Muchas travesuras compartimos juntos al igual que
las meriendas. Viene entre éstas a mi memoria aquella Semana Santa en que
viendo las procesiones y en una de las paradas, ante la fijeza de unos ojos a
través de los orificios del capirote de un nazareno, no se le ocurrió otra cosa
que decirle con el mayor de los descaros y gran desvergüenza para los pocos
años que teníamos y quizás por aquello de que en esos días se anunciaba en la cartelera del Teatro Nacional la película de la obra de Jardiel Poncela con esta frase.
- Usted tiene ojos de mujer fatal.
Los que le acompañábamos soltamos una sonora carcajada que enfadó al aludido penitente, que dijo con voz clara y rotunda:
- Os conozco y cuando os coja os va a salir la risa por el cogote.
- Usted tiene ojos de mujer fatal – repetimos todos a coro, sin dejar de reír.
Y ahí pareció quedar todo, la procesión continuó y nosotros seguimos con la misma rutina de siempre, olvidándonos del hecho. Al día siguiente, después de merendar, en una de nuestras sentadas, se acercó a nosotros un policía vestido de paisano y del que sabíamos su profesión porque vivía en el barrio y le conocíamos. Su rostro no era de buenos amigos y ante la sorpresa de todos, pues no estábamos haciendo nada malo, cogió por el cuello de la camisa a Pacoli y le dijo todo enfadado y en un tono irónico:
- Con que tengo ojos de mujer fatal...
Ya no hubo risas y la desbandada se produjo en un instante. Pacoli aprovechó su agilidad y soltándose del agente corrió como si lo persiguiera el mismísimo diablo. Cada cual cogió la calle que pudo y estuvimos un buen rato con el miedo metido en el cuerpo, creyendo que nos perseguían o que el individuo de los ojos fatales nos iba a aparecer en cualquiera de las bocacalles próximas.
Anocheciendo ya, nos fuimos
concentrando en la plazoleta, contando cada uno lo que había hecho. La
tranquilidad volvió al grupo, aunque Pacoli dijera y no creo que lo hiciera en
esta ocasión como broma:
-Yo, esta noche me parece que no voy a ir a ver los Pasos. No tengo muchas ganas de... Y aquella noche se quedó sin ver al Cautivo, por mucho que fueran sus ganas, ya que era uno de sus preferidos.
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