RAZÓN NÚMERO 52
Una colección: LOS ENVOLTORIOS DE LOS MANTECADOS Y POLVORONES ( III )
Lo mismo nos ocurría con los
botones, que igualmente los utilizábamos para nuestros partidos de fútbol que
celebrábamos en el liso suelo de los portales, hasta que por nuestras voces nos
echaban los porteros, y en especial en aquellos bancos sin respaldo que
existían en la calle General Mola, y en donde con tiza hasta marcábamos las
líneas de juego y algunos manitas se atrevían a hacer hasta porterías.
Cuando llegaban nuestras
fiestas de septiembre se reavivaba nuestra colección de botellines, que
conseguíamos en las casetas de tiro, al romper las cintas de colores de
serpentinas o los palillos de dientes o al acertar en el centro de la diana que
abría una puertecita por donde asomaba el premio. Colección que pasadas las
fiestas perdía todo el interés.
Hacíamos colección de las
múltiples imágenes que reproducían los recortables y que iban desapareciendo
por el uso o cuando llegaba la hora de limpieza general.
No faltaban, en especial
entre las chicas, los aficionados a guardar diferentes modelos de hojas
aplastadas entre las homónimas de los libros, al igual que los sépalos y
pétalos de las flores. Eran también las componentes del sexo femenino las que
reunían toda clase de abalorios: bolitas de todos los colores y agujereadas,
para construir collares, pulseras u otros adornos; lentejuelas brillantes para
adornar las prendas de sus muñecas, recortables con todo tipo de vestidos y
complementos para cada temporada...
Los amigos del mar se
ocupaban de guardar conchas y caracolas.
Y finalmente, entre tal abanico de objetos, existía
uno de ningún valor material, aunque de gran estimación entre los chicos cuando
llegaba el tiempo de la Navidad. Pienso que se unían muchos factores que
facilitaban este hecho, era periodo vacacional, la fiesta en sí misma no estaba
exenta de numerosos atractivos y coincidían con días de mucho comer, sin
olvidarse en este último aspecto la llegada de muchos dulces que no eran
frecuentes en otras épocas del año, y me refiero en concreto a la aparición de
los mantecados y los polvorones. Así que después de desenvolver el papel para
degustarlos, nos entreteníamos en alisarlo con sumo cuidado para que no se
estropeara y se viera con claridad la marca de los dulces, que nunca faltaba y
que procedían en su mayoría de las múltiples fábricas de la localidad sevillana
de Estepa. Como en cada casa se consumían ejemplares diferentes era fácil
cambiarlos, pensando lógicamente que todos tendrían repetidos para este
ejercicio.

Todo esto me lleva a pensar que no siempre lo más
caro o de gran valor económico era lo que nos atraía más, que un simple papel
casi de seda, impreso con colores tenues y poco llamativos, arrugado y
desarrugado y hasta con algunas macas
nos hacía felices y podía convertirse en su conjunto con otros de su misma
especie en un pequeño tesoro.
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