RAZÓN NÚMERO 54
Otro moro muy grande: MUSTAFA
Aquel moro tan grande, cuando salíamos de casa y nos
dábamos de cara con él, nos impresionaba sobremanera. Nos sonreía sin decir
palabra alguna y comenzaba su lenta y pesada ascensión de la escalera, pues
vivía en el segundo piso y no había ascensor. Siempre vestía con chilaba, nunca
lo vi con traje, y era normal que aquella enorme humanidad suya, pues superaba
con creces la centena de kilos y su vestimenta sorprendieran e intimidaran a un
par de chavales que abultaban poco. También nosotros, con los ojos muy
abiertos, le devolvíamos la sonrisa y desaparecíamos inmediatamente de su
vista.
Como era el dueño del inmueble se detenía en
ocasiones a hablar con la señora Dolores en la portería, ya que esta buena y
anciana señora la ocupaba, y su figura se agrandaba aún más, porque aquella
pequeña habitación que aprovechaba el hueco de la escalera tenía una puerta de
acorde con sus dimensiones y de la portera, también mínima, que él no podía
atravesar, quedándose fuera y dándonos la impresión de un enorme oso que la
cubría por completo y que no dejaba entrar ni siquiera el aire en ella, con lo
que ponía en riesgo la siempre quebrada salud de la anciana.
Fiel a sus creencias y costumbres religiosas
practicaba la poligamia y tenía varias esposas al mismo tiempo y siempre la más
jovencita y agraciada era la última; pasando las anteriores a un segundo plano
y a menor cuido personal; como si del rol de esposas, con la llegada de la
nueva, pasaran a sirvientas, con otros papeles a desempeñar a pesar de que
vivían en el mismo hogar. Todo lo anterior también traía consigo la formación
de una familia numerosísima, pues eran muchos los hijos e hijas que le daban
entre todas al gran señor, lo que permitía de paso algunos privilegios a
algunas de ellas con relación a otras y en razón de su fecundidad.
Seguramente tendría otras residencias, pues había
épocas en que no lo veíamos o posiblemente estas ausencias fueran motivadas por
sus extraños y desconocidos negocios, que siempre se vieron envueltos en el
capítulo de lo legendario. Parecía gozar de una excelente posición económica,
no por el lujo que le rodeaba, pues además de ser elegante y cuidadoso en su
vestir no mostraba exageración ni derroche, en contraposición al oro que lucían
sus mujeres o el lujoso, complicado y recargado ropaje de las mismas cuando se
arreglaban; sino porque era el dueño de todos los pisos del portal número 7,que
serían unos quince, y de otros inmuebles repartidos por la ciudad, al igual que
en Marruecos, además de otras rentables ocupaciones, que él sabía bien de que
trataban y que nosotros de pequeño ignorábamos, pero que con el paso de los
años fuimos descubriendo, al igual que el origen de toda su fortuna, que en una
ciudad como la nuestra al final todo terminaba por saberse.

Lo anterior igualmente sería justificado por el
hecho de que no tuvimos relación con sus retoños y no por pertenecer a
creencias diferentes, pues en el mismo portal existían familias judías con
cuyos pequeños establecimos relaciones cordiales de amistad y valga como
ejemplo el caso de Mosi; sino porque seguro que aquellos crecieron en otros
lugares y aquella vivienda de Teniente Coronel Seguí sólo sería una residencia
coyuntural, de paso. Y es que por mucho que lo intento, así como me vienen a la
memoria algunas de sus esposas, pesadas como él y de caminar arrastrando las
babuchas o descalzas en su entorno inmediato, no consigo traer a ella a ninguna
de sus criaturas, a no ser la de una de sus hijas, que creo que se llamaba
Fátima, porque cuando la obligaron a casarse se vino a vivir a la casa cuya
puerta era la contigua a la nuestra.
Lo de que la obligaron a casarse con el que ella no
quería en principio y que para nosotros podía ser algo que llamase nuestra
atención, para ellos era algo habitual. Y es que cuando una comunidad, la que
sea, en minoría convive con otra dominante, en ocasiones se va acomodando a
muchas de las costumbres de esta última; pero en otras permanecen fieles a sus
hábitos y tradiciones. Así el matrimonio entre musulmanes respondía a veces a
un acuerdo entre sus progenitores y tenía mucho que ver con las dotes aportadas
al mismo, principalmente por parte del macho para poder llevarse a la hembra.
El que la novia vistiera de blanco y de largo, que se pasearan por la ciudad en
coches haciendo sonar el claxon o la celebración en un lujoso restaurante, sería
algo común con las nuestras; pero en lo anterior estaban bien lejos de nuestras
costumbres y de nuestro sacramento cristiano.

Aquel casamiento de Fátima fue extraño para
nosotros. Sabíamos que andaba de novia con un chico de su religión, joven como ella
y que se llevaban muy bien. Vamos, que se les veía enamorados. De pronto, la
alegría de aquella jovencita se truncó y el llanto se le hizo compañero
inseparable de viaje, lloraba y lloraba de día y de noche, a todas horas. ¿A
qué se debería el cambio tan brusco que se produjo en ella? Se cruzaba con
nosotros y bajaba su cabeza; antes y como hacía su padre, nos sonreía. En la
portería se encerraba con la buena Dolores y no cesaba su llanto. Era guapa y
vistosa la moza, simpática y antes hablaba con todo el mundo. Pronto
descubrimos el motivo de su quebranto: en su relación, por amor, con aquel
jovencito de hacía algunos años, se interpuso otro hombre, algo mayor que ella
y sobre todo, más poderoso económicamente que el anterior. Me parece que era
uno de los mayores cambistas de dinero de la ciudad, de aquellos que merodeaban
las cercanías de la Avenida,
junto a varios bancos y que manejaban con astucia el cambio de monedas de
distintos países, especialmente los “dirhans” marroquíes, a tanto visitante del
país vecino, de forma rápida y siempre obteniendo claros beneficios de estas
transacciones. Prendado de la bella jovencita, como si de un cuento se tratara,
apostó fuerte el pretendiente y Mustafa, que siempre se había movido alrededor
de los negocios y que el matrimonio no iba a constituir una excepción, aceptó
la oferta, a pesar del continuo llorar y dolor de su hija, porque eso era lo
que había y lo que él había conocido siempre, a lo que añadía su sabiduría de
hombre ya mayor de que el tiempo lo curaba todo. Y así ocurrió, pasó el tiempo
y Fátima fue cambiando el llanto por criaturas, su lloro por una prole que se
veía aumentada por años. Con el paso de los días se le fue olvidando su primer
y verdadero amor y parecía hasta feliz con el hombre que la compró y con la
llegada de tantos hijos que alborotaban a todas horas y que seguramente no la
dejaban pensar en otras cuestiones pasadas. Volvió a sonreírnos y a hablarnos
como antaño, como si nada hubiera pasado; al igual que sus pequeños que eran
inquietos y juguetones como ellos solos, dedicándose alguna que otra vez en sus
travesuras a llamar a nuestra puerta, que se encontraba a menos de medio metro
de la suya y esconderse en su casa. Cuando salíamos a abrir, después de
recorrer nuestro largo pasillo, no encontrábamos a nadie; pero oíamos las risas
infantiles de aquellos diablillos en el otro lado de la puerta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario