Referente al calzado no iba a ser diferente. Nos
compraban un par de zapatos para las solemnidades y para unas cuantas
temporadas. No se apostaba jamás por los números justos y adecuados, siempre
alguno más para que cuando crecieran nuestros pies, que estábamos en edad de
ello, no nos apretaran de pronto; así que al principio eran auténticas barcas,
cosa que se solucionaba con calcetines gruesos, aunque fuera verano. Como el
oficio de zapatero remendón, que servía para todo lo relacionado con este
artículo, no se había extinguido todavía, sino que estaba en su máximo
esplendor, por mucho que se gastaran las suelas o se abrieran las costuras o
salieran al aire las puntillitas por los tacones y punteras, pareciéndose a las
bocas de los peces por delante o clavándose en el talón por detrás, todo tenía
arreglo. Aquellos agujeros que se hacían en las suelas de tanto pisar, que te
rompían en principio el calcetín y luego te ponían roja la planta del pie, se
arreglaba con una media suela que te dejaba el zapato nuevo. Las costuras rotas
eran cosidas por el zapatero en un santiamén y los tacones eran repuestos con
colas y otras puntillas y recortándote éste los sobrantes con una cuchilla que
daba gusto ver cómo rebañaba.
Pero el calzado típico de nuestro tiempo fue el de las alpargatas y en un grado inferior el de las sandalias de cuero. Cómo olvidar aquellas alpargatas con suela de cáñamo que te picaban al principio y de loneta blanca que te tenían que durar una buena temporada o las de suela de goma, que eran más suaves al pisar, pero que gastábamos antes. Recuerdo cuando te la ponías el primer día y cuidabas que no te pisaran, ni sin querer siquiera, para que estuvieran inmaculadas y porque dolía un pisotón con sólo la tela como defensa del pie. Claro que sufrido el primero, que tú tratabas de limpiar sin éxito con un poco de saliva, que valía para todo, el cuidado se iba relajando y empezaba a darte igual con el paso del tiempo, atreviéndote ya incluso a jugar con ellas a la pelota, con lo que se ponía en peligro la duración deseada, pues tampoco íbamos a cometer la locura de ponernos a jugar descalzos por unas dichosas alpargatas. De vez en cuando se limpiaban éstas con un pincelito o brocha y tinte blanco, que le devolvían casi su pureza, pero que la dejaban al secarse tiesas como el cartón de piedra; aunque al poco tiempo de ponértelas de nuevo se hacían a tus pies y le aparecían algunas grietas donde se descascarillaba el tinte.
¡Dios mío, qué contratiempo! El rubor subió a mi rostro y no me atrevía a volver a casa y que se dieran cuenta de tal desaguisado. Mi fechoría no fue tenida, por fortuna, como tal y mi tía Carmen, que lo arreglaba todo, mandó a una de las chicas del taller que adecentara el roto y desde entonces disfruté con ella como con ninguna, porque ya estaba rota y arreglada. Existían otras alpargatas que llevaban cintas para sujetarse al pie, como pueden verse en la foto anterior, pero eran más incómodas porque se soltaban éstas y había que estar pendiente continuamente de las mismas. Preferíamos las más normalitas, de quita y pon rápidamente.
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