Lógicamente, aquella planta arborescente de grandes
hojas por culpa de sus semillas, que eran las que se usaban como purgante,
tenía muy mala prensa entre la gente menuda glotona y sin embargo, era
estupenda para los adultos que la recomendaban y aplicaban en nosotros y que
nunca la probaban, en razón y estos eran sus argumentos fundamentales, de que
nos dejaban como nuevos y muy limpios por dentro.
Esa noche no dormíamos, más que por el empacho, porque al amanecer nos íbamos a encontrar con mi tía Carmen inapelablemente y con aquel botecito que contenía el aceite de ricino en una mano y con una cuchara sopera, de las grandes, en la otra.
La liturgia del acto era harto complicada. Allí no valía aquello de llegar y topar, que hubiera sido lo más natural y menos penoso; sino que comenzaba por nuestra parte la ceremonia del tira y afloja. La frase más repetida y acompañada de nuestras manos en señal del stop, era: ¡Espera un momento, tía! Y de nada servían aquellos parones, pues a ella no la cansaba nadie, porque sabía mejor que nosotros que todo era cuestión de tiempo.
Repasábamos si estaban todos los preparativos sobre la mesa unas veces. Allí estaba el tazón de malta y los terrones de azúcar para endulzarla, al igual que aquellos caramelos en forma de gajos de naranja para tomarlos después y con ellos quitarnos el mal sabor de boca, al que atribuíamos el apelativo de asqueroso y que te duraba todo el día. Ensayábamos el taparnos la nariz varias veces para que su nauseabundo olor y tan penetrante no se introdujera en ella; pero es que el maldito estaba ya metido en nuestro cerebro desde la primera vez que oíamos su nombre.
El resultado de la repugnante pócima era inmediato y al rato estábamos evacuando toda la causa de nuestra dolencia. Lo peor es que durante todo el día no podíamos estar muy lejanos del retrete, ya que las ganas aparecían de forma continua y repetida; además de que en aquella jornada estabas en ayunas, sin probar bocado alguno. Con tanto desaguar, porque todo lo que echábamos era un pestilente líquido, claro que te quedabas limpio.
Y en los días siguientes atados a lo que los mayores y doctores llamaban dietas blandas, pasando más hambre, como dice mi amigo Alfonso el de la botica, que un caracol en una pita. Un arroz en blanco, por ejemplo, para estreñir y una pescada hervida que no sabía a nada y mientras tanto, nosotros acordándonos de los cocidos con sus correspondientes “pringás” e incluso de aquellos chuscos y el chocolate arenoso de la merienda. Menos mal que el tiempo pasaba rápido y se volvía pronto a la normalidad y se te olvidaba la purga y el ricino, ya que existían otros alicientes en la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario