RAZÓN NÚMERO 61
Un juguete de nuestra niñez: LA ARQUITECTURA DE MADERA ( II )
Gran parte de los juguetes de nuestra niñez se han convertido en auténticas piezas de museos. Los coches y motos, con conductor incluido, de hojalata y pintados no eran como las fieles reproducciones actuales y su sistema de movimiento, si es que lo tenían, respondían al conocido como de
cuerda, que tenías que introducir aquella pieza en forma de hoja de trébol
plana y solo con dos partes en un eje que al girar enrollaba un fleje y que al
desplegarse hacía girar las ruedas. No había juguetes de pilas de esos que con
sólo conectar el sistema con un interruptor originaban el movimiento. Existían
aquellos muñecos planos y articulados que tirándoles de una cuerda se movían,
como los cristobitas. Las muñecas eran de trapo o de porcelana; las primeras
casi eternas si se cuidaban, hasta que se rompía alguna de sus costuras y se le
salía el serrín, y las segundas, delicadas como las copitas de Nochebuena,
descascarilladas por causa de los golpes. Los patinetes, precedentes de los
motorizados de la actualidad, rodaban gracias a aquellas pequeñas ruedas que
llamábamos de bolones y que gastaban más las suelas del calzado del pie que se
empleaba para impulsarlos.
Los juegos compuestos por herramientas para las profesiones
más habituales, como aquellas propias de carpinteros y albañiles, nos
encantaban a los chicos; igual que las cocinitas con toda clase de útiles y
cacharritos para jugar a las casitas, hacían las delicias de las niñas. Curiosamente, los juegos clásicos de mesa sí que han
sobrevivido al paso de los años. Hoy se sigue jugando al parchís y a la oca, al
ajedrez, al monopoly o Palé, al dominó, a la lotería, aunque ahora se le llame
por la influencia yanqui el bingo, y a las cartas; aunque también hayan aparecido
otros más complicados.
El plástico endurecido ha revolucionado los juegos
de construcción. Hoy no despiertan interés alguno aquellos mecanos, con los que
la imaginación infantil volaba y podías construir lo que te apeteciera, a base
de multitud de piececitas engarzadas con tornillos, arandelas y tuercas o con
simples muecas que ajustaban.
Y ya que hablo de imaginación cómo no tratar de
aquellos otros juguetes, que la misma situación económica poco boyante de
aquellos años difíciles, te obligaba a crear. Las espadas hechas de dos palos,
atados con una cuerda, como las de nuestros héroes el Guerrero del Antifaz o el
Capitán Trueno, para seguir matando de mentirijillas a sarracenos; las
superficies de madera con ruedas de bolones para desplazarnos cuesta abajo o
siendo arrastrados por otros; las pistolas dibujadas, recortadas y pegadas,
dándole incluso volúmenes, de cartulina o cartón blanco de las cajas de
zapatos, que nos duraban poquísimo después de que nos costara un trabajo
inmenso su elaboración por la misma fragilidad del material empleado.
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