RAZÓN NÚMERO 56
Un hebreo importante y reconocido: YAMÍN BENARROCH ( II )
Otro hebreo que recuerdo de aquella época es a
Benguigui. Jugábamos muchas veces juntos a baloncesto y voleibol en el campo de
Bandera de Marruecos y formaba parte del equipo del Instituto de básquet. Su
familia tenía una tienda de artículos de regalos y relojes y desde muy pequeño
tomaba parte en el comercio. Por cuestiones deportivas nos desplazamos a la Península en varias
ocasiones y recuerdo que cuando llegábamos al lugar de la competición, en el
mismo albergue o residencia donde nos concentraban a los participantes, abría
su personal “Mantelete” y continuaba con su negocio, que además era lo que
llevaba en la sangre, obteniendo buenos beneficios a pesar de ser todavía un
chaval. Convirtiéndonos incluso nosotros en estupendos colaboradores del mismo,
buscándole clientes y pregonando las excelencias de sus artículos en calidad y
baratura, a cambio de nada, y sólo por el hecho de ser nuestro amigo y
compañero de viaje.

Muchos de aquellos hebreos, más compañeros de
estudio que amigos, desaparecieron de nuestra ciudad cuando se marcharon en
familia a repoblar Israel, a empezar una nueva vida llena de incertidumbres y
esperanzas. Algunos, recién terminados sus estudios universitarios, emprendieron
la aventura de establecerse en los quibús, sus comunas, porque en aquel país
casi todo estaba por hacer. A los Chocrón, Belilty, Thruman, Benguigui,
Benarroch, Salama, etc., se les presentó la oportunidad de dejar de ser, como
pueblo, apátridas. Unos siguieron aquella especial llamada, dejando todo lo que
tenían para comenzar vidas nuevas; en tanto que otros, habían encontrado su
hogar en nuestra Melilla y en ella pasarían el resto de su existencia, sin
renunciar a nada; ya que en Melilla tenían todo lo que necesitaban para llegado
el tiempo de su último viaje alcanzar su paraíso.
Hebreas también eran dos hermanas que fueron mis
profesoras en un verano aciago en el que tuve que prepararme mejor para superar
los cates de junio, de las que guardo un gratísimo recuerdo y de las que
curiosamente conservo en mi memoria perfectamente sus rostros, su afabilidad,
su saber enseñar, despertando en tan poco tiempo en mí verdaderas inquietudes
en torno al estudio y sin embargo, no sus nombres.
Existían diferentes hechos que demostraban la
peculiaridad de esta comunidad en nuestra ciudad. Aunque era cierto y me
reafirmo de que nuestra relación con los miembros de la misma era igual que si
no lo hubieran sido, tampoco puedo negar la existencia de grupos que sólo
buscaban relacionarse entre ellos y que hasta escogían para sus juegos lugares
distintos, como la acera grande del Parque Hernández, desde su entrada
principal, enfrente de la
Agencia Minerva, hacia la Plaza de España, en la calle Teniente Coronel
Seguí.

Otras de estas diferencias consistían en la no
existencia de relaciones de noviazgo con miembros de otras religiones; así como
el respeto a su sábado y a sus grandes fiestas, a esos días en que no podían ni
encender las luces, ni cocinar, ni realizar ningún tipo de trabajo manual o
aquellos otros en que sentaban en su mesa a algún pobre o desheredado, tarea
que resultaría en ocasiones difícil de conseguir porque entre ellos no reinaba
precisamente la pobreza. Eran escrupulosos en el cumplimiento de su liturgia,
celebrada en sus sinagogas y llamaba nuestra atención la vestimenta, siempre de
negro, y el aspecto de sus rabinos. Y
todo lo anterior con el soporte educativo de un colegio propio, situado en la
calle General Mola, pasada la
Cruz de los Caídos, en las cercanías de los lugares
habituales de nuestros juegos y al que siempre lo vimos encerrado en el
misterio, porque nunca llegamos a penetrar en él; ignorando si es que estaba
prohibida la entrada a los cristianos o porque el edificio, sin ningún
atractivo, no despertaba nuestro interés ni la más mínima curiosidad. Aquel
colegio hispano-israelí, que se llamaba “Talmud Torá”, sí que nos parecía algo
siniestro, en el sentido de que no veíamos en él la algarabía y bullicio
propios de todos los centros infantiles; aunque pudieran éstos existir en su
patio interior en horas que no coincidían con las que nosotros nos
encontrábamos en sus cercanía. Las entradas y salidas no eran tampoco masivas,
a pesar de que la comunidad hebrea contaba con un importante número, que
superaba con creces el millar de individuos. Además de que muchos de los
chavales hebreos asistían a los distintos centros de la ciudad y especialmente
a La Salle y al
Instituto. Posiblemente fuera más un centro donde podían reunirse en horario
extraescolar y dedicado a su formación espiritual y para el ocio, para mantener
sus costumbres y tradiciones.
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