jueves, 4 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SEXTA

46.-   Un limpiabotas:  HAMED

        Hamed nos enseñaba los principales trucos de los limpiabotas para que su negocio le fuera rentable, porque él a pesar de tener los mismos años que nosotros, aunque esto no lo supo nunca con certeza ya que carecía de papeles, pasando muy pocos de la decena, ya ejercía esta profesión y así se ganaba la vida por el centro de nuestra ciudad.

           Era muy nervioso y charlatán, enrollándose con gran facilidad con sus clientes, con los que mantenía conversaciones muy amenas y hasta con un cierto gracejo, que no sólo se lo daba su peculiar forma de hablar, sino su agudeza para ver la vida impropia desde la perspectiva de sus pocos años; pero tenía otra virtud más destacada, la de saber guardar silencio cuando la ocasión lo requería, no pecando nunca de impertinencia y convirtiéndose entonces en su aparente distracción y entrega plena a su quehacer todo oído, con lo que sabía de la ciudad y de su gente, sobre todo, de aquella que requería sus servicios mucho más de lo que se podía pensar.

         Nos dejaba atónitos cuando hacía demostraciones del manejo de sus herramientas de trabajo, porque era un maestro cambiándose el cepillo de manos, golpeando la parte de madera del mismo y produciendo un ruido seco y acompasado, como si todo estuviera realizado sujeto a un ritmo y de forma matemática. Sería por aquello, pensábamos, de hacerlo cientos  de veces al día. Imprimía al trapo, cuando remataba su faena, una velocidad de vértigo, que daba la impresión de poder producir humo con el continuo y frenético roce y que nos ponía hasta nervioso. ¡Qué velocidad también al llevar la crema de las latas al calzado!


                Sabíamos del contenido de su caja porque cuando se recogía le gustaba ordenar todo su equipo, cosa que hacía a veces delante de todos nosotros como para darse un poco de importancia, ya que sentíamos curiosidad por ello. Llevaba en unas botellitas tintes negro, marrón y blanco con sus respectivos pinceles y cepillos sólo para los dos primeros, pues el blanco se pintaba pero no se cepillaba. Él mismo nos decía y le creíamos, que los preparaba, como hacíamos los alumnos en la escuela con la tinta, con unos polvos y agua y agitando bien la mezcla, cuando veía que se le acababa. Contaba con tres cajas de crema nunca llenas, ni cuando las compraba, siempre menos de la mitad y por un lado, de color negro, marrón e incolora, que había mucho cliente que era muy exigente para asuntos del calzado. Sonriendo y en confianza, ya que esto no se lo revelaba a todo el mundo, alguna vez nos contó lo de las cajas casi vacías, que todo tenía una explicación para la buena marcha de su negocio. No faltaban unos cuantos trapos para sacar brillo a los zapatos y piezas importantes e imprescindibles por aquellos tiempos, unos cartones con algo de forma que se ponían por dentro del zapato, entre éste y el calcetín para evitar que se mancharan éstos. Todo esto componía su utilería, su negocio ambulante; eso sí, sin olvidar un pequeño banquito de madera para poder atender mejor al cliente cuando apoyaba su zapato sobre esa especie de plantilla que iba incorporada en la parte superior de su caja.


No hay comentarios:

Publicar un comentario