domingo, 20 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES

 
            RAZÓN  NÚMERO  52

            Una colección: LOS ENVOLTORIOS DE LOS MANTECADOS Y POLVORONES  ( III )

        Lo mismo nos ocurría con los botones, que igualmente los utilizábamos para nuestros partidos de fútbol que celebrábamos en el liso suelo de los portales, hasta que por nuestras voces nos echaban los porteros, y en especial en aquellos bancos sin respaldo que existían en la calle General Mola, y en donde con tiza hasta marcábamos las líneas de juego y algunos manitas se atrevían a hacer hasta porterías.

         Cuando llegaban nuestras fiestas de septiembre se reavivaba nuestra colección de botellines, que conseguíamos en las casetas de tiro, al romper las cintas de colores de serpentinas o los palillos de dientes o al acertar en el centro de la diana que abría una puertecita por donde asomaba el premio. Colección que pasadas las fiestas perdía todo el interés.


            Hacíamos colección de las múltiples imágenes que reproducían los recortables y que iban desapareciendo por el uso o cuando llegaba la hora de limpieza general.

     No faltaban, en especial entre las chicas, los aficionados a guardar diferentes modelos de hojas aplastadas entre las homónimas de los libros, al igual que los sépalos y pétalos de las flores. Eran también las componentes del sexo femenino las que reunían toda clase de abalorios: bolitas de todos los colores y agujereadas, para construir collares, pulseras u otros adornos; lentejuelas brillantes para adornar las prendas de sus muñecas, recortables con todo tipo de vestidos y complementos para cada temporada...

        Los amigos del mar se ocupaban de guardar conchas y caracolas.

      Y finalmente, entre tal abanico de objetos, existía uno de ningún valor material, aunque de gran estimación entre los chicos cuando llegaba el tiempo de la Navidad. Pienso que se unían muchos factores que facilitaban este hecho, era periodo vacacional, la fiesta en sí misma no estaba exenta de numerosos atractivos y coincidían con días de mucho comer, sin olvidarse en este último aspecto la llegada de muchos dulces que no eran frecuentes en otras épocas del año, y me refiero en concreto a la aparición de los mantecados y los polvorones. Así que después de desenvolver el papel para degustarlos, nos entreteníamos en alisarlo con sumo cuidado para que no se estropeara y se viera con claridad la marca de los dulces, que nunca faltaba y que procedían en su mayoría de las múltiples fábricas de la localidad sevillana de Estepa. Como en cada casa se consumían ejemplares diferentes era fácil cambiarlos, pensando lógicamente que todos tendrían repetidos para este ejercicio.

        Todo esto me lleva a pensar que no siempre lo más caro o de gran valor económico era lo que nos atraía más, que un simple papel casi de seda, impreso con colores tenues y poco llamativos, arrugado y desarrugado y  hasta con algunas macas nos hacía felices y podía convertirse en su conjunto con otros de su misma especie en un pequeño tesoro.

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