domingo, 27 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  55

            Dos purgantes: EL ACEITE DE RICINO Y EL AGUA DE CARABAÑA   ( III )

        Además aquella medicina ejercía también un cierto poder persuasivo. Cómo éramos chicos normales, teníamos días en que no nos gustaba o no teníamos ganas de ir al cole o al Instituto y poníamos múltiples excusas: que nos dolía la cabeza y aparecían las aspirinas; inventábamos toses y nos daban una cucharadita del jarabe que siempre había a mano y que menos mal que casi todos estaban dulzones; dábamos vueltas y vueltas y decíamos que estábamos un poco mareados o señalábamos, tocándonos la frente, que teníamos algo de fiebre y nos ponían el termómetro, descubriéndose inmediatamente que no era cierto porque la fiebre no se podía inventar; nos encogíamos simulando dolor de vientre y gemíamos lastimosamente y aparecía la frase mágica que curaba todos los males inventados, al niño hay que purgarlo. Entonces teníamos dos caminos, el de tragarnos la purga con todas sus consecuencias, cosa que no hicimos nunca, que yo recuerde, pues indudablemente ésta era peor que tragarse todas las horas del colegio, incluso que te preguntaran sin haber estudiado la lección en el Instituto o el acudir a lo más lógico y razonable, no de golpe para que no se te viera el plumero, poquito a poco, de indicar que los males iban desapareciendo, coger la cartera y marcharte a cumplir con tu obligación de colegial. Claro que, con estas tretas podías coger en alguna ocasión, las menos, a los adultos en esos días tontos de los que nadie se libra o en su punto débil y beneficiarte de que te acostaran de nuevo, con la única advertencia de que en ese día uno no se iba a encontrar con la calle como no fuera a través de los cristales de la ventana.

         Te acostabas calentito y feliz en la cama y como no tenías sueño, ya que habías dormido bien y el problema era otro bien diferente, te dedicabas a urdir la estrategia una vez pasado el horario escolar, para lograr convencer a tus mayores acerca de que necesitabas salir a la calle para cualquier fin; incluso, lo que nunca se hacía de buen grado, la solución podía estar en ofrecerte a ir a comprar alfileres u otros artículos a Casa de la Callera, donde seguro que te encontrarías con algún amigo en el camino, que les faltaran a mi madre o a mi tía Carmen.

        Lo curioso es que un día desaparece de nuestras vidas el aceite de ricino, aunque no los empachos ni las purgas. Ello ocurre como prueba evidente de que empezamos a ser mayores y el mencionado aceite ya no nos sirve para nada, según nuestros mayores. Y entonces el contenido de una cuchara sopera es reemplazado por el de todo un vaso del nuevo  purgante, que ya no entraba en el capítulo de las grasas, sino en el del agua, pues se trataba de la que era conocida como de Carabaña, que debía de proceder de algún manantial o preparada en pueblo o zona llamada así y que sabía igual de mal o peor que el ricino.


            Claro que por aquel prurito de sentirnos mayores, cosa que considerábamos como una cierta distinción, no poníamos tantas trabas a la hora de tomarla, ni inventábamos historias; ya que cuando acudíamos a ella es que no estábamos bien y queríamos salir de aquel atolladero y curarnos cuanto antes. De tal manera que incluso nosotros íbamos a coger aquella botella de Carabaña que se guardaba en la parte alta de un armario que teníamos en el comedor, para no dejar esta faena a mi tía, que cada día lógicamente se encontraba más achacosa; aunque ella sí se encargaba de establecer la dosis, que a pesar de sus años para estas cuestiones todavía no le temblaba el pulso.


            Su efecto era el mismo, pero no tan inmediato ni exigente a la hora de la asistencia al excusado, que así también llamaban algunos al retrete, como el anterior. Su sabor era desagradable, pero más llevadero a la hora de tomarla por tratarse de un agua y carecer de la viscosidad propia de los aceites, que te daban la impresión de que se te quedaban pegados a la garganta.

     Después del agua de Carabaña ya no tomábamos la malta ni los caramelos, nos conformábamos con enjuagarnos bien la boca para quitarnos el sabor de ella, ya que el olor no nos molestaba e ingerir posteriormente agua de Yasinem o de Trara, según la época, que nos sabía a gloria.


            El médico seguía sin venir a casa para estos males pasajeros y creo que todos los niños de aquellos años estuvimos familiarizados con las purgas y con los purgantes, especialmente con el aceite de ricino.
          

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