lunes, 5 de octubre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

             RAZÓN  NÚMERO  59

            Una excursión:   A CALATRIFA


               ¿Qué niño no disfrutó con las excursiones?

         Yo no fui una excepción y guardo excelentes recuerdos de ellas, no sólo porque suponía no tener clase ese día, sino por el aliciente que contaba en sí el hecho de salir de tu entorno más inmediato y conocer otros lugares que generalmente encerraban algún encanto; ya que nunca se escogía un emplazamiento donde no existiera nada que pudiera tener atractivo para el visitante; aunque sólo se tratara de una explanada para poder correr y dar patadas a la pelota o una arboleda que te sirviera de refugio contra el calor y te permitiera jugar al escondite. Pero es que además, las excursiones contaban con los atractivos inherentes a ellas mismas, tales como saber en el tiempo  en que las ibas a realizar, el acercamiento en el transcurrir de los días a la fecha señalada, los preparativos de las vísperas, el insomnio de esa noche por culpa del nerviosismo y el romper con la rutina de lo cotidiano. El mismo meter en la mochila, talega o cartera la habitual tortilla de patatas o los filetes empanados, algo de fruta y llenar la cantimplora de agua para el trayecto era demasiado goce para el improvisado viajero que iba a emprender su gira en unión de otros compañeros y amigos.

         Dentro de este apartado, estaban las autorizadas por nuestros mayores y organizadas también por adultos y destinadas a colectivos, asociaciones o grupos de escolares y las que no contaban con el beneplácito de aquellos y que podíamos dar la categoría de “escapadas”, que no faltaron en nuestras vidas y que originaron broncas y castigos cuando llegaron a conocimiento de los mismos.

        Y de entre estas últimas caben destacar las que hacíamos con bastante frecuencia a nuestro río de Oro en busca de cañas para hacer canutos o de ejemplares de sapos y ranas, sin olvidarnos de sus crías, aquellos renacuajos a los que llamábamos cabezones porque sólo contaban con cabeza y cola todavía. Después de atravesar toda la calle General Mola llegábamos al puente grande del Tesorillo, donde se encontraba en su margen derecha, sin tener que atravesarlo, un depósito de agua que servía para llenar los camiones regaderas de la ciudad, así como para lavar otros vehículos de los distintos servicios municipales. Como nuestro río se caracterizaba por la existencia casi la mayor parte del año de un escasísimo caudal o por un correr raquítico del agua procedente de las diferentes elevaciones del Gurugú, su tránsito por el lecho de su curso era fácil y sin riesgo alguno; eso sí, menos cuando se ponía furioso por causa de algún tormentón que viniera acompañado de lluvias torrenciales y que lo hacía impresionante; viéndolo entonces desde lo alto de aquel mismo puente, arrastrando en su correntía troncos de árboles y animales hinchados y con ese color marrón por la erosión de la tierra convertida en barro que arrancaba con su tremenda fuerza para depositarla en la playa de San Lorenzo. Lógicamente nuestras giras a dicho lugar se llevaban a cabo cuando el río dormía en su letargo habitual.

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