RAZÓN VIGÉSIMO QUINTA
25.- Un aspirante a Tenor: GIUSSEPE BARONI QUIQUI

Desde entonces y no exagero, algo cambia en los
estíos nuestros cuando estamos ya de vacaciones y él también. A los ruidos
habituales del patio de nuestra casa, que no es particular, porque se llueve y
se moja como los demás, se incorpora uno nuevo. Las conversaciones entre
vecinos, las internas que se producen en las habitaciones que dan al mismo,
pues las ventanas en verano hay que tenerlas abiertas, el ruido del motor que
hace subir el agua a los depósitos de la azotea, el de los electrodomésticos
que ya empiezan a aliviar las tareas de las amas de casa, las voces de los
niños y los llantos de los bebés que en nuestro bloque también los había, el
chirrido de las garruchas por donde pasaban los cordeles que servían para
tender la ropa, el golpear de alguna ventana o puerta al cerrarse, la radio con
las canciones de Antonio Molina o Bonet de Sanpedro, por señalar algunos de los
discos dedicados de entonces, los comunicados a viva voz de Luisa, la portera,
el canto de algún atrevido grillo o de los pájaros enjaulados, que entre otros
daban vida a nuestro patio o que ponían en evidencia la existencia de ella, se
vieron incrementados de manera notable por las escalas que hacía con su voz
nuestro sorprendente Giussepe Baroni Quiqui, por sus ejercicios repetidos con
machaconería hasta casi el aburrimiento y por sus pinitos con alguna aria o
romanza cantadas en italiano que nos sonaban poco o casi nada.
La habitual siesta que echábamos en el probador de
casa, habitación bastante fresquita que daba al patio y con la ventana
entreabierta por ser verano y para evitar la flama, tendidos en el duro suelo
sobre una manta, ligeros de ropa y buscando el frescor del mismo, a veces en su
última fase se veía interrumpida por sus ejercicios que llegaban a nuestros
oídos en un estado de modorra y sopor, propios de la época y el momento.
Nuestra somnolencia no desaparecía del todo; aquellos sonidos nos obligaban a
cambiar de postura, a poner otra oreja sobre la almohada y a pensar que no eran
horas para ejercitar la voz.
Distinto era cuando estos ejercicios los hacía por
la mañana, pues dedicaba muchas horas a ellos, sin presentar síntomas de
fatiga, porque el chico se lo había tomado verdaderamente en serio, y nos
permitía prestarle alguna mayor atención; aunque sólo fuera por unos instantes,
ya que nosotros teníamos que hacer nuestras cosas, que en el verano casi
siempre se reducían a lo lúdico y a ocupar el ocio de la forma más ingeniosa y
divertida, sin que tampoco faltara el aburrimiento, que cuando llegaba, mi tía
Carmen, con el gracejo que siempre le caracterizó, nos decía que pusiéramos en
práctica su forma irrealizable de meter el trasero en agua; aunque ella no era
tan fina y hablaba de culo, no empleando mi ridículo eufemismo.
(En el segundo piso vivia Baroni Quiqui)
Sabíamos de su llegada en vacaciones a Melilla,
aunque lo veíamos poco porque no debía salir apenas o porque estábamos en
historias diferentes que no propiciaban la casualidad de los encuentros, por la
aparición de sus ejercicios y por aquel vozarrón de aprendiz de tenor que nos
llegaba a través de ese espacio común que era nuestro patio de vecinos.
Notábamos,
aunque éramos profanos en la materia, su progreso en el arte del bel canto, sus
ejercicios con el tiempo se hacían más variados y se atrevía con el paso de los
días con piezas que nos resultaban más conocidas; eso sí, interpretadas
parcialmente y de forma repetida; seguramente para alcanzar las modulaciones
más adecuadas y deseadas.
Ya ha venido Giussepe Baroni, nos decíamos
sonrientes cuando oíamos sus primeras voces y es que cualquiera no tenía en su
bloque un tenor. Los había que tenían aficionados al piano, otros que se
encontraban con aprendices de saxofonistas o amigos del clarinete, algunos que tenían
que soportar estoicamente a los que andaban a mamporros con la batería,
existían los que cantaban en el cuarto de baño cuando se afeitaban o las que
imitaban a Juanita Reina haciendo la cocina; pero eso de tener un tenor de
verdad en el tercer piso, contando el principal, era poco frecuente.
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