sábado, 19 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA. LUGARES, COSAS, PERSONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  52

            Una colección: LOS ENVOLTORIOS DE MANTECADOS Y DE POLVORONES  ( II ) 

            Las niñas encontraban un sustituto a nuestras estampas en sus cromos, que igualmente presentaban una gran riqueza de motivos, sin que faltaran muñecas, animalitos, flores, cacharritos..., que compraban sueltos o en láminas, todas perfectamente troqueladas y que normalmente guardaban en cajitas de lata y que además de intercambiarlos como nosotros servían para su juego preferido, que consistía en apostarlos y tratar de darl la vuelta a los que en principio eran puestos bocabajo y sólo se veía el color blanco del papel, golpeándolos en hueco con las palmas de las manos.


            No faltaban niños precoces, serios coleccionistas de sellos o monedas; sobre todo, si en sus familiares cercanos o sus mismos progenitores eran filatélicos o numismáticos.

         Se coleccionaban bolas, que así llamábamos a las canicas, en sus diferentes materiales: de barro, de cristal liso o veteado con colores, de plomo y de hierro, a los que llamábamos bolones, sirviendo éstas para multitud de juegos, tales como el Bolazo o matar, la Cuarta, el Hoyo, la Olla, etc., a través de los cuales nos jugábamos las mismas o las estampas repes.

         Y ya que hablo de nuevo de las estampas existía un juego muy simple con ellas que nos encantaba, en especial si ganábamos. Consistía en apoyar una de ellas en la pared y dejarla caer libremente hasta el suelo; los siguientes jugadores hacían lo propio y el premio se obtenía cuando una estampa tocaba a otra, recuperando así la suya y la pisada; continuando el juego hasta que no quedara ninguna en el suelo.

         Como no era material tan habitual como en la actualidad, coleccionábamos como algo muy preciado el papel plateado que envolvía a los chocolates de marca o que se encontraban en el interior de algunas cajetillas de tabaco de las caras, de los paquetes de rubio americano que empezaban a aparecer. Luego lo utilizábamos para simular los ríos o charcas de nuestro Nacimiento o para fabricar miniaturas de copas como las que ganaban casi siempre los leones de San Mamés del Atlético de Bilbao, que por aquellos años tenían más simpatizantes que el Barcelona o el Real Madrid.


            Curiosamente y aunque no fumábamos todavía, coleccionábamos las carteritas vacías que contenían en su origen los papelillos de fumar. Era época en que se fumaba mucha picadura, tabaco suelto que se guardaba en petacas de cuero y el fumador estaba obligado a elaborar su cigarro, depositando aquella sobre el papel blanco y fino de fumar y liándolo, sin olvidar de echar saliva en el borde para que se pegara, tomando la forma cilíndrica habitual y doblando uno de los extremos para que no se cayera el tabaco. Aún recuerdo algunos de los diferentes dibujos de aquellas carteritas, especialmente ajedrezados y entre los que destacaba la firma Smoking. 
Guardábamos incluso los envoltorios con marca de los caramelos.

        El capítulo de las chapas, tapones metálicos de las botellas, era también muy variable e interesante y los usábamos para distintos juegos. Servían para hacer equipos de fútbol, a las que pegábamos dibujos de camisetas y pantalones con los colores de los equipos importantes de la liga española y jugar partidos usando como balón un mismo garbanzo y empujándolas con los dedos, dándoles lo que llamábamos chiclazos; también para echar carreras en circuitos que nosotros mismos dibujábamos en el suelo o para aplastarlas y colocarlas en un extremo de las cuerdas con las que bailábamos los trompos y que denominábamos chambel.

           

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