Junto a la iglesia se encontraba la casa parroquial,
en donde en más de una ocasión jugamos al tenis de mesa, cuando nos
enfrentábamos al equipo de Acción Católica de los Hermanos Guirado y en tiempos
del padre Martín, pequeño cura vasco que no hacía honor por su estatura a los
lugareños de aquella zona del norte peninsular, pero de una actividad y entrega
a su labor de pastoreo digna de todo elogio. También existían otras
dependencias y el archivo de la parroquia.
A su altar mayor se accedía por cinco gradas de mármol, que era el material empleado en todo el presbiterio.
Y como en Melilla es posible todo, hasta que Sara
Montiel encuentre en ella a su último amor o se lo monte estupendamente para
seguir saliendo en los programas televisivos del corazón, que no pocos
consideran como telebasura, proporcionándoles buenos ingresos en su ya casi
estado de momificación, llama mi atención ya de adulto que un industrial
melillense Mohand Moh Mohatar, musulmán, sea un mecenas que sufrague los gastos
de la nueva instalación eléctrica, la pintura, la colocación de mármoles de
Macael y valiosas lámparas en dicha iglesia hace algunos años.
Situada en la Plaza de Menéndez Pelayo, cuyo entorno actual me parece un auténtico disparate, que nada tiene que ver con las edificaciones de los alrededores y de la misma iglesia y que me atrevo a calificar hasta de mal gusto y de chapuza. En nada se parece a la que gozamos nosotros, con aquella amplitud que tenía y que engrandecía al templo, que ahora parece quedar como oculto y aunque no existiera ningún elemento de mobiliario urbano. El Sagrado Corazón se podía contemplar en su plenitud desde
Aquella iglesia que fue conocida en sus orígenes como la del “Llano” por su emplazamiento, cuyas obras comenzaron en 1911 con la aportación inicial del Estado y de los fieles, sufrió no pocas vicisitudes, hasta que siete años más tarde, en 1918, era inaugurada.


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