Recuerdo mi Primera Comunión en ella a través de una foto que guardo como reliquia, tan formalitos y con cara de inocencia, haciendo un capicúo los dos mellicitos, inmaculadamente vestidos de blanco, con Angelines en medio, con el misal que aún conservo y el rosario en la mano, que ya habían usado otros chicos en otras comuniones, requetepeinados y otra con los dos solos, sin saber, lo confieso como anécdota, distinguir por el parecido tan extraordinario que existía entre nosotros quién era uno y otro; en definitiva, quién era yo.
Asistí en ella a bodas y bautizos y a misas de despedidas de esta vida y a la liturgia especial de las grandes fiestas y solemnidades. Acudí a ella a confesarme en tardes de sábado, arrodillado delante de lo que nosotros llamábamos “quioscos”, que no eran otros que los confesionarios de madera, con rejillas en los laterales para las mujeres y que cuando no estaba el “pater” tenía sus cortinas negras echadas, con propósitos de enmienda que por lo general resultaban bastante efímeros. Era de los que volvía con timidez la cabeza hacia atrás, una sola vez y sin descaro, cuando sonaba el magnífico órgano o cantaba el coro. En ella y siendo un chiquillo oí por primera vez, teniendo conciencia de ello, el Ave María de Schubert, cantado por el hijo de mis primos Fernando y Luisa, que lo hacia genial, en la boda de su hermana mayor. iglesia llena en cualquier domingo, con gente en el exterior que me daba la impresión que era como si no se estuviera en la misa, participando en ella como por mimetismo y con mucha rutina. Recuerdo también épocas de vacas flacas, cuando la asistencia se hacía mínima y el cura desde el púlpito, que por aquellos años se utilizaba para el uso de la palabra, nos echaba la bulla a los asistentes. Recuerdo los velos en las mujeres y el recato exagerado en el vestir, especialmente por parte de éstas, donde no se veían escotes provocadores y con mangas casi siempre largas en los vestidos. Eran tiempos también, si tenías mala suerte y las familias eran largas, de ennegrecidos y casi permanentes lutos para las señoras, que en los hombres se hacían más livianos, pasando por la corbata negra al más que llamativo brazalete de igual color, para terminar con el ridículo del botón negro en el ojal de la solapa de la chaqueta.
Era y sigue seguramente siendo la iglesia más importante de la ciudad, sede actualmente del Vicario Arciprestal y la nuestra de siempre, la iglesia del Sagrado Corazón.



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