sábado, 6 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SEXTA

46.-   Un limpiabotas:   HAMED   ( III )

        Siempre le envidiábamos por algo, pues era de los pocos de nosotros que siempre tenía algún dinerillo ganado por sí mismo; aunque también sabíamos de la tristeza de su vida, porque con lo poco o mucho que ganaba tenía que contribuir al mantenimiento de una familia más que numerosa con escasos ingresos, donde las miserias y la enfermedad eran inquilinos permanentes.


            Por ello, cuando llegaba la Navidad y a pesar de que era musulmán, le dibujábamos unas tarjetas navideñas, con colores y todo, para pedir descaradamente el aguinaldo a sus clientes, como lo hacían entonces otros profesionales, como el cartero, los basureros, los serenos, etc., porque sus sueldos no eran nada boyantes y cualquier suplemento o ayuda de cualquier tipo les venía estupendamente.


                Y cuando alguno le preguntaba algo extrañado:

-   Pero tú no eres moro...

             Él respondía sonriendo:

-   Mis amigos dicen que pronto me van a bautizar.

               Y para reforzar su opinión le enseñaba otras tarjetitas y continuaba sin perder la sonrisa.

-         Como yo no puedo encargarlas en una imprenta porque son caras, ellos son los que me las hacen.

            Con lo que despertaba, en días tan señalados, más aún la generosidad de éste y otros más clientes, hasta que las acababa todas.

      Sólo había algo que le perdía y que hasta ponía en riesgo la seriedad de su negocio, por muy chaval que fuera y al que se dedicaba en cuerpo y alma, como era su afición desmedida al juego del trompo. Andaría ya por los trece o catorce años y sin desearlo, porque era consciente del riesgo que corría, pues cuando se veía envuelto en él, en muchas ocasiones perdía gran parte de su jornada laboral, difícil después de recuperar, se enredaba en partidas hasta con chicos mucho mayores que él y lo que era peor, jugándose algunas monedas de las pocas que obtenía con su duro trabajo. Era bastante habilidoso con el trompo, lo lanzaba con violencia para que el baile fuera durante mayor tiempo y con delicadeza lo recogía una y otra vez con su mano para llevar con el empuje de la púa las perras gordas y chicas desde la olla hasta la raya que le daba la propiedad de las mismas; sin olvidar el último golpe, el definitivo, cuando la danza del trompo daba su postrera boqueada, con el lateral más abultado de la madera y al que nosotros llamábamos el porrón.

        Como se trataba de un juego y las habilidades estaban repartidas,  unas veces ganaba y era el más feliz del mundo y otras, ocurría todo lo contrario y sólo pensaba en que llegara el próximo encuentro para resarcirse de sus pérdidas, sin darse cuenta de que la mayor parte de éstas estaban en el dinero que dejaba de ingresar por su trabajo.

        Nosotros, como chavales tampoco éramos conscientes de aquello, lo veíamos como un juego más y a ninguno se nos ocurría aconsejarle que lo dejara; entre otras cosas, porque a pesar de contar con una edad más o menos igual que la nuestra, lo teníamos por algo mayor que nosotros y que seguro sería por razón de su independencia y por su actividad laboral desde fecha tan temprana, desde que casi era un niño.

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