Aquel capitán pirata conocido por Aguarrás, con
tanto otros compañeros suyos, manipulados con más o menos acierto por niños
como nosotros, a los que prestábamos además del movimiento nuestras voces,
estoy plenamente convencido que hicieron felices a muchas criaturas de la
Melilla de nuestra niñez, en aquellas veladas en jardines y calles, cuando la
televisión ni las videoconsolas, ni siquiera las maquinitas de juego se habían
inventado.
El espectáculo para los mayores muchas veces estaba en la observación de los pequeños, los suyos, y de sus reacciones, sin timideces ni cortapisas, en la variaciones de sus rostros, en sus gestos, incluso en las lágrimas y llantos cuando se hacía daño a los que ellos estimaban como suyos y la alegría desbordada cuando se impartía justicia, que en la mayoría de los casos consistía en repartir golpes con aquellas cachiporras que ellos sabían que no dolían.
Era esta actividad otra forma de ocupar nuestro ocio, era principalmente el teatro hecho por niños y para los niños, donde todo era posible.
En nuestra docencia casi siempre nos acompañaron algunos de estos muñecos y en especial el que bautizamos como Chicharito, del que guardamos algunas imágenes.
(En la Asociación General de Caridad, conocida como La Gota de Leche, año 1961)
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