¡Qué cantidad de muñecos pasaron por nuestras manos
en aquellos años! Clásicos como el lobo feroz, la bruja, la princesa, el rey,
los soldados, los piratas, niños con caras de bueno y repeinados y otros traviesos
con rostros pecosos y de malas ideas, niñas bonitas, el gordo y el flaco,
pastorcillos y un largo etcétera de muñecos de cartón, mejor dicho, de cabezas
y manos que luego se encajaban en las mangas de telas, unas veces desnudas y
otras cubiertas de entretenidas vestiduras y toda clase de complementos.
Por aquellos años también aprendimos a fabricarlos, siguiendo procesos que nunca olvidamos y que hasta pusimos en práctica durante nuestro magisterio. Uno de ellos, algo más complicado pero que nos permitía hacer varias réplicas, consistía en modelar la cabeza en barro, hacer posteriormente el correspondiente vaciado en escayola en dos mitades e ir pegando papel de estraza o de periódico cortado en trozos desiguales y humedecidos, excepto la primera capa, con engrudo, mezcla de harina y agua, hasta conseguir el espesor que daba la suficiente consistencia. Terminada esta faena, se extraían del molde las dos mitades y se juntaban siguiendo el mismo procedimiento. Seco y endurecido el papel, convertido en cartón piedra, se retocaban los desperfectos, se les daba una imprimación blanca y se terminaba por dar color y barniz. La metamorfosis de la que hablé anteriormente consistía en el aprovechamiento de muñecos ya existentes y deteriorados o de escaso uso, a los que se le cambiaba el rostro con añadidos de papel o modelando sobre él con una pasta que podíamos preparar nosotros mismos o adquirirla en las tiendas que se dedicaban a ello; técnica que también usábamos para arreglar los daños y fallos que se producían, no sólo por el uso, sino por los abusos especialmente en forma de golpes. La pintura y el barniz hacían milagros y quedaban como nuevos, pudiendo servir para unos cuantos años más.
En Melilla no había verbena de barrio que no contara con nuestras actuaciones alguna tarde. Recuerdo visitas al Industrial, al Real sobre todo, a Cabrerizas, al Tesorillo... Eran muchos los actos que se organizaban para los pequeños y cómo no íbamos a estar en ellos con nuestro teatro guiñol, famoso en la ciudad entre la gente menuda, no exagero, y en diferentes rincones del Parque Hernández, en el paseo de la calle General Mola, en
Pero nuestras aventuras viajeras no se acababan en la ciudad, también salíamos a las poblaciones vecinas a la nuestra del antiguo Protectorado Español cuando eran sus fiestas, especialmente a Nador, la más cercana, donde casi siempre actuábamos en el paseo que daba al final con el Club Marítimo de dicha población y que se adentraba en el mar y a Segangan, donde nuestras intervenciones tenían lugar en un cuartel preciosamente cuidado, que no recuerdo a que Ejército de Regulares pertenecía y en donde los oficiales nos trataban de maravilla una vez concluida nuestra participación en sus fiestas.
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