Un día María desapareció del
quiosco y encontramos dentro de él a un chico, más o menos de nuestra misma
edad. Y supimos por éste que había caído enferma y ya no la volvimos a ver más.
Comenzó entonces un tiempo de conocimiento, que con el paso de los días se
convirtió en amistad, de aquel joven que heredó el quiosco; aunque luego
pudimos comprobar que también emigraría, con lo que se cerró para siempre el
mismo; dando paso a otro más moderno, que también incluyó entre sus artículos
la prensa diaria y semanal y que se situó en la esquina opuesta del anterior.
Aquel chaval, cuyo nombre no recuerdo, pronto se adaptó al quiosco y lo llevaba francamente bien, igual que su tía María, por lo que mantuvo la clientela sin hacer cambio alguno, a pesar de la gran diferencia de edad entre una y otro, porque tenía muy claro desde el principio que lo suyo no era estar enclaustrado en recinto tan diminuto para toda su vida.
Desde el primer día nos demostró su verdadera afición, la de hacerse dibujante y estando en un quiosco hasta parecía normal y lógico que lo fuera de tebeos.
Abría el quiosco más temprano que María y no era precisamente para vender más a clientes madrugadores como él; sino para hacer con la mayor tranquilidad y sin que nadie le interrumpiera al comprar lo que realmente le gustaba, dibujar y dibujar a todas horas. No sé cómo habría nacido en él aquella inclinación por el dibujo del comic; como no fuera porque su tía desde la más tierna edad le llevara tebeos a su casa para que se entretuviera con ellos, no tenía otra explicación. Lo cierto es que lo conocimos en una fase en que se dedicaba a copiar los que había en el quiosco en un bloc de dibujo que tenía para tal fin, apoyándose en la parte interior del mostrador, en un espacio justo para la dimensión de la hojas, con unas estrecheces e incomodidades de miedo.
Siempre estaba ocupado en esta tarea y cuando llegaban los clientes los atendía con celeridad y agrado para volver inmediatamente y sin apenas perder tiempo a su labor. Luego pasó al empleo de la pluma y la tinta china, dedicándose a reproducir dibujos de comic de aventuras existentes en el mercado y a alternarlos con algunos ya de producción propia. Poseía una voluntad de hierro y nos daba la impresión de que quería hacer de esto su medio de vida.
A pesar de que sus dibujos carecían de la calidad suficiente para ello, no desanimaba y teníamos la sensación de que estaba obsesionado con conseguir alcanzar su meta. Pasábamos buenos ratos charlando con él, mientras no cesaba de dibujar: es más, estaba convencido de que lo hacía fenomenal.
Al año aproximado de hacerse cargo del quiosco de su tía María, nos sorprendió con el anuncio de que recibía encargos de una editorial barcelonesa para reproducir lo más fielmente que pudiera viñetas de tebeos que venían del extranjero, principalmente de países sudamericanos y de los Estados Unidos. Nunca llegamos a saber cómo consiguió aquello; aunque también nos indicaba que no cobraba todavía por aquellos trabajos, sino que lo tenían a prueba.
Como tantas otras historias vividas en nuestra ciudad, que con nuestra obligada marcha a la Península quedaron inconclusas, a ésta le ocurrió lo mismo. Volvimos en uno de nuestros viajes vacacionales a Melilla y el quiosco había desaparecido. Preguntamos por él a algunos de los amigos y nos indicaron que se había marchado a Barcelona y que se dedicaba a lo que había hecho durante toda su juventud a copiar tebeos como profesional y que le iba bastante bien.
Lo mismo que a María le perdimos la pista un día y sólo permanecen, como otras tantas personas, en nuestro recuerdo.
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