martes, 22 de septiembre de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PESONAJES


            RAZÓN  NÚMERO  53

            Un personaje curioso: EL MORO DE LA PESETA   ( II )

        Personaje muy conocido en la ciudad y objetivo de muchas bromas. Cuando aparecía junto a un tercio, cualquiera era bueno para tentarlo con otras monedas e incluso con billetes de mayor cuantía que la extinta peseta, que él nunca aceptaba sin perder la sonrisa. Había hasta quienes arriesgaban billetes de cien o de mil pesetas, pero sin éxito, para fortuna de su baladronada. Él tenía muy bien aprendida su lección, nunca aceptaba más cantidad porque sabía que el día que lo hiciera se acabaría su historia, su boyante negocio. Pues lo mismo que se transmitía su forma de actuar, que se repetía continuamente y hasta la saciedad, en un sentido negativo correría el que había elevado su tarifa o había roto su costumbre, lamentándolo principalmente  aquel al que le birlaron su billete, que ya se encargaría él de difundirlo. Su negocio estaba en mantenerse firme, en no caer en la tentación, pues todas aquellas reuniones terminaban en que todos sin excepción al final le daban la peseta.

                                 

            Muchas veces no tenía necesidad  ni de acercarse a pedir, requerían su presencia para probarlo y él se dejaba querer con aquella cara de infeliz para agradar y que encerraba también y con seguridad, un mucho de ironía, del triunfo de su sagacidad contra la estupidez de los que se creían estar por encima de él. Así reunía cada jornada montones de pesetas, porque él sabía estupendamente dónde acudir y a quiénes acercarse. El día era largo y daba para muchas peticiones, en su mayoría correspondidas por su misma fama. Como no tenía otras obligaciones con las que cumplir y su objetivo era el conseguir cuántas más pesetas mejor, todo su tiempo lo dedicaba a ello, recorriendo toda la ciudad, que por no perderlo era hasta parco y sobrio en el comer y más aún en el beber, a excepción del agua fresca de las fuentes o la que demandaba en bares donde ejercía su mendicidad, que era celebrada y hasta consentida, encontrando entre los camareros muchos cómplices al difundir el motivo de su fama entre la clientela de sus barras.Como sus gastos eran casi nulos o escasos y los ingresos, peseta a peseta, sustanciosos, la gente pensaría cuál sería su destino; porque él no descansaba ni festivos, ni domingos, ni su viernes de oración y de la liturgia mahometana, nunca, y su aspecto no cambiaba.

        Llegó el día en que desapareció, ya que nadie se libra de la señora de la guadaña y la muerte, a la que no pudo pedirle su última peseta, le vino a buscar, llevándoselo con el solo disfrute de guardar y guardar, de contar y contar si es que sabía hacerlo, del ruido de las monedas al golpear unas con otras y pasearse entre sus manos, que no debería ser poco goce y comenzó la leyenda.Decían y ello corrió por la ciudad como la pólvora, que se encontraron en su covacha, casi cochinera por su suciedad y olor nauseabundo, hecha de adobe, un durísimo colchón repleto de pesetas, miles y miles, millones...

         Qué terrible incomodidad la de semejante lecho para el ajeno, pero que para él sería gozar del paraíso!Incluso se llegó a rumorear que tenía importantes cuentas en los bancos de nuestra ciudad y que fueron silenciadas por la habitual discreción de sus directores.


            Así fue para nosotros la vida de este personaje tan peculiar de nuestra ciudad que lógicamente despertó la admiración de unos chavales, que si no pudimos contribuir a su riqueza, ya que no teníamos pesetas para emplearlas en mendicidad, sino para satisfacer otros menesteres más importantes, sí que contó con el volar de nuestra imaginación para verlo en la oscuridad de su guarida contando y recontando tantas pesetas y siendo el moro más feliz de la Melilla de nuestra infancia.

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