daba sombra a algo tan importante para la gente menuda como era el espacio en donde se ubicaban los cacharritos de feria, cuya mayor o menor ocupación de terreno se convertía en el termómetro que marcaba la calidad de los festejos para nosotros.

         lanzamiento de globos de papelEn sus aledaños también nos congregábamos para presenciar los lanzamientos de globos por parte de los empleados municipales en aquellos días del  septiembre festivo en nuestra ciudad y que veíamos como ascendían haciéndose cada vez más diminutos, hasta perderse de nuestra vista o incendiarse a mitad de camino ante nuestra natural desilusión. Gozábamos con aquellos desfiles en el aire, que en la cercanía representaban personajes queridos y que al final se convertían en como cabezas de alfileres de luz brillando en el cielo o como diría Ramón Gómez de la Serna podrían transformarse en las pecas del firmamento por unos instantes. Con el ritual que jamás queríamos perdernos de cómo aquellos globos de papel eran extendidos sobre el suelo, como despegaban sus caras, ilustradas en sus dos partes y eran sostenidos con la máxima delicadeza o cuidado por la fragilidad del material y en sentido vertical por uno de los empleados que se subía en una escalera de pie, en tanto que otro se ocupaba del aro de su parte inferior, donde se incendiaba el contenido de un pequeño recipiente que ocupaba su centro y que producía seguramente un gas que inflaba el globo haciéndolo más ligero para que se produjera su ascenso, sabiéndolo soltar a tiempo para evitar que ardiera todo ante la decepción de los asistentes y que se elevara acompañado de la correspondiente salva de aplausos de los pequeños allí congregados en gran número.

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