Quizás aquella aparente tristeza o serenidad, no
sabría decir qué cosa de las dos, que la acompañaba o su aspecto algo delicado
que la hacían más bella a mis ojos de niño, le viniese de una enfermedad que
padeció, no recuerdo con seguridad cuál, tal vez una hepatitis, la convirtió en
el centro de atención de todos los suyos y todavía por aquellos años aún no lo
había superado del todo. Pertenecía a una familia acomodada de la ciudad y si
mal no recuerdo sus padres eran los propietarios de una sastrería o zapatería famosa
en Melilla que creo que se llamaba Lozano y que estaba situada en las cercanías
de la Avenida. El hecho más evidente de lo que digo es que, cosa que no era
habitual en el casco urbano de nuestra población, aquella casa suya contaba con
una pequeña piscina en su interior.
Por aquellos años salíamos más en pandilla los chicos con las chicas en lugar de ir solos, lo que no quería decir que no tuviéramos ocasiones de disfrutar de la soledad de la pareja. Coincidíamos en el camino de los respectivos centros escolares; ella, uniformada por obligación, se quedaba en El Buen Consejo y yo proseguía hacia delante para asistir a las clases en el Instituto. Nos encontrábamos a veces en la salida. En ocasiones por la tarde nos veíamos en las cercanías de su casa o en el Parque Hernández y ya que hablo de este lugar, me permito recordar una anécdota que nos ocurrió y que viene a demostrar el carácter infantil de aquella relación, por muy formal que yo tratara de ser.
Generalmente y eso lo saben mejor que nadie los que son mellizos, casi siempre andábamos juntos, raramente nos separábamos y cuando esto ocurría inmediatamente estábamos demandado el reencuentro. Con esto de mi precoz noviazgo eran lógicamente más frecuentes nuestras separaciones. Una tarde llego a casa y mi madre me llama para preguntarme con algo de sorna y delante de las chicas del taller, que quién es una chica que se llama Marisa que acaba de estar en casa, acompañada de otras mocitas y preguntando si esta era la casa de tu hermano Clemente. Todo aquello me mosquea un poco, porque hay sonrisas por medio y lo peor, también risas reprimidas y porque no entiendo que tiene que ver en esto mi hermano mellizo, ni lo que pinta Marisa en mi propia casa y hablando con mi madre. La vergüenza que siento colorea mis mejillas, vamos, que se me sube el pavo y no sé lo que hacer. Pero ahí no queda la cosa y aún me siento mucho más afectado cuando me indica mi madre con la calma que le caracterizó siempre y como quitándole importancia, dando casi por terminada la charla, que vaya atrevimiento el de la niña al decirle sin ningún pudor que su hijo Clemente le había tocado el culo en el Parque, cuestión reafirmada por sus acompañantes.


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