jueves, 1 de octubre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  57

            Un juego:  A LA UNA LA MULA

        Muchos juegos de pídola teníamos los chicos de antaño; actividad  lúdica que parece haber desaparecido en la actualidad, donde los niños están más atados a deportes más organizados o al sedentarismo de las maquinitas y de los juegos incorporados a los móviles.

       El saltar uno sobre otros que permanecían agachados era un ejercicio continuo y que formaba parte de numerosísimos juegos. Empezando por el “Periquillo correcalles”  o "Burro corrido" que consistía en hacer una larga cadena, que podían formarla todos los niños que quisieran participar en el juego y que no tenía fin, o mejor escrito, que se acababa cuando se rompía. El que se quedaba, vocablo muy utilizado en muchos de ellos, tenía que agacharse el primero y sobre él saltaban todos los demás, con la única condición de cada saltador tenía que agacharse a unos dos o tres metros de su salto y sobre sus espaldas se realizaba el salto de todos los otros. Y cuando todos los jugadores habían saltado sobre el de la queda, éste se levantaba y comenzaba su rutina de saltos sobre los que ya los habían hecho y así no se interrumpía la cadena. Teníamos tan trillado este juego que alcanzábamos velocidades tremendas, con lo que se corría el riesgo cuando el número de participantes era numeroso, de a alguno faltarle las fuerzas de tanto salto seguido y terminar por atropellar a otros de los compañeros o terminar sobre sus lomos, derrumbándolo y acompañándolo en la caída al suelo, con lo que tenías que quedarte de potro para el próximo juego, que se reiniciaba después de un corto descanso.


            Le seguía el que conocíamos como “El salto de la papa”. Para este juego se formaban dos equipos por el sistema de echar pie, que consistía en que los dos capitanes, erigidos en tales por propia iniciativa o en calidad de su liderazgo natural u oportunismo de cada momento, se enfrentaban e iban avanzando después de retirarse, colocando al dar sus pasos tocando el talón de cada pie con la punta del otro, hasta que no hubiera espacio para que cupiese completo el pie y entonces el jugador que se encontraba con esta situación, pisaba al otro e introducía el pie de forma lateral, diciendo aquello de: Pisa y cabe o pisa y no cabe en el caso contrario, en el del perdedor. Así, el que ganaba tenía el privilegio de comenzar a elegir, que para este juego era vital que fueran los más fuertes, no sólo en apariencia, y los más pesados y ya paso a explicar el porqué de estas recomendaciones. Un equipo se agachaba, introduciendo cada cual su cabeza entre las piernas del de delante y agarrándose fuertemente a ellas, como en las “touches” del rugby, y todos los componentes del otro equipo tenían que saltar sobre ellos tratando de derrumbarlos. El equipo que enseñaba sus espaldas formaba como un fornido gusano y uno de sus componentes, que hacía de madre se colocaba de cara a los agachados, de pie y pegado a la pared, con el fin de amortiguar algo los golpes, ayudar a que no se cayeran y evitar que el primero de estos con el empuje de los saltos se diera contra aquella. Luego venía el desarrollo del juego. Todos los saltadores, en orden iban montándose sobre las espaldas de los otros y allí comenzaban las trastadas. Los primeros hacían saltos largos para que cupiesen todos; dándose a veces la circunstancias de que algunos de ellos en su ímpetu exagerado o porque tenían cualidades para ello, ya que eran unos verdaderos saltarines,  caían sobre las espaldas de sus mismos compañeros, con lo que el de abajo tenía que soportar el peso de ambos, teniendo que hacer verdaderos esfuerzos por no caerse. Si ocurría esto, es decir, que el equipo se derrumbaba, tenía que volver a ocupar el mismo sitio; por el contrario, si conseguían resistir a la montura de todos sus adversarios durante un tiempo señalado al principio del juego se cambiaban los papeles. Cuando jugábamos los pequeños no había riesgo alguno; pero cuando lo hacían los mayorcitos era algo complicado y raramente no terminaban en discusiones bastante agrias.

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