lunes, 16 de marzo de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD EN QUE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS Y PERSONAJES


RAZÓN VIGÉSIMO QUINTA

25.-   Un aspirante a Tenor:   GIUSSEPE BARONI QUIQUI


            Desde entonces y no exagero, algo cambia en los estíos nuestros cuando estamos ya de vacaciones y él también. A los ruidos habituales del patio de nuestra casa, que no es particular, porque se llueve y se moja como los demás, se incorpora uno nuevo. Las conversaciones entre vecinos, las internas que se producen en las habitaciones que dan al mismo, pues las ventanas en verano hay que tenerlas abiertas, el ruido del motor que hace subir el agua a los depósitos de la azotea, el de los electrodomésticos que ya empiezan a aliviar las tareas de las amas de casa, las voces de los niños y los llantos de los bebés que en nuestro bloque también los había, el chirrido de las garruchas por donde pasaban los cordeles que servían para tender la ropa, el golpear de alguna ventana o puerta al cerrarse, la radio con las canciones de Antonio Molina o Bonet de Sanpedro, por señalar algunos de los discos dedicados de entonces, los comunicados a viva voz de Luisa, la portera, el canto de algún atrevido grillo o de los pájaros enjaulados, que entre otros daban vida a nuestro patio o que ponían en evidencia la existencia de ella, se vieron incrementados de manera notable por las escalas que hacía con su voz nuestro sorprendente Giussepe Baroni Quiqui, por sus ejercicios repetidos con machaconería hasta casi el aburrimiento y por sus pinitos con alguna aria o romanza cantadas en italiano que nos sonaban poco o casi nada.


            La habitual siesta que echábamos en el probador de casa, habitación bastante fresquita que daba al patio y con la ventana entreabierta por ser verano y para evitar la flama, tendidos en el duro suelo sobre una manta, ligeros de ropa y buscando el frescor del mismo, a veces en su última fase se veía interrumpida por sus ejercicios que llegaban a nuestros oídos en un estado de modorra y sopor, propios de la época y el momento. Nuestra somnolencia no desaparecía del todo; aquellos sonidos nos obligaban a cambiar de postura, a poner otra oreja sobre la almohada y a pensar que no eran horas para ejercitar la voz.

     Distinto era cuando estos ejercicios los hacía por la mañana, pues dedicaba muchas horas a ellos, sin presentar síntomas de fatiga, porque el chico se lo había tomado verdaderamente en serio, y nos permitía prestarle alguna mayor atención; aunque sólo fuera por unos instantes, ya que nosotros teníamos que hacer nuestras cosas, que en el verano casi siempre se reducían a lo lúdico y a ocupar el ocio de la forma más ingeniosa y divertida, sin que tampoco faltara el aburrimiento, que cuando llegaba, mi tía Carmen, con el gracejo que siempre le caracterizó, nos decía que pusiéramos en práctica su forma irrealizable de meter el trasero en agua; aunque ella no era tan fina y hablaba de culo, no empleando mi ridículo eufemismo.


                                    (En el segundo piso vivia Baroni Quiqui)
            
        Sabíamos de su llegada en vacaciones a Melilla, aunque lo veíamos poco porque no debía salir apenas o porque estábamos en historias diferentes que no propiciaban la casualidad de los encuentros, por la aparición de sus ejercicios y por aquel vozarrón de aprendiz de tenor que nos llegaba a través de ese espacio común que era nuestro patio de vecinos.

            Notábamos, aunque éramos profanos en la materia, su progreso en el arte del bel canto, sus ejercicios con el tiempo se hacían más variados y se atrevía con el paso de los días con piezas que nos resultaban más conocidas; eso sí, interpretadas parcialmente y de forma repetida; seguramente para alcanzar las modulaciones más adecuadas y deseadas.

    Ya ha venido Giussepe Baroni, nos decíamos sonrientes cuando oíamos sus primeras voces y es que cualquiera no tenía en su bloque un tenor. Los había que tenían aficionados al piano, otros que se encontraban con aprendices de saxofonistas o amigos del clarinete, algunos que tenían que soportar estoicamente a los que andaban a mamporros con la batería, existían los que cantaban en el cuarto de baño cuando se afeitaban o las que imitaban a Juanita Reina haciendo la cocina; pero eso de tener un tenor de verdad en el tercer piso, contando el principal, era poco frecuente.


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