viernes, 5 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SEXTA

46.-    Un limpiabotas:   HAMED   ( II )

        Los tintes no se usaban si no lo pedía el cliente o cuando era absolutamente necesario, que había que economizar en todo si se quería sacar el negocio adelante. Así que la primera faena propiamente dicha, después de improvisar un dobladillo hacia fuera en el pantalón del cliente y ponerle cuidadosamente los cartones, que toda precaución era muy tenida en cuenta por el mismo, que apreciaba en estas cosas signos de profesionalidad, a pesar de sus escasos años, era un buen cepillado sin ningún mejunje o mejor dicho, con los restos en el cepillo de las anteriores limpiezas. Un poco de saliva espurreada con habilidad y sin que el cliente se diera cuenta, acercando su cabeza al zapato en un movimiento rápido, cuando el anterior departía con otros compañeros, sorbía el café con lentitud u hojeaba distraídamente el periódico, nos decía Hamed que le venía estupendamente al calzado y a la brillantez de su trabajo.


                Realizada esta primera fase se pasaba al tinte si asentía el usuario, consciente de que le iba a costar un poquitín más, no mucho, y Hamed, después de agitar el contenido de la botellita para que tomara más cuerpo y no sólo fuera el agua con el polvo en el fondo, otro síntoma de buen hacer, untaba el mismo sobre el calzado con el debido cuidado al rondar la parte superior y no tanto cuando andaba por los alrededores de la suela.

     Después seguía otro ligero cepillado para igualar el tinte y secarlo más rápidamente y a continuación la crema, alternando los zapatos a la señal de un golpe en la madera lateral de la caja, dado con la palma de la mano para que sonase.


        Las primeras untadas de betún no importaba que el cliente viera que eran abundantes, sino todo lo contrario, pues casi era preferible llamar indirectamente la atención del mismo y que reparara en ello. Nada de usar cepillos, con un trapo liado en los dedos índice y corazón o con estos completamente desnudos, seguía su tarea. En las siguientes venía el ahorro y la explicación a lo de la caja vacía por uno de sus laterales, pues la faena consistía en no usar apenas ésta. Bastaba con tener mucha habilidad, con movimientos rápidos y con la caja casi bocabajo se pasaban los dedos por la parte casi vacía y daba la misma impresión.

        

        Cepillado rápido y finalmente, trapo que te quiero, ponían fin al trabajo, generalmente realizado sin prisas, a no ser que el cliente se las impusiera o que por parte de Hamed viera que otros podrían necesitar su servicio o se lo solicitaban en plena faena.

         Siempre le envidiábamos por algo, pues era de los pocos de nosotros que siempre tenía algún dinerillo ganado por sí mismo; aunque también sabíamos de la tristeza de su vida, porque con lo poco o mucho que ganaba tenía que contribuir al mantenimiento de una familia más que numerosa con escasos ingresos, donde las miserias y la enfermedad eran inquilinos permanentes.

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