martes, 29 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA,, LUGARES, COSAS, PERSONAJES

 
            RAZÓN  NÚMERO  56

            Un hebreo importante y reconocido:  YAMÍN BENARROCH    ( II )

        Otro hebreo que recuerdo de aquella época es a Benguigui. Jugábamos muchas veces juntos a baloncesto y voleibol en el campo de Bandera de Marruecos y formaba parte del equipo del Instituto de básquet. Su familia tenía una tienda de artículos de regalos y relojes y desde muy pequeño tomaba parte en el comercio. Por cuestiones deportivas nos desplazamos a la Península en varias ocasiones y recuerdo que cuando llegábamos al lugar de la competición, en el mismo albergue o residencia donde nos concentraban a los participantes, abría su personal “Mantelete” y continuaba con su negocio, que además era lo que llevaba en la sangre, obteniendo buenos beneficios a pesar de ser todavía un chaval. Convirtiéndonos incluso nosotros en estupendos colaboradores del mismo, buscándole clientes y pregonando las excelencias de sus artículos en calidad y baratura, a cambio de nada, y sólo por el hecho de ser nuestro amigo y compañero de viaje.


            Muchos de aquellos hebreos, más compañeros de estudio que amigos, desaparecieron de nuestra ciudad cuando se marcharon en familia a repoblar Israel, a empezar una nueva vida llena de incertidumbres y esperanzas. Algunos, recién terminados sus estudios universitarios, emprendieron la aventura de establecerse en los quibús, sus comunas, porque en aquel país casi todo estaba por hacer. A los Chocrón, Belilty, Thruman, Benguigui, Benarroch, Salama, etc., se les presentó la oportunidad de dejar de ser, como pueblo, apátridas. Unos siguieron aquella especial llamada, dejando todo lo que tenían para comenzar vidas nuevas; en tanto que otros, habían encontrado su hogar en nuestra Melilla y en ella pasarían el resto de su existencia, sin renunciar a nada; ya que en Melilla tenían todo lo que necesitaban para llegado el tiempo de su último viaje alcanzar su paraíso.

         Hebreas también eran dos hermanas que fueron mis profesoras en un verano aciago en el que tuve que prepararme mejor para superar los cates de junio, de las que guardo un gratísimo recuerdo y de las que curiosamente conservo en mi memoria perfectamente sus rostros, su afabilidad, su saber enseñar, despertando en tan poco tiempo en mí verdaderas inquietudes en torno al estudio y sin embargo, no sus nombres.

        Existían diferentes hechos que demostraban la peculiaridad de esta comunidad en nuestra ciudad. Aunque era cierto y me reafirmo de que nuestra relación con los miembros de la misma era igual que si no lo hubieran sido, tampoco puedo negar la existencia de grupos que sólo buscaban relacionarse entre ellos y que hasta escogían para sus juegos lugares distintos, como la acera grande del Parque Hernández, desde su entrada principal, enfrente de la Agencia Minerva, hacia la Plaza de España, en la calle Teniente Coronel Seguí.


            Otras de estas diferencias consistían en la no existencia de relaciones de noviazgo con miembros de otras religiones; así como el respeto a su sábado y a sus grandes fiestas, a esos días en que no podían ni encender las luces, ni cocinar, ni realizar ningún tipo de trabajo manual o aquellos otros en que sentaban en su mesa a algún pobre o desheredado, tarea que resultaría en ocasiones difícil de conseguir porque entre ellos no reinaba precisamente la pobreza. Eran escrupulosos en el cumplimiento de su liturgia, celebrada en sus sinagogas y llamaba nuestra atención la vestimenta, siempre de negro,  y el aspecto de sus rabinos. Y todo lo anterior con el soporte educativo de un colegio propio, situado en la calle General Mola, pasada la Cruz de los Caídos, en las cercanías de los lugares habituales de nuestros juegos y al que siempre lo vimos encerrado en el misterio, porque nunca llegamos a penetrar en él; ignorando si es que estaba prohibida la entrada a los cristianos o porque el edificio, sin ningún atractivo, no despertaba nuestro interés ni la más mínima curiosidad. Aquel colegio hispano-israelí, que se llamaba “Talmud Torá”, sí que nos parecía algo siniestro, en el sentido de que no veíamos en él la algarabía y bullicio propios de todos los centros infantiles; aunque pudieran éstos existir en su patio interior en horas que no coincidían con las que nosotros nos encontrábamos en sus cercanía. Las entradas y salidas no eran tampoco masivas, a pesar de que la comunidad hebrea contaba con un importante número, que superaba con creces el millar de individuos. Además de que muchos de los chavales hebreos asistían a los distintos centros de la ciudad y especialmente a La Salle y al Instituto. Posiblemente fuera más un centro donde podían reunirse en horario extraescolar y dedicado a su formación espiritual y para el ocio, para mantener sus costumbres y tradiciones.


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