Lo cierto es que fuimos y
pronto estuvimos envueltos en aquella chiquillada. Nos pusieron en una lado a
los chicos y a las chicas en otro. Bueno, a todas no, porque había dos o tres
que nos dijeron que ya estaban "pilladas", que equivalía a decir que ya salían
con otros jovencitos. Y continuó el gracioso disparate que consistía en que
cada chico debía escoger una chica para salir con ella. Hasta parecía divertido
el juego, ¿verdad? Cuando me llegó el turno, con la crudeza propia de los pocos
años, dije que no me gustaba ninguna de las que quedaban y que desde que
llegué, la única que llamó mi atención fue una de las “pilladas” y bueno era yo
para cambiar de parecer. Me llamaron otra vez loco y algunas cosas más por no
acatar las normas del entretenimiento; pero cuál sería la sorpresa de todas y
la mía también, cuando la niña elegida por mí me aceptó. Marisa se llamaba y
tengo que confesar que me gustó un montón. Como yo además de constante y
cabezota era de los formalitos, nos enrollamos y empezamos a salir juntos. De
las demás parejas me parece recordar que no cuajó ninguna. A los pocos días
todos los demás estaban subidos de nuevo en los árboles y la osadía de las despreciadas
niñas era de tal calibre que volvieron a nuestra plazoleta y desde abajo les
llamaron “maricas” y otros apelativos no tan suaves. Yo, por el contrario, en
esta ocasión me libré de ellos, seguí saliendo con Marisa durante algunos años,
hasta que un día, como ella había crecido como mujer antes que yo como hombre y
necesitó un ejemplar de este género en lugar de un chaval como lo era yo, todo
se acabó.
Algunas veces acudíamos, porque estaba muy cerca de su hogar, a la heladería El Buen Gusto a tomar algunos de sus exquisitos helados y nos atendía un chavalote, más o menos de nuestra edad o quizás más pequeño, que ya conocíamos de antes, porque coincidíamos algunas veces en el Hogar de la Falange, al igual que con su hermano mayor, con el que aún teníamos más contacto. Este chaval tenía un gran inconveniente por aquellos tiempos y era el de haber nacido niña en un cuerpo de niño y aunque a veces quería evitarlo porque en su casa no lo entendían, ello era imposible. Un chico agradable cien por cien, que además contaba con otro riesgo, que el que se juntaba con aquella criatura, por sus innumerables encantos, trato acogedor y siempre educado y un poder de persuasión notable, caía en sus redes y se convertía en algo igual que él. Claro que también podría ser que sólo se juntaran con él los que eran sus semejantes. Los enfados que cogía su hermano mayor, primero de alférez, pues eligió como otros tantos jóvenes de nuestra ciudad la carrera militar ingresando en
Todo ello no quita que aquella heladería fuera una de las mejores de nuestra ciudad y en donde yo degustaba cuando podía y con verdadero deleite sus helados de mantecado, sobre todos, y la horchata de chufa, que me encantaba hasta reventar.
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