RAZÓN NÚMERO 62
Un amor infantil: MARISA
Reconozco que siempre fui muy enamoradísimo y
formalito al mismo tiempo. Vamos, que era de los que me tomaba muy a pecho
estas cosas de la vida, a pesar y desde mis pocos años; precocidad la mía en
esta cuestión que por mi forma de ser me trajo más quebraderos de cabeza de la
cuenta y por supuesto, más angustias que alegrías.
Entraba bien a las chicas, algo debía de tener, pero
debía de aburrirlas pronto, porque todo se acababa siempre y me obligaba a
empezar de nuevo otra aventura.
Mi primer amor infantil fue Marisa. Nos conocimos de
forma curiosa y hasta sorprendente. Parte del inicio de esta aventura creo que
ya la conté en otro apartado anterior. Un atardecer se presentan a buscarnos a
la plazoleta de nuestros juegos unas chicas. Para que luego piensen algunos que
los tiempos de antes eran distintos a los de ahora en que las hembras buscan a
los varones, yo entre estos y me reafirmo en ello; lo que ocurría es que
aquella situación era la excepción que confirmaba la norma. En aquella ocasión
yo fui de los que las atendí, cómo no, y de los que me comprometí a devolverles
la visita. La idea divide a la pandilla, ya que hay un buen grupo que piensa
que aquello es una estupidez y que prefieren sus juegos a andar en líos
prematuros de amoríos o noviazgos. Sin embargo, consigo convencerlos y acudimos
a aquel original encuentro casi la mayoría.
La escena es pintoresca y parece más lo que en
realidad es, un juego de niños y no la búsqueda de formar parejas y menos de su
estabilización en el tiempo. Un grupo de chicas expuestas de pie para poder ser
bien contempladas en plenitud de sus encantos en una parte; en la otra y
sentados cómodamente en unos bancos de piedra, un grupo de chicos que
cuchichean, sonríen maliciosamente y se golpean con los codos al tiempo que
hacen comentarios en voz baja acerca de los atractivos y desencantos de las
anteriores. Yo, en un repaso más que rápido, las elimino a todas, no me gusta
ninguna de ellas y dejo de atender al juego. Aburrido miro hacia otro lugar y me
encuentro con otra chica que me sonríe y de mirada muy dulce, aparentemente
tímida y que no rehúsa la mía cuando insistentemente la miro. Es un auténtico
flechazo. Cuando me llega el turno y demandan mis gustos, con la sinceridad de
lo infantil señalo que no deseo a ninguna de aquel montón, que a mí la que me
agrada es aquella y la indico con mi dedo.
Todas me dicen que eso no puede ser, porque la
elegida por mí no entra en el lote, ya que está pillada, que equivalía a decir
que ya andaba medio ennoviada con otro chaval. Insisto y la sorpresa se hace
general cuando la demandada quiere entrar en el juego y me acepta con cierto
rubor en sus mejillas.
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