miércoles, 10 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SÉPTIMA

47.-   Entre diferentes calzados:   LAS ALPARGATAS Y LOS ZAPATOS GORILAS   ( III )

        Evidentemente, con el paso de los años y en la lejanía, por consiguiente, del fin de la contienda nacional y de los años que le siguieron, el panorama fue cambiando, tanto en el comer como en el vestir y en este último no encontramos con unos zapatos que hicieron furor, a pesar de que eran duros como los zuecos de madera, porque los llevaban casi todos los niños y porque al comprarlos te daban una pelotita de goma y de color verde, que aquello sí que era todo un lujo. Fueron los zapatos llamados “gorila”, no por su grandeza, sino por su duración, con suelas de goma rugosa y piel de cuero, que por su coste había que cuidarlos al máximo y mantenerlos siempre limpios y brillantes. Fue para los pequeños como un símbolo de tiempos nuevos y mejores, como si se marcara con su llegada el destierro de las alpargatas, hasta como un indicador de clase social.


            Guardo en mi memoria un hecho que puede hacer referencia clara a lo anterior. Todos conocíamos a aquellos niños huérfanos, abandonados, pertenecientes como diríamos ahora a familias incompletas, especiales o desestructuradas de la “Gota de Leche”, por diferentes razones cuando salían a la calle: por su corte de pelo, casi siempre por higiene al cero, como nos ocurrió a casi todos en aquellos años de nuestra niñez y sobre todo cuando aparecían las calores estivales, porque iban acompañados de monjitas de aquellas que cubrían sus cabezas con toca que recordaba las alas desplegadas de las palomas y como de papel o tela almidonada, por su vestimenta a base de baberos grises o beiges, reñidos con los colores alegres e infantiles y por sus sandalias o alpargatas, que habían perdido por el uso y abuso la blancura de sus orígenes y que ellos todavía no habían desterrado. Y es que a estas criaturas además de carecer de lo esencial, se les conocía por su aspecto exterior.


            Hasta que un año llegó una madre superiora con aires de renovación, moderna, más de acorde con los tiempos nuevos, que por ello fue muy controvertida y entre otras tareas se propuso la de dignificar a sus criaturas, tanto a los niños como a sus ancianos, magnífica y generosamente atendidos en su institución por las Hermanas de la Caridad y empezó por cambiarle su aspecto externo. Aquellos niños se olvidaron en sus salidas de los baberos, de tener que ir en filas de a dos como las monjas y se ocupó de que llevaran jerséis de colores distintos, nada de uniformados, y si uno miraba a sus pies podía comprobar que los pequeños llevaban todos brillantes zapatos “gorila” o del estilo. No sé el tiempo que les duraría aquel nuevo calzado a la chiquillería allí recogida, lo que sí me contaron es que la mencionada madre superiora, con la que trabajé un año que me permitió conocerla algo y todo lo que pueda decir de ella tiene un cariz positivo, por la incomprensión de los que la rodeaban y por la miseria humana, su estancia en nuestra ciudad fue menos duradera que la de aquellos zapatos que intentaron paliar un poco la discriminación en que se veían envueltos los niños de la “Gota de Leche”.


            Yo puedo decir que nuestra generación, a la que se le puede caracterizar por innumerables carencias, fue la de las alpargatas blancas con suelas de cáñamo o goma y como símbolo de un progreso natural, también la de los zapatos “gorila”.
 

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