martes, 2 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO QUINTA

45.-   Unos títeres:   EL CAPITÁN AGUARRÁS Y CHICHARITO   ( III )

        ¡Qué cantidad de muñecos pasaron por nuestras manos en aquellos años! Clásicos como el lobo feroz, la bruja, la princesa, el rey, los soldados, los piratas, niños con caras de bueno y repeinados y otros traviesos con rostros pecosos y de malas ideas, niñas bonitas, el gordo y el flaco, pastorcillos y un largo etcétera de muñecos de cartón, mejor dicho, de cabezas y manos que luego se encajaban en las mangas de telas, unas veces desnudas y otras cubiertas de entretenidas vestiduras y toda clase de complementos.



            Algunos de estos muñecos cuando quedaban en desuso sufrían metamorfosis, ya que sobre su base se creaban modelando con pasta de papel otros personajes o pasaban por el taller de títeres para poner remedio a los daños sufridos.

            Por aquellos años también aprendimos a fabricarlos, siguiendo procesos que nunca olvidamos y que hasta pusimos en práctica durante nuestro magisterio. Uno de ellos, algo más complicado pero que nos permitía hacer varias réplicas, consistía en modelar la cabeza en barro, hacer posteriormente el correspondiente vaciado en escayola en dos mitades e ir pegando papel de estraza o de periódico cortado en trozos desiguales y humedecidos, excepto la primera capa, con engrudo, mezcla de harina y agua, hasta conseguir el espesor que daba la suficiente consistencia. Terminada esta faena, se extraían del molde las dos mitades y se juntaban siguiendo el mismo procedimiento. Seco y endurecido el papel, convertido en cartón piedra, se retocaban los desperfectos, se les daba una imprimación blanca y se terminaba por dar color y barniz. La metamorfosis de la que hablé anteriormente consistía en el aprovechamiento de muñecos ya existentes y deteriorados o de escaso uso, a los que se le cambiaba el rostro con añadidos de papel o modelando sobre él con una pasta que podíamos preparar nosotros mismos o adquirirla en las tiendas que se dedicaban a ello; técnica que también usábamos para arreglar los daños y fallos que se producían, no sólo por el uso, sino por los abusos especialmente en forma de golpes. La pintura y el barniz hacían milagros y quedaban como nuevos, pudiendo servir para unos cuantos años más.


            En Melilla no había verbena de barrio que no contara con nuestras actuaciones alguna tarde. Recuerdo visitas al Industrial, al Real sobre todo, a Cabrerizas, al Tesorillo... Eran muchos los actos que se organizaban para los pequeños y cómo no íbamos a estar en ellos con nuestro teatro guiñol, famoso en la ciudad entre la gente menuda, no exagero, y en diferentes rincones del Parque Hernández, en el paseo de la calle General Mola, en la Plaza de España, en los mismos Campamentos de verano, representábamos nuestras obras. Hasta estuvimos en la cárcel en una ocasión, no por hacer alguna fechoría, con el lógico y natural nerviosismo por lo insólito del lugar, para una representación en jornada en que los presos se reunían con sus familiares y en donde no faltaban los pequeños en número importante. Fue este un lugar en donde nos recibieron con un cariño y calor especial, por nuestro atrevimiento y porque hicimos pasar a sus hijos un rato agradable, haciéndoles a ellos igualmente participes de nuestro trabajo y a cambio de nada.

            Pero nuestras aventuras viajeras no se acababan en la ciudad, también salíamos a las poblaciones vecinas a la nuestra del antiguo Protectorado Español cuando eran sus fiestas, especialmente a Nador, la más cercana, donde casi siempre actuábamos en el paseo que daba al final con el Club Marítimo de dicha población y que se adentraba en el mar y a Segangan, donde nuestras intervenciones tenían lugar en un cuartel preciosamente cuidado, que no recuerdo a que Ejército de Regulares pertenecía y en donde los oficiales nos trataban de maravilla una vez concluida nuestra participación en sus fiestas.

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