RAZÓN NÚMERO 56
Un hebreo muy reconocido e importante: YAMÍN BENARROCH
Otros niños no tuvieron la suerte de vivir en una
ciudad como la nuestra, que te permitía el contar entre tus amigos con personas
de otras creencias religiosas, lo que te daba la posibilidad de crecer en esta
cuestión tan compleja como es la fe con una visión más amplia, que podía
generar hasta inconscientemente una mayor apertura de tu mente en este tema y
que la naturalidad acompañara a todo este tipo de relaciones.
Ya reflejé en otros apartados ese afán nuestro de
evangelizar con nuestros escasos años y cortas luces, a varios musulmanes; por
supuesto, sin éxito alguno. Sin embargo, con los hebreos nunca lo intentamos,
porque ellos tenían muy claras sus cosas y curiosamente, a pesar de ser niños,
nosotros también.
Tuvimos muy buenos amigos hebreos, de los que
hablaré a continuación; pero su comunidad, dentro de nuestra ciudad, fue de las
más cerradas; sobre todo, en el aspecto de conservación con excesiva fidelidad
sus costumbres y tradiciones y no me refiero a sus relaciones sociales, que
generalmente fueron cordiales siempre con el resto de la población melillense;
entre otras cosas, porque eran los que manejaban por aquellos años la mayoría
del comercio de nuestra Melilla y vivían de ese público.
Uno de nuestros mejores amigos de la infancia fue Moisés, al que llamábamos para abreviar “Mosi” y que vivía en el último piso de nuestro portal. Con él compartíamos juegos y hasta meriendas. Posiblemente, bajaría más a nuestra casa, por estar en la planta baja, que nosotros subiríamos a la suya, ya que aquello de su cuarto piso, sin ascensor, y en inmuebles de techos tan altos, constituía una auténtica escalada; que dicho sea de paso, tampoco nos resultaba problemática, porque éramos chavales y nos sobraban energías para regalar. La prueba más evidente de esto último era el hecho de que nos encantase subir hasta un poco más arriba, sin permiso de nuestros mayores ni de la portera, a la azotea para corretear en ella, molestando a los inquilinos de la última planta, en donde él vivía, y para divisar panorámicas extraordinarias del Parque Hernández, la calle General Mola, del barrio Obrero, de
Con Mosi intercambiamos, llegadas nuestras fiestas
principales, las de ambas religiones, productos característicos de ellas.
Nosotros aportábamos las monas de Pascua o los polvorones y mazapanes de
Navidad y él nos deleitaba con sus galletas aplastadas, ácimas porque no usaban
levadura y también sin sal, grandes y con agujeritos, muy parecidas a las
“regañás” nuestras.
Con este buen amigo me ocurrieron dos anécdotas, ya de mayor, bastante divertidas. Mosi, con toda su familia y para seguir con ese sino de su pueblo, un día hacen sus maletas y buscan otras tierras donde asentarse. Ellos no dirigen sus pasos al naciente Israel, como hace una gran parte de los judíos de nuestra ciudad, sino que emprenden su marcha hacia Francia, instalándose en París. Tendría más o menos unos catorce o quince años cuando se marcharon, pasan los años y dejamos de tener noticias de él.
Un atardecer, cercano ya a la noche, cuando las
farolas de la calle están recién encendidas, cuando ya han pasado muchos años,
una pareja se acerca a nuestro ventanal, que está abierto y con las persianas
bajadas casi en su mitad, costumbre que teníamos cuando se aproximaba el buen
tiempo y con el fin de gozar de la calle desde dentro y el varón pregunta si le
conocemos. La cara de mi hermano es de perplejidad porque no reconoce a aquella persona. Sin embargo, yo,
como si se hubiera producido una comunicación mental o porque aquel rostro a pesar
del cambio sufrido por el paso del tiempo me resultara fácil de reconocer, con
la mayor naturalidad del mundo, como si del día anterior de su marcha se
tratara, le digo: “Tú eres Mosi”. Y la sorpresa se la lleva él y su
acompañante, que era su esposa; ya que jugando con ventaja quiso sorprendernos
y con mi rápida respuesta la impresión se la llevaron ellos.
Unos treinta años más tarde, donde los cambios se acentúan mucho más, lógicamente, en viaje a Málaga para recoger a uno de mis hijos y a dos sobrinos, hijos de mi hermano mellizo, que han pasado unos días en Melilla, decidimos acercarnos a La Carihuela a comer. Al terminar y deseando emprender la marcha hacia Sevilla, en la misma puerta del restaurante, una persona se levanta de una de las mesas del exterior y me detiene con su brazo en alto y me pregunta con descaro: ¿Tú eres Pepe o Clemente? Señal inequívoca de que nos conoce y bien a ambos, aunque no nos distingue por aquello de ser mellizos. Mientras los demás siguen caminando hacia los coches por el paseo marítimo, aquel desconocido me interroga, dándome pistas al mismo tiempo de sus conocimientos hacia mi persona y me habla sin perder su sonrisa y con la complicidad de una señora que le acompaña y que permanece sentada en torno a la mesa donde han degustado las exquisiteces del lugar, de Melilla, del Parque Hernández, de la calle Teniente Coronel Seguí, cerrándome cada vez más el círculo, y continúa con la plazoleta, con el portal siete, con la planta baja... Y de pronto, otro fogonazo y me encuentro por segunda vez con Mosi. Con las lágrimas a punto de brotar en mis ojos le abrazo ante la mirada atónita de mis acompañantes, que esperan en la lejanía y que han visto como después de conversar con un extraño he terminado abrazándolo y besando a su mujer que le acompañaba. Hago gestos, especialmente a Clemente, para que se acerque y goce también del imprevisto encuentro. Residían en sus vacaciones en Benalmádena y aquel día fueron a comer como nosotros a
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