lunes, 8 de junio de 2026

BIOGRAFÍA NOSTÁLGICA DE LA CIUDAD DONDE NACIMOS, MELILLA, LUGARES, COSAS, PERSONAJES


RAZÓN CUADRAGÉSIMO SÉPTIMA

47.-   Entre los diferentes calzados:   LAS ALPARGATAS Y LOS ZAPATOS GORILA



        La posguerra y ya lo he señalado varias veces, trajo apreturas y en Melilla no iba a ser una excepción; aunque posiblemente no llegó a extremos de las vividas en la mayor parte de España y en especial de las que se padecieron en Andalucía, la tierra más cercana a la nuestra y de la que formábamos parte por aquellos años, en que nadie debe olvidar el hecho de que cuando cumplimentábamos algún papel había que poner Melilla, provincia de Málaga.

     Yo que nací justo el año del final de la contienda y que empecé a tener uso de razón cuando dichas apreturas se acentuaban, puedo decir sin temor a equivocarme que no me libré de ellas y baste para ello señalar algunos de sus indicadores, especialmente referidos al vestido y a la alimentación.

     Alimento tan necesario y vital como la leche, por ejemplo, en mi hogar brillaba por su ausencia; la justita que se compraba a la lechera que andaba mercadeando de casa en casa y que había que hervir antes de tomarla por aquello de la precaución, que era mejor que lo de lamentar, no era para todos los días y además, consumida con mucho miramiento. Tampoco se tomaba café, que era un verdadero artículo de lujo y que escaseaba. Desayunábamos con malta, aquella cebada tostada que se convertía en el sucedáneo del anterior y salpicada, si la había, con un poco de leche para disimularle el color, en donde sopeábamos el pan que sobraba del día anterior y que cuando faltaban los terrones de azúcar endulzábamos con unos caramelitos con forma de gajos de naranja y que cualquiera sabía de que estaban hechos.


            La comida del medio día se hacía bien en mi hogar afortunadamente; por el contrario, la  cena era bien ligerita y a base de aprovechar todo lo que sobraba del almuerzo. 
La merienda a base del chusco de harina algo oscura, como los que se comían en los cuarteles, engañados por unas onzas de un chocolate reñido con el azúcar y con el buen cacao, a las que roíamos y sobábamos con lentitud, deleitándonos, aunque nos parecía arenoso o con un chorreón de aceite o un trozo de tocino que nos sabía a gloria.

         Incluso llegué a conocer las cartillas de racionamiento, cuya existencia daban idea clara de que no nos movíamos en la abundancia.


            Y en cuanto al vestir ídem de ídem. Había que mirar por la ropa como si fuera preciado tesoro. Cuando los pantalones cortos o largos se gastaban en las culeras o rodilleras de tanto uso y de tanto lavado, porque eso sí, en la mayoría de las casas las mujeres eran limpias como ellas solas, teniendo incluso que lavar a mano, tarea que no era nada agradable, se acudía al sencillo remedio de los parches usando el tejido que más se le pareciera en textura y color y a tirar con ellos otros cuantos años o hasta que el crecimiento no te permitiera usarlos. Los calzoncillos, por ejemplo, se confeccionaban en casa generalmente. Mucha ropa que iba quedando pequeña y siempre limpia, cosida y bien planchada era herencia para los que venían detrás. Vestidos y trajes de madres y padres se pasaban a hijos cuando sus estaturas se igualaban. Los calcetines se zurcían con la ayuda de aquel huevo de madera que llamaba nuestra atención, pero que no nos dejaban jugar con él. Los jerséis de lana para el invierno también se hacían en casa y aquí sí que nos dejaban ayudar, devanando las madejas que se colocaban en el respaldo de las sillas, haciendo el ovillo, o manteniéndolas otro, entre las manos enfrentadas y con un ligero y característico movimiento de vaivén para facilitar la tarea al enfrentado, que se dedicaba a hacer la pelota de lana. Cuando la prenda se pasaba o estaba demasiado vista, tampoco se tiraba, se deshacía y se utilizaba para realizar otras prendas. Retales existían en todas las casas, por si alguna necesidad o imprevisto te obligaba a su uso. El primer traje que nos hacían a los pequeños era el de la Primera Comunión y seguro que ya no nos hacíamos otro hasta el día de la boda.

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