Siempre le envidiábamos por algo, pues era de los
pocos de nosotros que siempre tenía algún dinerillo ganado por sí mismo; aunque
también sabíamos de la tristeza de su vida, porque con lo poco o mucho que
ganaba tenía que contribuir al mantenimiento de una familia más que numerosa
con escasos ingresos, donde las miserias y la enfermedad eran inquilinos
permanentes.
Por ello, cuando llegaba la Navidad y a pesar de que era musulmán, le dibujábamos unas tarjetas navideñas, con colores y todo, para pedir descaradamente el aguinaldo a sus clientes, como lo hacían entonces otros profesionales, como el cartero, los basureros, los serenos, etc., porque sus sueldos no eran nada boyantes y cualquier suplemento o ayuda de cualquier tipo les venía estupendamente.
- Pero tú no
eres moro...
- Mis amigos
dicen que pronto me van a bautizar.
Y para reforzar su opinión le enseñaba otras
tarjetitas y continuaba sin perder la sonrisa.
-
Como yo no puedo encargarlas en una imprenta porque son caras, ellos son
los que me las hacen.
Con lo que despertaba, en días tan señalados, más aún la generosidad de éste y otros más clientes, hasta que las acababa todas.
Como se trataba de un juego y las habilidades estaban repartidas, unas veces ganaba y era el más feliz del mundo y otras, ocurría todo lo contrario y sólo pensaba en que llegara el próximo encuentro para resarcirse de sus pérdidas, sin darse cuenta de que la mayor parte de éstas estaban en el dinero que dejaba de ingresar por su trabajo.
Nosotros, como chavales tampoco éramos conscientes de aquello, lo veíamos como un juego más y a ninguno se nos ocurría aconsejarle que lo dejara; entre otras cosas, porque a pesar de contar con una edad más o menos igual que la nuestra, lo teníamos por algo mayor que nosotros y que seguro sería por razón de su independencia y por su actividad laboral desde fecha tan temprana, desde que casi era un niño.
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