Las dos habitaciones se comunicaban con un pasillito
en donde había un amplio armario que tenía la peculiaridad de contar con
puertas hechas de bastidores y tela estampada de vivos colores, en cuyo
interior se colgaban los vestidos y en el bajo, encima de los cajones, los líos
de los retales que iban quedando.
No me he perdido y nunca mejor escrito, vuelvo a
coger el hilo del relato. Pacoli era conocidísimo, pero aún no había demostrado
sus dotes artísticas en casa. Aprovechando que viniera a ella a merendar, cosa
habitual también en aquella época, como supongo que ahora, entre amigos
íntimos, calentamos el ambiente y al personal para que le pidieran que cantase
algo. Se resistía al principio como no se podía uno ni imaginar, aunque en el
fondo estaba loco por hacerlo; pero ya se sabe lo que suele ocurrir cuando uno
tiene tan pocos años... No era cuestión de que tuviera un sentido del ridículo
muy desarrollado, sólo le daba un poco de vergüenza. Ante la insistencia del
“mujerío”, alguno que otro guiño y la promesa de regalo tan delicado como un
besito por parte de alguna de las jovencitas más atrevidas, accedió; aunque
poniendo dos condiciones el muy pícaro: que el beso tenía que ser en la boca
-¡Vaya pieza que estaba hecho el pequeño!- y que cantaría desde dentro del
armario. Sí, dentro del armario para no reírse, decía tapándose la boca y es
que aquel día el muelle de la risa lo debía tener flojo y por nada comenzaba a
reír, además de que era una risa contagiosa que creaba una situación
divertidísima. Menos mal que mi madre estaba en el probador y no se enteraba
del alboroto, que lo hubiera terminado, por supuesto, inmediatamente, con sólo
presentarse en el taller y sin decir palabra, pues le tenían un respeto
imponente.
Así que, en un abrir y cerrar de ojos, los tres nos vimos en el interior del armario, con vestidos que caían sobre nuestras cabezas y que tratábamos de apartar sin ningún éxito, hasta que conseguimos encontrar la postura ideal. Se hizo el silencio cuando ya estábamos acomodados, bastante mal por cierto, después de algunos siseos y ánimos y comenzó a cantar aquello de “Voy a contarles un corrido muy mentado, que ha ocurrido en la fiesta del amor, la triste historia de...”
Y lo hacía bien el condenado, su voz era clara y tenía buen oído; estaba aquel día entonado y la canción le salía con una fluidez y gracia dignas de todo elogio. Pero... ¡Ay!, algo vino a dar al traste con su brillante actuación, uno de los dos acompañantes de dentro del armario tuvo un desliz anal, no ruidoso y sí pestilente al máximo y el concierto fue interrumpido inmediatamente. El primero en salir del armario fue él, con su mano en la nariz y diciendo:
- ¡Qué peste, demonios! ¡Huele a perros muertos! ¡Qué bárbaro!
Cuando la puerta se abrió el olor se extendió por toda la habitación y entre risas y gritos, también salimos del armario los otros dos y con el mismo gesto que Pacoli, corriendo por el pasillo para tomar aire nuevo en la calle, sin dejar de oír a una de las jovencitas del taller que todo apurada decía:
.- ¡No se habrá cagado el niño en el armario!
Otra, abrió rápidamente la ventana para que saliera aquella tufarada y así concluyó la aventurilla artística de Pacoli en nuestra casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario