RAZÓN NÚMERO 59
Una excursión: A CALATRIFA
¿Qué niño no disfrutó con las excursiones?
Yo no fui una excepción y guardo excelentes
recuerdos de ellas, no sólo porque suponía no tener clase ese día, sino por el
aliciente que contaba en sí el hecho de salir de tu entorno más inmediato y
conocer otros lugares que generalmente encerraban algún encanto; ya que nunca
se escogía un emplazamiento donde no existiera nada que pudiera tener atractivo
para el visitante; aunque sólo se tratara de una explanada para poder correr y
dar patadas a la pelota o una arboleda que te sirviera de refugio contra el calor
y te permitiera jugar al escondite. Pero es que además, las excursiones
contaban con los atractivos inherentes a ellas mismas, tales como saber en el
tiempo en que las ibas a realizar, el
acercamiento en el transcurrir de los días a la fecha señalada, los
preparativos de las vísperas, el insomnio de esa noche por culpa del
nerviosismo y el romper con la rutina de lo cotidiano. El mismo meter en la
mochila, talega o cartera la habitual tortilla de patatas o los filetes
empanados, algo de fruta y llenar la cantimplora de agua para el trayecto era
demasiado goce para el improvisado viajero que iba a emprender su gira en unión
de otros compañeros y amigos.
Dentro de este apartado, estaban las autorizadas por
nuestros mayores y organizadas también por adultos y destinadas a colectivos,
asociaciones o grupos de escolares y las que no contaban con el beneplácito de
aquellos y que podíamos dar la categoría de “escapadas”, que no faltaron en
nuestras vidas y que originaron broncas y castigos cuando llegaron a conocimiento
de los mismos.
Y de entre estas últimas caben destacar las que
hacíamos con bastante frecuencia a nuestro río de Oro en busca de cañas para
hacer canutos o de ejemplares de sapos y ranas, sin olvidarnos de sus crías,
aquellos renacuajos a los que llamábamos cabezones porque sólo contaban con
cabeza y cola todavía. Después de atravesar toda la calle General Mola
llegábamos al puente grande del Tesorillo, donde se encontraba en su margen
derecha, sin tener que atravesarlo, un depósito de agua que servía para llenar
los camiones regaderas de la ciudad, así como para lavar otros vehículos de los
distintos servicios municipales. Como nuestro río se caracterizaba por la
existencia casi la mayor parte del año de un escasísimo caudal o por un correr
raquítico del agua procedente de las diferentes elevaciones del Gurugú, su
tránsito por el lecho de su curso era fácil y sin riesgo alguno; eso sí, menos
cuando se ponía furioso por causa de algún tormentón que viniera acompañado de
lluvias torrenciales y que lo hacía impresionante; viéndolo entonces desde lo
alto de aquel mismo puente, arrastrando en su correntía troncos de árboles y
animales hinchados y con ese color marrón por la erosión de la tierra
convertida en barro que arrancaba con su tremenda fuerza para depositarla en la
playa de San Lorenzo. Lógicamente nuestras giras a dicho lugar se llevaban a
cabo cuando el río dormía en su letargo habitual.

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