El padre de Paco era de los hombres más altos y derechos que se veían por aquellos años, erguido siempre en su caminar y que no se quedaba a la zaga de la marcha de su mujer. Serio en su trabajo y en la calle o por lo menos así nos lo parecía a nosotros.
No recuerdo cuántos hermanos tenía Paco, ya que el que compartía juegos con nosotros y pertenecía a nuestra pandilla era sólo él. Pero algunos más que nosotros, que éramos cinco, seguro; de lo contrario no nos hubiera llamado tanto la atención; era sin duda alguna la suya, la familia campeona en cuanto al número de chicos.
Con todos mis respetos a su madre, con la que tuve alguna mayor relación y a la que siempre admiré, cuando salía con todos ellos, parecía una gallina con sus polluelos detrás y con el último, por supuesto, en brazos o en el carrito.
Como todavía no habíamos ido a la mili, que considerábamos que estaba aún muy lejana en el tiempo o que incluso no pensábamos ni siquiera en ella, ni cómo se dormía en los cuarteles, puedo confesar que las primeras literas que vi de verdad, no en fotos ni en películas, fue en su casa. Luego cuando viajé en barco y sobre todo, cuando tuve que cumplir mi deber para con la patria, en algunas noches, pocas afortunadamente porque fui de los privilegiados, supe en mi propia carne lo que eran las literas y para lo que servían. Claro que, las de casa de los Linares, nada tenían que ver con aquellas otras de los barracones inmensos, ni con las del vapor-correo que nos acercaba y traía de Málaga.
Independientemente de que
tuvieran medios económicos suficientes para llevar adelante aquella familia
numerosa, porque pertenecían a una clase media alta, nunca se vio en ella el
derroche, ni tampoco se observaban lógicamente estrechuras en razón de ser
tantos. Seguro que eran socios del Club Marítimo y de
Volviendo al padre, José de
Linares y Vivar, puedo señalar que era médico ginecólogo y especialista en
enfermedades de la infancia; malagueño de nacimiento, hijo y padre de médicos,
porque nuestro amigo Paco también lo fue, estudiando ambos en Granada. En el
doctor Linares, que debió de ser estudiante extraordinario, se dio la paradoja
de que una vez terminado sus estudios tuvo que estar un año sin ejercer su
profesión por no tener la edad reglamentaria para ello. Posteriormente se hizo
médico militar y cuando lo destinaron por ascender a
Fue igualmente un hombre
atraído por la política. Lo recuerdo perfectamente, no sólo por su altura y
seriedad y por su paso firme y acelerado casi siempre, sino por aquellas
permanentes gafas redondas que le acompañaban, por su rostro alargado con
acusada frente y por la escasez de su cabello. Perteneció al partido de Acción
Popular de Gil Robles y estuvo como profesional fuertemente ligado a
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