Los tirachinas, perfectamente ejecutados, escogiendo las mejores horquillas, quitándoles la corteza a las pequeñas ramas en forma de Y, sujetando con alambre del fino o cordeles fuertes las gomas en los extremos de ellas y uniendo éstas con un trozo de cuero, donde se depositaba el proyectil, que solía ser una pequeña y redondeada piedra. Utilizándolos para conseguir dátiles dulces, de aquellos que nos encantaban o para un ejercicio algo más cruento, como era el de matar a inocentes pajarillos cuando se posaban entre las hojarascas de los árboles y por qué no señalarlo, para incordiar desde la lejanía a parejas de enamorados que en los bancos del parque jugaban al más antiguo de los juegos, al amor y para así evitar que fueran condenados al fuego eterno del infierno, ya que todos los curas nos decían que aquello era pecado y de los mortales, nada de veniales.
No siempre el mejor juguete era el más caro, ni siquiera el más deseado. Cuántas veces el que conseguía uno de los primeros no disfrutaba con él, porque sus padres no se lo dejaban con la frecuencia deseada para que no se rompiera pronto o porque el niño, que siempre era niño y que equivalía a sentir una curiosidad extrema siempre, una inclinación a descubrir las entrañas de todo artefacto y a probar la dureza de los mismos, lo destripaba inmediatamente y cuando ocurría esto perdía por completo su atractivo o lo dejaba por inservible. Se imaginan ustedes a esos padres radiantes de felicidad, sonrientes por la gran cantidad y calidad de los juguetes que han conseguido para su retoño, él con su brazo por encima del hombro de su mujer, guiñándole el ojo como signo de complicidad para tanta dicha y al cruel niño pasar de todos ellos y dirigirse a una raquetita raquítica de plástico del barato que hay en un rincón y que se la trajo el aya o poniéndose a jugar con las cajas de cartón que servían de recipiente a los sofisticados y caros juguetes no prestándole ni pajolera cuenta a los mismos. Como diría el viejo sabio: Vivir para ver. Tampoco tenía que ser síntoma de calidad el más deseado ni era el mejor; pues todos sabemos lo caprichosos que son los niños y así como a veces ocurre que en cuanto tenemos en nuestro poder lo que ansiamos perdemos todo el encanto, a ellos les sucede lo mismo.



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