Siendo un niño algo tragoncete, que jugaba con mi
hermano mellizo al rebañeo para ver quien de los dos dejaba los platos más
limpios, que hasta mi tía Carmen decía que ya no era necesario lavarlos, parece
lógico y normal que no me viese privado de algún que otro empacho, que iba
acompañado de vomiteras, de dolores de tripa, de mal sabor en la boca y hasta
de verdaderas ansias de comer más y a todas horas.
Era también de aquellos niños que originaba frases por parte de mi madre, tales como: ¡Siempre llenas el ojo antes que la tripa! Porque tenía la costumbre de todo parecerme poco. Luego, cuando ya no podía más y quedaba algo de comida en el plato o en la fuente, me apostillaban y con razón: ¡No te lo decíamos! Y yo tenía que reconocer que me habían echado demasiado y que estaba lleno.
Igualmente era de los que entraba de vez en cuando en el apartado de las repeticiones. Cuando algún guiso me gustaba en calidad, le aplicaba en el mismo trato anterior de la cantidad y preguntaba con descaro si se podía repetir. Como tengo que confesar que a la hora de comer en casa no había miserias pasados aquellos primeros años de la cercanía a la guerra en el sentido de la abundancia de los guisos que se preparaban, dentro de la modestia de nuestra situación económica, que también decían nuestros mayores para justificar lo anterior que más valía gastar en comida que en medicina, sí que se podía repetir; al igual que cuando algo no nos agradaba, que pocas cosas entraban en este capítulo porque teníamos buen jamar, nos hacíamos los remolones, le dábamos muchas vueltas y terminábamos con los achaques de que ese día no teníamos demasiadas ganas o nos empezaba a doler el vientre de momento. Aunque, si lo que seguía era de nuestro gusto, desaparecían las inapetencias y los dolores de tripa por arte de magia.
Si a todo lo anterior unimos que al médico no se acudía con la facilidad de ahora, que uno tenía que estar muy apretadillo para llamarlo o ser llevado a su consulta y lo mismo que nuestras madres daban a luz en las casas, si no existía complicación grave, daba la impresión en ellas de que estaban preparadas para solucionar de forma casera estos problemas culinarios que se presentaban con cierta frecuencia y que tenían distintas motivaciones, muchas de ellas ajenas incluso a la realidad patológica. Como además, las medidas empleadas, aún no siendo necesarias en realidad, tampoco eran dañinas, pues adelante con ellas; que una limpieza del aparato digestivo, como la revisión rutinaria que se hace a los vehículos cada equis kilómetros o cuando vas a emprender un viaje, nunca venía mal y menos a jovencitos, como yo, que a la hora de comer pecaba más de exceso que por defecto.
El remedio casero y habitual para los niños de mi
tiempo era el de la purga. Vamos, que cuando empezabas a quejarte, porque de
verdad te dolía la tripa y oías que mi tía Carmen le decía a mi madre, sin
miramientos ni reservas, que al niño había que purgarlo, se te ponían las
orejas tiesas y señalabas inmediatamente que ya estabas un poquito mejor, sólo
un poquito. Pero como de verdad te molestaba y se te cambiaba el color del
rostro y sentías retortijones en el estómago o en el abdomen y mi tía sabía de
estos síntomas y de enfermedades de este tipo tanto como el médico, llegado el
caso no te libraban de la purga ni las Hermanitas de
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