A la gordura de la madre de nuestro querido amigo Paco Linares le ocurría como al legendario río Guadiana, aparecía y desaparecía al igual que las hojas de los árboles caducos, periódicamente.
Nosotros sabíamos que eso de la cigüeña era un rollo de los mayores, cosa de dibujitos que quedaban muy bien, como lo de que los niños venían de París y a los que creían en estas cosas les llamábamos gilipollas. Y si acaso hubiera sido así, a la pobrecita madre de los Linares y a su escogida zancuda, que debía de ocuparse de incrementar la familia, con tanto ir y venir y soltar en el mismo hogar prendas tan delicadas, la traerían fritas.
Lo de que venían de París aún era menos creíble; ya que así sólo nacerían los bebés de los ricos, con posibles para sufragar gastos tan importantes en lo que suponía traerlos de lugar tan lejano y hasta con un idioma distinto al nuestro y eso que nosotros teníamos la ventaja de ser vecinos del país francés, como para no quejarnos en demasía; pero se imagina alguien lo que costaría el traslado de un recién nacido desde la capital de Francia a cualquier lugar de Sudamérica. Ya no sólo sería el problema del coste económico, es que con viajes tan largos los niños llegarían a sus hogares ya bastante creciditos y hasta, como diría Gila, podían nacer, en un descuido, sin que estuviera la mismísima madre en casa.
Además de que se daba la paradoja que los más pobres eran también los que se cargaban de hijos, justificando ello en que como no tenían de nada, en algo gratis y placentero se tenían que entretener y así, luego venían los niños igual que los de los ricos.
Si no con muchos detalles, porque el tema tenía en su torno un montón de tabúes, sabíamos que los niños eran frutos del amor entre un hombre y una mujer y que en virtud de su relación amorosa, que no era la de un simple beso en la boca, como algunos nos querían hacer creer, la madre engordaba día por día hasta que a los nueve meses, más o menos y según se llevaban mejor o peor las cuentas, que hasta para estas cosas podían fallar o ser objetos de trampas, el niño o la niña venían al mundo y se les daba unos cachetitos o palmaditas en el trasero para que se fueran acostumbrando a las que recibirían a lo largo de toda su vida y a veces, hasta sin manos, que eran las que más dolían.
Los que sabían que los niños no venían de París ni los traía la cigüeña, eran los padres de Paco, a los que nosotros por el apellido del padre llamábamos en plural y bien que se lo habían ganado a pulso, los Linares; y muy en especial, la madre, una estupenda señora que nos parecía que siempre tenía prisa, no sólo para quedarse embarazada y traer niños a este mundo, sino en su simple y cotidiano caminar. Debía de estar tan acostumbrada a dar a luz y debía de ser tan fuerte, que llegaba a este mundo nuestro un hermanito de Paco Linares y al día siguiente ya la veíamos en la calle casi de Correcaminos.
Era su padre un afamado médico de Melilla, de ahí que no estuvieran ninguno de los progenitores preocupados por este hecho tan natural; él, por saber claramente de que iba la cosa y ella, por tener el médico en casa.
Vivían en el número 9 de la calle Teniente Coronel Seguí, aunque curiosamente su portal no daba a dicha calle, sino que se enfrentaba a la calle General Mola, con la ventaja para los críos que tenían más cerca el quiosco de María.
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